Hasta hace poco, Adidas consideraba a la República Popular de China casi como su principal base de producción. Sin embargo, la decisión de los razonables alemanes de  trasladar su potencial al sudeste asiático se ha convertido en un discreto indicio del constante aumento de los problemas en China, que ya amenaza al mundo con sufrir grandes cambios en un futuro cercano.

El nuevo gobierno de China para los próximos diez años, que será elegido en el congreso del Partido Comunista en noviembre, se ve obligado a implantar un modelo más moderno y dinámico para cambiar la situación.

Entre julio y septiembre el PIB de la República Popular China ha aumentado en un 7,4% en comparación con el mismo periodo de hace un año. No obstante, cayó por debajo del 8% por primera vez desde la crisis del año 2008. En segundo lugar, este año el gobierno calculó un crecimiento del 7,5%. Es el nivel más bajo de los últimos 13 años. En tercer lugar, el ritmo de crecimiento en China lleva ya cayendo siete trimestres seguidos. Y en el año 2007, por ejemplo, el PIB dio un salto de ¡hasta el 14,2%!

El Banco Mundial advierte: si las tendencias actuales se mantienen, en el año 2015 el Producto Interior Bruto de China crecerá tan solo un 5%. Ese es un nivel peligrosamente bajo para un país cuya economía está fundada en un crecimiento constante. Y los porcentajes de crecimiento económico bombeados de manera artificial a costa de la inyección de dinero amenazan con recalentar la economía, producir inflación y hacer que reviente la peligrosa burbuja inmobiliaria.

Por supuesto, una causa inmediata de la caída de los ritmos, es la prolongada crisis de la Unión Europea, el mercado principal para la mercancía china. Igual que su PIB, la exportación de China el año pasado supuso un crecimiento en un tanto por ciento de dos cifras. Sin embargo, ahora entre enero y septiembre todo se ha incrementado en no más de un modesto 7,4%.

Los expertos coinciden en que el incremento del salario en China ya no se va a detener.

Según los datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), los gastos de la mano de obra han aumentado para el empresario más de un 14% al año desde 1987.

Entre los años 2000 y 2009, un ejército de obreros de entre 35 y 50 años engrandeció China con 90 millones de personas, pero la siguiente década el crecimiento ascendió a “tan solo” 5 millones. Expertos de la ONU consideran que la población china en edad laboral empezará a reducirse desde el año 2015. Esto también obliga al país a aumentar los salarios. Al mismo tiempo, el gobierno chino se ve forzado a emplear más medios en paliar la pobreza y las necesidades sociales de su enorme población: esta comienza a estar más educada y ser más exigente.

El modelo del vertiginoso crecimiento económico de China está fundado en la infinita afluencia a las zonas industriales de campesinos de aldeas poco favorecidas dispuestos a trabajar por unos céntimos. No obstante, la población urbana de China ya ha superado en número a la rural. La reserva del desarrollo a costa de la mano de obra extremadamente barata llega a su fin y los ingresos de los habitantes aumentan. Ahora su nivel corresponde al de Japón a principios de los setenta, cuando allí también cesó el ritmo de crecimiento excesivamente rápido.

El progreso de China es colosal: en los últimos 10 años su PIB bruto por habitante aumentó cinco veces y alcanzó los 5.000 dólares. Sin embargo al país lo amenaza la llamada “trampa del ingreso medio”: el crecimiento se detiene cuando llega a un determinado nivel de desarrollo y calidad de vida, y para avanzar hacia adelante no se puede cambiar el modelo económico.

China debe dar una vertiginosa voltereta como la de Japón, el primero en realizarla en Asia. De la producción de cachivaches baratos en masa ha pasado a dar salida a producción cara de alta tecnología de prestigio mundial.

La “trampa del ingreso medio” ha amenazado también a Corea del Sur. Aún en los años 70 estuvo ocupada, entre otras cosas, con la salida de artículos textiles. A medida que el salario aumentaba, el país resultó atrapado entre Japón (con su cara mano de obra, pero tecnología más alta) y China, donde el gasto de personal era incomparablemente más bajo. Corea del Sur despegó: ha logrado convertirse en una potencia de la alta tecnología, dejando atrás a Japón en cuanto a tendencias se refiere.

El gobierno de China, que comprende indudablemente la esencia del problema, trabaja activamente en la ampliación de la parte de la producción compleja y de calidad. Allí ya fabrican, por ejemplo, trenes de alta velocidad, mejoran la calidad de sus propios coches y todos trabajan más activamente en el sector de investigación y tecnología.

Sin embargo, expertos independientes opinan que será difícil llevar a cabo la modernización si se conservan las posiciones de mando en la economía detrás de las gigantescas corporaciones estatales, con sus privilegios, derecho al monopolio, etcétera. Estas corporaciones reciben del presupuesto estatal subvenciones de cientos de miles de millones de dólares.

Para la nueva economía hace falta el libre comercio y eso, ante todo, exige reformas políticas y libertad.  

También hace falta limitar la influencia de los directores de los gigantes estatales que están estrechamente ligados a la cumbre del Partido. Las tentativas de la actual reforma invitan, indiscutiblemente, a una dura lucha política: ¿se decidirá a ello el nuevo gobierno de China?

Y lo que es aún más: ahora en China se efectúan entre el 30% y el 60 % de las compras mundiales de recursos y materias primas.

La disminución del ritmo de crecimiento de China (y no habrá sustituciones plenas en este país durante mucho tiempo) llevará a una reducción de la demanda de materias primas y petróleo. Y eso ya golpea directamente a los intereses de Rusia que se sostiene en gran parte gracias a la exportación de combustibles fósiles.