El buque de desembarco 'Saratov' de la Flota del Mar Negro (con base en Sebastopol), se ha unido a los buques ya desplegados en el Mediterráneo Oriental, presentes en la zona para supervisar la evolución de la guerra en Siria. Se trata del buque de desembarco 'Novocherkassk', el crucero 'Moskva', la fragata 'Smetliviy' y el buque de aprovisionamiento 'Iván Bubnov'. 

A su vez, está previsto que esta fuerza sea relevada por una agrupación de la Flota del Báltico (con base en Baltiisk), compuesta por los buques de desembarco 'Kaliningrado' y 'Alexánder Shabalin', la fragata 'Yaroslav Mudrii' y dos buques de apoyo, que ya navega hacia el Mediterráneo Oriental. 

Todos esos buques coincidirán con una agrupación de la Flota del Norte (con base en Severomorsk), compuesta por el destructor 'Severomorsk' y dos buques de apoyo, que se dirige al Océano Índico para participar en las operaciones multinacionales contra la piratería en las costas de Somalia. 

La inusual presencia de una fuerza naval rusa de esta entidad en el Mediterráneo ha despertado el interés de la comunidad internacional, y su importancia se puede valorar desde dos puntos de vista: el estrictamente militar y el geopolítico. 

La relevancia militar del despliegue naval en el Mediterráneo 

De entrada, cabe destacar que el despliegue de una fuerza naval en aguas tan alejadas de sus bases no es tarea fácil, y desde luego no está al alcance de todos los países. Aunque los buques de guerra son plataformas logísticamente autosuficientes (en términos de combustible, agua, víveres y repuestos), existen limitaciones en el tiempo que pueden navegar sin un apoyo exterior. 

Así, un buque debe ser reabastecido de combustible aproximadamente tras una semana de navegación. Dadas las distancias desde el Báltico y el Ártico hasta el Mediterráneo es necesario, o bien hacer escala en puertos intermedios, o integrar en la fuerza a un buque de apoyo que pueda proporcionar combustible en la mar. Todas las agrupaciones rusas mencionadas disponen de esta última capacidad, lo que les confiere una mayor independencia. 

Además, el almacenamiento de víveres no suele ser mayor de 30 días, a lo que se une la necesidad de dar descanso a la dotación y de llevar a cabo el mantenimiento de los sistemas. Todo ello obliga a programar escalas en puerto, y es ahí dónde juega un importante papel la base naval siria de Tartus, en la que Rusia conserva desde la época soviética un destacamento de apoyo logístico.

 Cabe recordar que la Marina de Rusia, al igual que el resto de las Fuerzas Amadas, se hundió en los años 90 del pasado siglo por la falta de presupuesto, nulo adiestramiento, vejez de los equipos y baja moral de las dotaciones. Todo ello culminó con el lamentable episodio del hundimiento del submarino 'Kursk' en agosto del año 2000, en el que fallecieron sus 118 tripulantes. 

Sin embargo, y como parte del ambicioso plan de reformas puesto en marcha en 2003 por el Presidente Putin y el Ministro de Defensa Ivanov, la situación comenzó a revertirse, y el actual despliegue en el Mediterráneo sirve para demostrar que la Marina rusa vuelve a ser una fuerza funcional y capaz de operar en zonas muy alejadas de sus bases. 

Además, el “Programa estatal de obtención de armamento”, aprobado en diciembre de 2010, prevé la adquisición hasta el año 2020 de 100 nuevos buques, incluyendo 15 fragatas, 35 corbetas y 20 submarinos, de estos últimos ocho de la clase 'Borei' dotados de los misiles balísticos intercontinentales 'Buravá'. Estas nuevas capacidades proporcionarán al Kremlin una importante herramienta de acción exterior. 

La relevancia geopolítica del despliegue naval en el Mediterráneo 

Otra de las características del buque de guerra es que se puede desplegar en la proximidad de zonas de conflicto sin autorización de terceros países, ya que más allá de las 12 millas del mar territorial el tránsito por aguas internacionales es libre. Esto tradicionalmente ha supuesto que los Estados hayan usado sus Marinas como arma de disuasión en defensa de sus intereses nacionales. 

Por tanto, la llamada “diplomacia de las cañoneras” tiene mucho que ver en esta presencia de Rusia en el Mediterráneo, más allá de la oportunidad de que buques de diversas Flotas se puedan adiestrar conjuntamente. De hecho, el propio ministro Shoigú hizo mención a que uno de los objetivos de este despliegue es el “mostrar el pabellón” ruso en la zona. 

Como es bien sabido, Rusia está manteniendo un enfrentamiento en el Consejo de Seguridad de la ONU con los países occidentales en lo relativo a la guerra civil siria y a la posición a adoptar por la comunidad internacional. 

Frente al apoyo de EE UU y sus aliados a la oposición, Moscú ha promovido una solución negociada en la que todos los sectores de Siria participen. 

En resumen, la presencia naval en el Mediterráneo sirve a varios fines: envía el mensaje de que Rusia ha recuperado su estatus de gran potencia y puede desplegar su poder militar en el mundo; contribuye a la disuasión para que no se materialice una intervención militar desde el exterior en Siria, similar a la llevada a cabo en Libia; y está en condiciones de, si la situación de seguridad se degrada incluso más, evacuar a su personal de la base de Tartus y a los restantes ciudadanos rusos que viven y trabajan en Siria

En todo caso, ni el despliegue en el Mediterráneo Oriental ni los ejercicios a gran escala deberían despertar ninguna inquietud en otros estados u organizaciones internacionales como la OTAN, y para demostrarlo nada sería mejor que intentar programar ejercicios conjuntos con el resto de Marinas presentes en la zona. 

Al fin y al cabo, y como lo prueba la constante cooperación en la lucha contra la piratería en el Océano Índico, las amenazas para la seguridad marítima son las mismas para todos los estados, por lo que se deben afrontar del modo más coordinado posible. Cualquier otra interpretación, en clave geopolítica, no dejaría de ser un vestigio de la Guerra Fría ajeno a la realidad actual.