Norilsk: una ciudad marcada por el infortunio

27 de noviembre de 2012 Antón Majrov, Rusia Hoy
Los periodistas, a menudo y de buena gana, discuten el clima extremo de aquella zona, su estado ecológico y recuerdan las páginas más terribles de la historia de la ciudad: los campos estalinistas. Un corresponsal de Rusia Hoy decidió comprobar de primera mano cuánto de verdad hay en ello.
Durante el largo invierno de Norilsk, detrás de las ventanas, lo invade todo la nieve y un frío atroz. Fuente: Flickr / Lvovsky
Durante el largo invierno de Norilsk, detrás de las ventanas, lo invade todo la nieve y un frío atroz. Fuente: Flickr / Lvovsky

De Moscú a Norilsk hay cerca de 3.000 kilómetros. El Boeing de la compañía aérea local Nord Star cubre la distancia en cuatro horas, pero calificar el vuelo de ordinario sería arriesgado salvo que seas un astronauta acostumbrado.


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Nuestro avión aterrizó en el aeropuerto de Alykel. “La temperatura de hoy es normal,28 grados bajo cero”, declara alegremente el comandante de la nave. En su voz no hay ni un gramo de ironía. Para el noviembre de Norilsk, la temperatura es normal, en efecto.

Nieve y campos penitenciarios

La asimilación de la península de Taymyr, lugar donde está situado Norilsk, empezó en el siglo XVII, pero la ciudad es mucho más joven.

 La primera casa fue construida en 1921 por los miembros de la expedición del geólogo Nikolái Urvantsev. Simplemente un armazón de madera, cuatro habitaciones, mesas y bancos rudamente ensamblados, una estufa, lámparas de queroseno, lo mismo que en un pueblo normal en cualquier rincón de Rusia.

 Sólo hay una excepción: durante el largo invierno de Norilsk, detrás de las ventanas, lo invade todo la nieve y un frío atroz. Esa primera casa sigue en pie en el centro de la ciudad, recordando a aquellos que hicieron habitable esta tierra.

 Los naturales de Norilsk no tienden a olvidar su historia, ni siquiera sus páginas más horripilantes. En la década de 1930 cerca de allí se encontraba uno de tantos campos estalinistas y los lugareños no tratan de fingir que no fue así.

 Al contrario, en el museo local se puede ver una nueva exposición dedicada tanto a los que perecieron como a los supervivientes. En el primer cementerio de Norilsk, junto a la montaña Rudnaia, hay un complejo conmemorativo en honor de las numerosas víctimas del terror.

Converso con una colaboradora del museo de nombre Elena y sin querer tengo la sensación de que ella misma se siente culpable por aquellos años. Así que me limito a escuchar sus relatos en silencio.

Aire y agua

Las regiones industriales de Norilsk, sin duda, no sólo estropean el aspecto de la ciudad, sino que también causan daño ambiental.

 Todavía no ha alcanzado el rango de ciudad más contaminada de Rusia, pero, tal y como afirman los ecologistas, si no se toman medidas drásticas, la ciudad tiene todos los números para alcanzar ese dudoso honor. Gran parte de las críticas recaen sobre la compañía MMC Norilsk Nickel, cuyas empresas rodean la ciudad.

El jefe de la filial subártica de la compañía, Evgueni Muraviev, no oculta el problema. “Usted ya sabe qué actitud se tenía hacia la ecología en tiempos soviéticos. Ahora tenemos que escombrar esa herencia”, dice el director, se encoge de hombros y empieza a enumerar los numerosos programas que se llevan a cabo en la ciudad.

El más ambicioso de todos es disminuir radicalmente el volumen de los vertidos de azufre a la atmósfera. Además, como señala Muraviev, en Zapoliar Nornikel se han encontrado con un nuevo problema: los procedimientos sencillos no funcionan en Norilsk.

Los especialistas lo explican: en otras fábricas rusas y extranjeras transforman el gas de dióxido de azufre en ácido sulfúrico que después venden. Este negocio es profundamente deficitario, pero la compañía no tiene elección: la ecología es más importante.

En Norilsk organizar la producción de ácido no es un problema. Pero tomando en cuenta que la mayor parte del año la ciudad está aislada del resto de Rusia transportar los productos derivados del azufre es sencillamente imposible.

Para resolver el problema, se creó una tecnología única para obtener azufre elemental a partir de los gases que emana la industria metalúrgica y, para 2019, se introducirá en las dos fábricas de la compañía situadas en Norilsk.

El coste del proyecto se calcula en miles de millones de dólares, pero, a cambio, la nueva tecnología garantizará la utilización de al menos el 95% de los ricos gases que despide la industria metalúrgica y que permitirá reducir los vertidos de dióxido de azufre a la atmósfera en 4,5 veces.

No obstante, es paradójico: si la contaminación del aire es realmente el gran problema de Norilsk, los lugareños se enorgullecen merecidamente de la calidad del agua local.

“Una vez año como mínimo voy a ver a mis padres al ‘continente’ y siempre les llevó de regalo una tetera nueva”, cuenta una habitante de la ciudad llamada Marina. “Tienen que cambiarla una vez al año porque hace espuma. En cambio, la mía lleva diez años funcionando y como si nada.”

Con cautela degusto el agua del grifo y me sorprendo: ni rastro del olor a cloro, habitual en Moscú. Sí, y el aire, a mí, que soy asmático, me parece también del todo normal. Aunque lo más probable sea que he tenido suerte con el tiempo.

Bailes en la nieve

Los médicos lo constatan: largo invierno, falta de sol, problemas medioambientales… El conjunto de estos factores amenaza con causar depresión. Pero los habitantes de Norilsk no son más propensos a ella que los de otros lugares.

“¿En qué reside el secreto?”, le pregunto interesado a Natalia Fedianina, que trabaja en la compañía de medios de comunicación Severni górod. Esta empresa, además de una actividad fundamental, cumple en Norilsk funciones de dinamizador cultural: organiza exposiciones, fiestas y flash mobs.

Natalia reconoce honestamente que deben la fórmula a los antiguos habitantes del Norte: dolganos, evencos, nentse y otros pueblos nómadas.

“Es extraño que antes a nadie se le ocurriera preguntarles qué es para ellos el invierno, cómo lo soportan. La respuesta de todos es unánime: el invierno está bien, el invierno es caza, es pesca. ¡Cada semana arguishim!”, dice Natalia.

Le pido que me aclare la última frase: me gusta como suena la palabra arguishim, pero aún no entiendo su significado.

Con sumo gusto Natalia me cuenta que así llaman los habitantes del Norte a los campamentos de invierno o a los viajes con algún fin interesante: por ejemplo, la pesca. Ahora, una vez al año, los habitantes de Norilsk se reúnen para celebrar una fiesta al principio de la noche polar. Se llama “El gran arguish.”

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