“Me doy cuenta claramente de que, en cierto modo, estoy perdiendo el control sobre el destino de mi novela, de que su futuro será decidido por otros, quizá después de que me haya ido”, escribió Vasili Grossman en una carta a su amigo, el poeta Semión Lipkin, con fecha del 24 de octubre de 1959. Le anunciaba que había terminado de escribir Vida y destino y le expresaba su preocupación por qué sería de ella, especialmente después del escarnio al que se vio sometido Borís Pasternak tras la polémica originada por la publicación de El doctor Zhivago en Italia.

Las autoridades soviéticas creían haber aprendido la lección y no iban a permitir un caso semejante. Para las futuras controversias con Solzhenitsyn, Siniavksi, Voinóvich o Aksiónov, Vida y destino fue un caso ejemplar. De la novela se confiscó, incluso, el papel carbón y las cintas de la máquina de escribir utilizadas para su redacción o copia.

El desasosiego de Grossman estaba justificado, ya que los censores soviéticos consideraron que aquel fresco de más de 150 personajes sobre la URSS en plena Segunda Guerra Mundial era todavía más peligroso que la novela del premio Nobel.

Diez años de trabajo literario languidecieron en un oscuro rincón de los archivos literarios de la Lubianka. La poderosa nomenklatura tenía miedo de una obra literaria. 

Grossman equiparaba el nazismo al estalinismo, además de devolver el protagonismo de la crucial victoria en Stalingrado a los soldados rasos y no a los mandos del Kremlin. Testigo en primera línea de todo lo sucedido, su relato no coincidía con la línea historiográfica oficial. Y, sin embargo, el escritor que recorrió la primera línea del frente de Stalingrado a Berlín, pasando por Treblinka, estaba convencido de que la verdad no podía censurarse.

Menos de dos años después se confirmaron sus peores sospechas. Cinco personas (tres oficiales y dos testigos) se presentaron en el domicilio de Vasili Grossman para “arrestar” la obra, no al escritor.

En aquel registro, el novelista tuvo que informar de todos los lugares donde se encontraba el material de trabajo que tuviera que ver con Vida y destino, incluida la caja fuerte de Novy Mir. La visita del KGB fue la estocada final que convirtió a uno de los reporteros de guerra más leídos de la Gran Guerra Patriótica en un paria, en alguien “sepultado vivo”, como él mismo se definía en sus últimos días de vida. 

Los manuscritos ocultos

El caso de Vida y destino fue un aviso a navegantes. La reacción automática fue un renacimiento del samizdat (autoedición). Para los escritores era demasiado peligroso jugárselo todo a una carta, guardar un único manuscrito, bien en el domicilio, bien en casa de conocidos.

La difusión de copias clandestinas volvió a convertirse en la mejor estrategia para burlar a los servicios secretos. Los autores también constataron que entregar un original a las editoriales estatales equivalía a ponerlo sobre la mesa de los ideólogos del Comité Central. Éste fue el error que cometió Grossman cuando confió su novela al redactor jefe de Znamia, quien comunicó por teléfono al escritor que no publicarían Vida y destino y, al mismo tiempo, entregó la copia que obraba en su poder al Departamento de Cultura. La suerte estaba echada.

Por fortuna, Grossman, comportándose como si fuera un consumado disidente, había seguido el consejo de Semión Lipkin y de Yekaterina Zabolótskaya, con quien había entablado una relación amorosa después de la guerra: ocultó dos copias del manuscrito.

 

En un primer momento Lipkin, tras ofrecer su ayuda, custodió una de ellas, la que más adelante lograría cruzar la frontera y se publicaría en Occidente. La otra, una versión posterior con numerosas correcciones y añadidos —por ejemplo, la dedicatoria a la madre—, pasó por varias manos hasta encontrar su guarida definitiva a 150 kilómetros de Moscú, en Maloyaroslávets. Es el conocido como “manuscrito Loboda”, con el que se compuso la versión final que hoy conocemos. Ni Semión Lipkin ni Viacheslav Loboda, amigo de la infancia de Grossman, conocían la existencia de la otra copia.

A Viena, en valija diplomática

Todo fluye, la historia demoledora sobre los estragos del estalinismo y sus orígenes que Grossman acabó de escribir en secreto poco antes de morir de cáncer en un hospital, se publicó en el extranjero póstumamente, antes que la monumental Vida y destino.

El empeño del escritor en concluir el que sería su testamento literario nació, precisamente, del convencimiento, ya enfermo, de que Vida y destino no se publicaría en Rusia. Si bien se desconocen los pormenores de cómo el texto de Todo fluye consiguió publicarse en Frankfurt en 1970, sí se sabe que su autor utilizó con ambas novelas el mismo método: confiar varios manuscritos a personas leales.

Cuatro años después, Semión Lipkin intentó probar fortuna con Vida y destino. Para ello, contactó con Vladímir Voinóvich, autor de la novela satírica Vida e insólitas aventuras del soldado Iván Chonkin, cuya publicación en Francia le valió la expulsión de la Unión de Escritores.

Con la ayuda de Elena Bonner y Andréi Sajárov, microfilmaron el manuscrito que, de esta manera, pudo pasar la frontera valiéndose de personas que tuvieran contactos con el exterior. Pero entonces el muro no fue el control fronterizo sino los editores europeos, que mostraron poco o nulo interés por Vida y destino después del “efecto Solzhenitsyn”.

Preocupado por que la calidad de los microfilms hubiera sido un escollo para una óptima recepción de la novela, Voinóvich volvió a pedir el manuscrito a Lipkin en 1977. Esta vez encargó una copia a Vladímir Sandler, un escritor disidente cuya técnica fotográfica y cuyo estudio clandestino permitieron obtener un microfilm de mejor calidad.

La cajita que contenía los rollos pasó entonces por una cadena de colaboradores en esta “justa causa”: de la eslavista austriaca Rosemarie Ziegler a la del agregado cultural de la embajada de Austria, que aprovechó su condición diplomática para que el material cruzara la frontera.

Ya en Viena, Ziegler recuperó la cajita y se puso en contacto con Efim Etkind, lingüista y teórico de la traducción, a la sazón profesor en la Sorbona, que había tenido que abandonar la Unión Soviética después de sus apoyos a Solzhenitsyn y Brodsky.

Éste, con la ayuda crucial del editor de L’Âge d’Homme, el yugoslavo Vladimir Dimitrijevic, y el profesor Simon Markish, afrontó la compleja tarea de editar los microfilms.

En 1980, Vida y destino ve la luz en ruso en Lausana, y la primera traducción se publica, tres años después, en Francia, todo ello sin el conocimiento de la familia de Grossman. Casi dos décadas después de la visita del KGB, la historia protagonizada por el físico Víktor Strum obtuvo el reconocimiento tanto de la crítica como del público lector.

Alertados, los funcionarios de las embajadas soviéticas intentaron comprar todos los ejemplares que aparecieron en las librerías y en el stand de L’Âge d’Homme en la Feria de Fráncfort, pero todo el esfuerzo fue en vano.

La primera edición en Rusia

Animado por el éxito en Francia, Semión Lipkin hizo llegar al editor de la revista Oktiabr el manuscrito que tenía en su poder. Éste decidió publicarlo en cuatro entregas basándose en la edición de L’Âge d’Homme.

Sin embargo, dos lectores, Viacheslav Kabanov y su mujer Irina, por aquel entonces editores en Knizhnaia Palata, detectaron que ésa no podía ser la versión definitiva, sino una intermedia sin pulir y con omisiones, e iniciaron sus pesquisas para lanzarla en su editorial.

Puesto que Oktiabr no quiso dar información acerca de sus fuentes, los Kabanov revisaron de arriba abajo todo el texto. Pero 48 horas antes de que entrara a máquinas la maqueta final, la hija de Grossman entregó a Irina Kabanova, en una estación de metro, una copia de la edición de Lausana, con la que Irina, a toda prisa, corrigió la maqueta y añadió todas las partes omitidas por Oktiabr.

Cuando la maqueta final fue a imprenta se produjo otro giro increíble en esta rocambolesca historia: la viuda de Viacheslav Loboda, al tener conocimiento de la publicación de Oktiabr, se puso en contacto con uno de los hijos adoptivos de Grossman de su segundo matrimonio, Fiódor Guber.

Éste sólo tuvo tiempo de avisar en el último momento a Irina Kabanova de que guardaba el manuscrito de una versión posterior de Vida y destino.

Después de la edición no definitiva de 1988, apareció dos años después una segunda edición corregida, siguiendo el “manuscrito Loboda”, con la dedicatoria a la madre de Grossman, asesinada por los nazis en Berdíchev.

Ahora, todo el material que enmudeció el 15 de febrero de 1961 recupera su voz para que los expertos puedan consultarlo en el Archivo Estatal de Literatura y Arte de Rusia (RGALI). “Es la puesta en libertad del libro”, afirmó Yekaterina Korotkova, hija del primer matrimonio de Vasili Grossman.

“Aunque Vida y destino ya haya sido publicada, lo que se mantenía oculto ha visto ahora la luz”. Por su parte, el director adjunto del FSB, Serguéi Smírnov, señaló la importancia y el valor del manuscrito y del resto de material gracias al cual “será posible conocer con más detalle la obra de este escritor, uno de los representantes más destacados de la cultura rusa del siglo XX”.