Terroristas contra milicianos: el vocabulario como herramienta de propaganda

7 de julio de 2014 Alexéi Mijéiev, para RBTH
Las palabras no sólo designan de manera neutral ciertos acontecimientos y conceptos sino que también aportan matices. De esto se aprovechan políticos y propagandistas con el fin de denigrar a quienes no son de los suyos y de justificar a los propios.
Dibujado por Niyaz Karim
Dibujado por Niyaz Karim

Por lo general, nos esforzamos en nombrar con palabras de carácter positivo a lo que nos resulta cercano y con términos de tinte negativo a lo ajeno. Si una persona se desprende con facilidad del dinero y lo aprobamos decimos de ella que es generosa, pero si lo reprobamos la calificaremos de despilfarradora. A aquellos que, por el contrario, son reacios a gastar dinero podemos llamarlos ahorradores o tacaños.

Quizá el ejemplo más paradigmático a este respecto sea la denominación que empleamos para referirnos a los agentes de los servicios de inteligencia: a nuestros hombres de los órganos de seguridad secretos los llamamos agentes de inteligencia mientras que a los “enemigos” los tildamos de espías. De forma parecida, a los grupos armados que luchan contra una potencia invasora los llamamos con simpatía “partisanos”, mientras que a los ocupantes los denominamos “bandidos”.

En Rusia a menudo se citan unas líneas de Robert Burns (en traducción de Samuíl Marshak). “Una revuelta no puede acabar con éxito, de lo contrario pasa a llamarse de otra manera”. La toma del poder por parte de los bolcheviques en otoño de 1917 se llamaba al principio, de manera contenida, “revuelta de octubre” y “alzamiento armado”.

Cuando el poder soviético logró establecerse firmemente pasó a conocerse con el rimbombante nombre de “Gran Revolución Socialista de Octubre”. Ahora se utiliza a menudo una versión más concisa y neutral: Revolución de Octubre.

Por lo que respecta a los acontecimientos de agosto de 1991, que condujeron al colapso de la Unión Soviética, la palabra “revolución” no se utiliza prácticamente; por lo general, para referirse a ellos se habla del Golpe de Agosto, que tuvo como objetivo evitar la disolución de la URSS, conservar el poder en manos de los comunistas y detener el proceso de reformas. Dado que esta intentona por parte de un grupo de miembros del gobierno de la Unión Soviética se saldó con un rotundo fracaso, recibió el apelativo negativo de golpe de Estado.

Otro golpe de Estado tuvo lugar en otoño de 1993, cuando el Soviet Supremo (el órgano de poder supremo elegido todavía en época soviética) intentó quitar del poder al presidente Yeltsin. A esa revuelta fracasada también se la conoce con el nombre del “Golpe de octubre” y se convirtió en el final de facto del poder soviético en Rusia. Los defensores del Soviet Supremo consideraron que Yeltsin efectuó entonces una “revuelta anticonstitucional” y calificaron el ataque armado contra la Casa Blanca de Moscú (sede donde se reúnen los diputados), de “disparo contra el parlamento”.

La manipulación de los términos es especialmente característica de los tiempos militares, cuando cada una de las partes trata de presentar sus acciones como legítimas y justas. Así, la irrupción del Ejército Rojo en Polonia en septiembre de 1939 aparece en los manuales de historia soviéticos con el nombre de “liberación de Ucrania y Bielorrusia occidentales” (a su vez, el inicio de la guerra contra la URSS en junio de 1941 fue considerado por la propaganda alemana como “un ataque preventivo”).

En las últimas décadas del siglo XX aparecieron nuevos eufemismos estereotipados para describir las acciones militares. La invasión de las tropas soviéticas en Chevoslovaquia, en agosto de 1968, se conoció oficialmente con el nombre de envío de un “contingente militar reducido” con el objetivo de prestar “ayuda fraternal” al pueblo checoslovaco “por petición de sus dirigentes”. En diciembre de 1979 también se envió a Afganistán un “contingente militar reducido”, aunque ya no para prestar “ayuda fraternal” sino para cumplir con un “deber internacional”.

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Las guerras chechenas de la década de 1990 dieron lugar a un nuevo término: zachistka (limpieza). Así pasó a denominarse la liberación total de las localidades de adversarios armados (de “bandidos-terroristas”); además, en el transcurso de estas “limpiezas” podían caer también civiles. En cambio, las acciones de Rusia durante el conflicto armado en Georgia, en agosto de 2008, se pasaron a denominar oficialmente con el nombre de “coacción para alcanzar la paz”.

En las décadas de 1970-1980, en la Unión Soviética, se hizo popular este chiste: “Pregunta: ¿Habrá guerra? Respuesta: No habrá guerra, habrá tal lucha por la paz que no quedará piedra sobre piedra”.

En el siglo XXI la justificación universal para llevar a cabo operaciones militares se formula con el concepto “lucha contra el terrorismo”. El ejemplo más actual de su uso se ve hoy en la situación en Ucrania, donde las acciones de las autoridades de Kiev contra las repúblicas autoproclamadas del sudeste han pasado a denominarse oficialmente con la abreviatura ATO en ruso, que significa “operación antiterrorista”; en la categoría de “terroristas” entran todos aquellos que libran una lucha armada contra la realización de este ATO.

Otro nombre negativo para designar las fuerzas de la resistencia del sudeste es “separatistas”; en cambio, tiene un matiz positivo el nombre “milicianos”.

En primavera pudimos observar una guerra de manipulación del léxico con la situación en Crimea: en Rusia se hablaba de la “reunificación de Crimea a Rusia” a resultas del referéndum, mientras que en Ucrania, por su parte, se hablaba de “anexión” e incluso Anschluss. Este último término remite al tristemente conocido Anschluss  nazi de Austria, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial.

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La opinión del autor no coincide necesariamente con la de RBTH.
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