El profesor Flores reconoce, no sin cierto pudor, que fue una mujer quien cambió su vida. El tenía 18 años, y no leía más que lo justo, hasta que una compañera de universidad hizo algo que,  como en la trama de una gran novela épica, marcaría su destino: le dio a leer Crimen y Castigo, de Fiódor Dostoievski.

 

A partir de entonces,  dice, “la literatura se transformó en mi vida. Empecé a comprar la mayor cantidad posible de libros de los clásicos rusos, aprendí más de la obra de Dostoievski y cuando me fui a Rusia yo ya había leído la mayor parte de los clásicos que en aquella época habían sido traducidos al español”.

 

José Luis llegó a la Unión Soviética en 1983, con 27 años, como muchos otros mexicanos, beneficiándose de un programa de intercambio de estudiantes, programa que formó excelentes profesionales en campos como la ciencia, la música, o la literatura. Muchos de aquellos jóvenes, buenos conocedores de la cultura y los valores del país, han sido la base para las relaciones que en la actualidad tiene la Federación Rusa con sus países de origen alrededor del mundo.

 

Flores, que había cursado ya dos carreras en su México natal, completó su formación con otros seis años de estudios en la Unión Soviética, donde por fin cumplió su sueño de sumergirse en la cultura del pueblo que admiraba, capaz de producir obras literarias colosales.

 

Parte de esta formación incluyó también cierto tipo de adoctrinamiento de los clásicos del marxismo-leninismo, algo inevitable en aquel tiempo, y que le fastidiaba bastante, pero que aceptaba como parte de la relación costo-beneficio.

 

Sólo un par de años mas tarde, sería testigo del profundo cambio experimentado en el país con la llegada de Mijaíl Gorbachov  a la Secretaría General del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), y su política de reestructuración, la perestroika.

 

Según recuerda, la mayor parte de la gente pensaba que eran deseables muchos cambios, por eso la perestroika fue vista como una buena oportunidad para mejorar, ya que lo que se esperaba eran cambios dentro del mismo sistema, no un cambio de sistema.

 

“La cultura rusa es lo que me nutre”

 

De vuelta en su país natal, se encontró con que ninguna universidad se especializaba en filología rusa. Así que para desquitarse, se ha dedicado a mil y una actividades relacionadas con este campo de estudio, por las que nadie le remunera.

 

Además de enseñar en un instituto de una de las barriadas más castigadas de la Ciudad de México, y de dar clases de ruso en algunas instituciones, preside la Asociación Mexicana del Idioma Ruso,   que se dedica a la difusión de la lengua y la cultura, con charlas y eventos mensuales.

 

“Por esto nadie me paga absolutamente nada. Digamos que eso es ya por amor al arte, porque la literatura y la cultura rusas en general son mi pasión, y eso es lo que me nutre”, dice el experto.

 

La Asociación organiza además un encuentro anual del Idioma Ruso, de dos días de duración, con conferencias, talleres, ponencias y diversos eventos. Este año se realizó en el estado de Nayarit los días 25 y 26 de Octubre, con la participación de la universidad local y representantes de la embajada de la Federación Rusa.

Por si esto fuera poco, es miembro de la Sociedad Internacional de Dostoievski, que periódicamente organiza simposios en los que reúne a especialistas de todo el mundo para discutir las cuestiones más apremiantes y profundas de su obra y su legado.

Para este apasionado de Dostoievski, los autores rusos tienen una visión de lo que es el mundo, y  otra de su ideal, de lo que debería ser.

Y ese ideal es siempre la aspiración con la que escriben estos autores.

A su entender, en Rusia el arte por el arte no puede tener mucho apogeo, la literatura es una literatura comprometida no sólo con el tiempo en el que vive, sino también con el futuro, con ese ideal que se pretender alcanzar.  Por eso los mejores escritores rusos dan siempre su visión de lo que deberíamos alcanzar como seres humanos.

Aunque esta literatura de conciencia y de crítica social no es exclusiva de un solo país, Flores piensa que el pueblo ruso es uno de los que vive más intensamente lo que le rodea. Todo autor y toda persona culta o no culta se pregunta cuál es el sentido de las cosas, cuál es su lugar en la vida, cuál es su deber ante sí mismo, la sociedad y el mundo.

 Lo que cautiva a Flores es que “precisamente esas  llamadas preguntas malditas que muchos aprendimos a evadir, ellos no las evaden, sino que marcan su vida a partir de estas preguntas y sus respuestas”.

En su opinión, “el pueblo ruso, para ser verdaderamente ruso, debe sentir una especie de dolor por el género humano, no solamente por sí mismo; y con dolor me refiero a que le debe doler mucho la injusticia del mundo. Si se habla acerca de justicia a nivel mundial, si se habla de alcanzar una sociedad lo más luminosa posible, el pueblo ruso no podría ser feliz a solas”.

Una medalla inesperada

El gobierno de la Federacion Rusa concedió a José Luís Flores López la Medalla Pushkin el pasado mes de julio, como reconocimiento a su trayectoria profesional, y los esfuerzos realizados para la preservación del patrimonio cultural ruso, y el acercamiento cultural entre Rusia y México.  

Flores es uno de los principales estudiosos de la obra de Fiódor Dostoievski en el mundo, además de haber publicado trabajos sobre Pushkin, Lérmontov, Tolstói, Chéjov y otros.

Su entusiasmo es patente cuando dice: “Amo a Dostoievski, es mi adoración. Me  apasiona Dostoievski, me encanta Tolstói, Lérmontov, Pushkin, adoro a Pushkin, me encantan otros que no son tan conocidos en Rusia, Blok me maravilla cada vez que lo leo, siempre me deja una sensación muy especial y muy grata….”

Escuchándole, no queda duda de que ningún reconocimiento público mueve tanto a este profesor como su pasión por una cultura y un pueblo que le tiene fascinado desde hace nada menos que veinte años.

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