Una aventura mexicana

21 de febrero de 2013 Sergio Olhovich, Rusia Hoy
Tras el enorme éxito artístico y económico de El Acorazado Potemkin, Serguéi Eisenstein fue invitado por varios productores americanos a ir a Hollywood a rodar una película americana. Después de tres intentos fallidos y tres guiones rechazados, entre los que destacaba Sutters gold, la industria hollywoodense ya no quería saber nada de él…
Portada del documental de Eisenstein ¡Que viva México!. Fuente: Flickr
Portada del documental de Eisenstein ¡Que viva México!. Fuente: Flickr

En 1931, Serguéi Mijailovich Eisenstein y sus dos colaboradores, Eduard Tissé, (fotógrafo) y Grigori Alexandrov (asistente), estaban al borde de la crisis nerviosa, pues en Hollywood la Paramount Pictures les había rechazado su último proyecto: Una Tragedia Americana de Carl Dreyer. La visa estaba por vencerse y si no llegaban a una solución, pronto se verían en la necesidad de abandonar el país y regresar con las manos vacías a la Unión Soviética. Ya no eran bien vistos en el país del 'free enterprise' y si bien El Acorazado Potemkin había recibido grandes elogios, muchos estadounidenses manifestaban amplio repudio en contra de los tres soviéticos y clamaban su expulsión del país con pancartas en las que se leían leyendas como “fuera perro rojo judío”, “no queremos bolcheviques en EE UU”, “leave America free of comunism”, entre otras.

En vista de los acontecimientos, Eisenstein y sus dos colegas hicieron un esfuerzo desesperado por trasladarse en automóvil de Los Ángeles a San Francisco y pedir ayuda a unos viejos conocidos: Diego Rivera y su esposa Frida Kahlo. Diego, quien, no hacía mucho tiempo, había conocido a Serguéi en Moscú cuando se recuperaba de un tratamiento médico, pintaba entonces un mural de encargo en esa ciudad. Los tres “rojos” fueron recibidos como viejos amigos entre bromas de que “el comunista mexicano” de Diego y “el perro rojo de Eisenstein” se reunían para tramar alguna maldad. En ese pedacito de México en San Francisco, rusos y mexicanos discutían sobre el presente y el futuro.

—México es un país sediento de verse a sí mismo, de educarse; necesita la presencia de artistas revolucionarios como ustedes. Cuando estuve en Moscú hace un año te invité ir a México, para hacer una película— advertía el pintor.

 Más tarde, sugería a sus visitantes visitar a Charles Chaplin y al novelista Upton Sinclair.

—Los Sinclair son amigos de Joseph Stalin y fanáticos del experimento soviético. La mujer es hija de algodoneros de Louisiana, muy guapa, tiene muchos contactos y dinero. Ellos les pueden financiar— señalaba Diego.

 —Y Chaplin, ya sabes cómo piensa…— agregaba Frida.

Tras la fugaz visita a la pareja de pintores, los tres rusos se dispusieron a visitar al artista británico. Eisenstein y Chaplin simpatizaron inmediatamente: jugaron tenis, cantaron juntos (con sus raquetas como si fueran ukuleles) “Honolulu Baby”… ironizaron, rieron y se burlaron de medio mundo.

—Estás hablando, Charlie, con alguien que en un momento de su juventud tuvo que decidirse entre Dostoyevski y el tenis.

—No sabes cómo me alegro que te hayas decidido por Dostoyevski… ¡Ve a México! ¡Ahí te recibirán con los brazos abiertos!

—Desde que era niño en Rusia siempre me fascinó México. Hace mucho que sueño con ir y ver con mis propios ojos ese país tan asombroso… ¡descubrir un nuevo mundo!

El cineasta ruso, que fue un gran teórico del cine y dejó para la posteridad varios de los filmes más extraordinarios en la historia del cine, se vio obligado a abandonar el país de las 'oportunidades' sin haber podido realizar su sueño de rodar una película en la meca del cine con tantos adelantos técnicos.

De esa manera se selló la historia y Serguéi Mijailovich Eisenstein, el gran cineasta soviético, llegó a México en 1931 para filmar un documental. El resultado de esa aventura fue ¡Que Viva México!, filme que instauraría los fundamentos para una narrativa cinematográfica mexicana con identidad y estilo propio.

Escribe Eisenstein: “La trama de esta película es singular. Cuatro novelas enmarcadas por un prólogo y un epílogo, unidas en concepción y espíritu, que crean su propia existencia. Distintas por su contenido. Distintas por su locación. Distintas por sus paisajes, sus gentes, sus costumbres. Opuestas en ritmo y forma, crean una vasta película-sinfonía acerca de México”.[1]

Años después, jóvenes cineastas mexicanos como Emilio, “El Indio”, Fernández  y Gabriel Figueroa retomarían esa mirada profunda de Eisenstein para desarrollar una estética única y muy particular al retratar el paisaje mexicano y novelar películas de gran valor espiritual y cultural. Habría que reconstruir la epopeya que fue el rodaje de esa obra maestra: ¡Que Viva México! Una aventura mexicana.


[1]  S.M. Einsenstein, ¡Que viva México!, México, Era, 1964, p. 65.

Sergio Olhovich es director, productor y guionista de cine.

La opinión del autor no coincide necesariamente con la de RBTH.
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