Una palabra intraducible: póshlost

2 de junio de 2014 Alexéi Mijéiev, RBTH
Hay conceptos en ruso que no cuentan con términos equivalentes en otras culturas, no tienen una traducción exacta. Una de estas palabras es “póshlost”, que en español se suele traducir por ‘banalidad’ o ‘vulgaridad’.
Dibujado por Niyaz Karim
Dibujado por Niyaz Karim

A mediados del siglo pasado Vladímir Nabókov propuso que cuando apareciera la palabra “póshlost” en un texto no se tradujera, que la mejor opción era limitarse a transliterarla. Cincuenta años después, en Wikipedia su deseo se ha hecho realidad con una exactitud total: en la variante inglesa de la enciclopedia hay todo un artículo consagrado a “póshlost”, en el que se explica que este término está relacionado con la banalidad, con la trivialidad, con la ausencia de espiritualidad e incluso con el desenfreno sexual.

Formular el significado de esta palabra de una manera precisa es extremadamente difícil. El diccionario más popular de Rusia, el Ózhegov, remite al adjetivo “poshli” (trivial, insulso, chabacano), es decir, “algo grosero o de mal gusto, relacionado con la falta de clase o elegancia”. En cambio, el diccionario Dal, un diccionario clásico redactado en el siglo XIX, presenta dos acepciones, una más antigua, neutral: “remoto, vetusto, arraigado en la costumbre; anticuado, viejo”; y, otro nuevo, con un matiz ya negativo: “En la actualidad: manido, sabido por todos, molesto, que ya no está en uso; indecente, considerado grosero, simple, bajo, vil, grosero, vulgar, trivial”.

Nabókov escribió sobre este concepto de este modo: “Póshlost no sólo se refiere a una evidente y palmaria falta de talento, sino que en gran medida es una grandeza falsa, artificial, una belleza impostada, una inteligencia fingida, un atractivo falso. Si se dice de algo que es ‘póshlost’ no sólo se tiene en cuenta un criterio estético sino que también se da un juicio moral. Todo lo que es verdadero, honesto y hermoso no puede ser póshlost”.

En todas estas definiciones hay una dualidad: está la “bajeza” moral y, además, la estética. Hoy decimos que algo es “poshli” si es primitivo, pobre y de mal gusto a nivel estético. Por lo demás, la noción del gusto es subjetiva. Y aunque un dicho popular ruso dice que “sobre gustos no hay nada escrito”, estamos seguros de la existencia del buen y del mal gusto. Así, la mayoría no dudaría en calificar de “póshlost” a  esas novias que parecen muñecas, vestidas con ostentosos vestidos blancos, que se sientan sobre las capotas de los coches de boda.

Y aquí resulta muy oportuno el razonamiento nabokoviano sobre la “autenticidad” y “la honestidad”. Póshlost es la pretensión de tener un gusto elevado cuando en realidad no se tiene una emoción estética independiente, es una imitación ciega y por eso torpe de aquello que realmente posee buen gusto. Precisamente en eso se distingue “póshlost” de la “vulgaridad”, que se puede interpretar como “un sincero mal gusto”, propio de las personas que no han recibido una formación estética, que no poseen un sentido natural, orgánico, de la belleza (pero los estándares pueden no coincidir con los modelos percibidos por todos como “elevados”; así, la pintura de los pintores primitivistas “naif” no es en absoluto “póshlost”).

Pero un alto nivel de formación (aunque sea a nivel estético) tampoco es una garantía segura por sí mismo contra la banalidad (el “póshlost”). Si el hombre instruido se guía por apreciaciones que no son suyas, que no las ha elaborado de un modo propio, y se orienta por estándares, también puede considerarse como una variante de “póshlost”. Por ejemplo, admirar el arte elevado (“¡Oh, Mahler! ¡Oh, Joyce!”) sólo porque así lo hace un círculo al que uno quiere pertenecer también es, en esencia, “póshlost”.

Para esa clase de “póshlost” existe un término concreto: “esnobismo”.

Es curioso que si antes la palabra “esnobismo” tenía un matiz tradicionalmente negativo, en el uso actual del ruso ha pasado a formar parte de ese grupo de palabras con un matiz positivo en su significado, como es el caso de elitismo o prestigio. No es casual que una de las revistas de papel cuché más populares hoy en Rusia tenga el nombre de Snob (sin embargo, resulta difícil imaginar una revista con el título de “poshliak”, hombre banal). Y la cultura moderna ha llegado a una conclusión paradójica: la lucha marcadamente agresiva contra la banalidad puede convertirse en una banalidad en absoluto menor. 

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La opinión del autor no coincide necesariamente con la de RBTH.
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