En 2000, Stephen King puso a la venta en su página web el libro Riding the Bullet, la primera obra comercializada electrónicamente por un autor de superventas. Se produjeron 400.000 descargas en las primeras veinticuatro horas. Por entonces Dmitry Glukhovsky se encontraba inmerso en la escritura de su ópera prima. Era estudiante de Periodismo y Relaciones internacionales en Israel y estaba concibiendo la historia que durante sus viajes por el subsuelo de la capital rusa había despertado su imaginación.

 

Artyom, el protagonista de Metro 2033, es un joven soldado que, tal y como se espera en una novela de género fantástico, es el elegido para llevar a cabo una importante misión: en un Moscú arrasado por una guerra atómica, sus habitantes viven refugiados en el metro, agrupados según las tendencias políticas y religiosas y asediados por las peligrosas criaturas del exterior. Nuestro joven soldado deberá penetrar en el corazón de la red de metro portando un mensaje capital para la subsistencia de la especie… Una vez acabada la novela, Glukhovsky la paseó de editorial en editorial, con la negativa siempre por respuesta. Hasta que se decidió a crear una página web y colgarla gratuitamente. El resultado es una potente saga global, un exitoso juego de ordenador, una aplicación para VKontakte… y más libros.

 

En el Hotel de las Letras de Madrid, nos espera Dmitry Glukhovsky, autor de Metro 2033, vestido con chaqueta negra y camiseta blanca. Las gafas de sol oscuras nos hacen pensar en uno de sus personajes que, después de tanto tiempo en el subsuelo, tuviera que salir de repente a la superficie.      

 

Para alimentar la fantasía es necesario el aburrimiento. Has comentado que la localización de tus aventuras en el subsuelo de Moscú surgió durante el tiempo que pasabas en metro yendo a la escuela. ¿Cuándo tomó forma definitivamente?

 

Fuente: Editorial Timun Mas

 

Sí, la historia de Metro 2033 empezó muy temprano, pero entonces no estaba preparado para un texto así, necesitaba tener mucha más experiencia vital. Pero sí, fue antes de mi primer trabajo como periodista en EuroNews. La idea de introducir toda la cosmología de Moscú en el metro llegó cuando estaba en la universidad, donde escribí los primeros capítulos. El hecho de estudiar Relaciones Internacionales hizo que la historia tomara la forma final, porque adquirí las herramientas para entender mejor la manera en que los medios de comunicación y los vencedores muestran la realidad. Así el libro ganó en complejidad. Era mi forma de mostrar la sociedad rusa y el legado ideológico del siglo XX, la lucha entre la izquierda y la derecha, el comunismo y el fascismo.

 

 

Volviendo a tus libros, ¿fue una decisión personal colgar tu obra en Internet?

 

Al ver que ninguna editorial se interesaba experimenté con el lenguaje html y flash y monté una página web específica del libro. Luego puse algunos enlaces, la promocioné en foros… Fue un proceso lento. Primero cinco visitas al día, luego doce, y así cada vez más. Necesitaba saber la opinión de los lectores después del rechazo de las editoriales. Fue una energía positiva muy importante para mí. Luego la rehice siguiendo algunos consejos que me habían dado los editores. Más tarde escribí una secuela, manteniendo el feedback con los lectores. Aproveché los comentarios, críticas, recomendaciones (de gente especializada en algún tema concreto), como si fueran editores. Cuando la acabé, y con el aval de miles de visitas a mi web, la volví a presentar a las editoriales y se interesaron tres. Si no aportas algo en la autoedición (una web independiente, invitaciones a artistas para colaborar, etc.), tu libro queda sepultado en el cementerio de internet.

 

¿No es difícil mantener la independencia como autor si interactúas demasiado con los lectores?

 

Los escritores no son la autoridad moral que eran antes, casi como oráculos. Pero, sin duda, apartarse un poco ayuda a mantener una distancia. Dejarte influenciarte demasiado te puede destruir. Me pasó con Metro 2034. En la secuela quise cambiar bastantes cosas, empezando por el lenguaje, el género… Hubo seguidores que se sintieron decepcionados y me empezaron a llegar muchos comentarios negativos. En pocas palabras, que había perdido el talento y me había cargado la idea. Ahora estoy escribiendo otro libro, más complejo, del que no cuelgo los episodios a medida que los acabo, porque lo estoy rehaciendo mucho. No me interesa, en este caso, la interactividad.

 

En tu mundo posnuclear, la sociedad que retratas vuelve a organizarse según los grupos de siempre. Parece que no hay manera de escapar a ciertas estructuras y que las revoluciones y protestas civiles poco pueden hacer más que suspender esa estructura durante unas pocas semanas.

 

Gracias a mi labor como periodista pude comprobar de primera mano la manipulación en la narrativa de los hechos. También conociendo a gente que se dedica directamente a la consultoría política. Entonces pierdes la aproximación romántica para con las revoluciones. Ves lo que pasa de verdad, como se corrompen las revoluciones, los intereses que realmente prevalecen, cómo se negocia con los que antes eran enemigos. A la gente de a pie se le suele vender ideología, que luego se convierte en cash. Por eso Metro 2033 refleja todo mi escepticismo.

 

A tenor de estos y otros hechos se diría que el gran problema sería, más que una hipotética guerra nuclear, que se instalara el escepticismo general, que produjera una devastación lenta pero muy destructiva en los cimientos de la sociedad.

Por supuesto. Este libro lo escribí con 22 años, ahora tengo una comprensión mucho más sofisticada de la realidad. Ha sido un largo proceso de absorción, porque las cosas no son tan fáciles de entender. Supongo que ahora lo escribiría de otra manera. Por ejemplo, las últimas elecciones rusas tenían un esquema tan simplista que las protestas civiles parecían la única respuesta coherente. Las elecciones se han reducido a un teatro de marionetas en el que unos y otros se hacen pasar por comunistas, o nacionalistas, o liberaldemócratas, y así la gente tiene algo a lo que votar. Pero luego comercian con sus escaños a cambio de dinero.

 

Has empleado el género de la distopía, que aborda mundos futuros en los que se ha perdido la fe. Putin aparece en el panorama político precisamente en uno de esos momentos, sin presentar una ideología concreta. Han pasado los años y parece que, tímidamente, la sociedad rusa vuelve a necesitar esa fe.

 

Es que, después de la caída de la URSS, todo se vino abajo, la gente se vio sola, sin derechos, fue un paso al liberalismo total. Hubo que pasar por un periodo muy duro antes de que las cosas se estabilizaran. Durante la década de 1990, Rusia estuvo en una especie de estado de sitio. Demasiado caos y vacío de poder, la población sentía que nadie se ocupaba de sus derechos básicos y, además, era testigo de cómo se dilapidaba el patrimonio nacional. Hasta entonces el Estado ejercía como un ‘padre’, te quitaba libertades pero te cubría unas necesidades básicas. Cuando llegó Putin, Yeltsin estaba pasando un época difícil, le puso las cosas, por así decirlo, muy fáciles.

 

Lo mejor que ha hecho Putin ha sido la reforma de los impuestos, el no haber gastado todos los beneficios del petróleo y crear un fondo de seguridad para cuando lleguen las vacas flacas. Pero ha integrado un sistema de poder muy propio de la KGB, en el que una red de personas puestas a dedo le pagan con su apoyo en cualquier sector decisivo del país.

 

En el segundo mandato se hizo más evidente, se ha impuesto un nuevo statuo quo en la élite, entre amigos y colaboradores cercanos. Esa es una situación que propicia la corrupción. La gente salió a la calle porque la manipulación era demasiado evidente, incluso los que están acostumbrados a ver el primer canal de televisión no se creían lo que les estaban diciendo. Se percibe demasiado claro la voluntad de enriquecimiento personal de él y de quienes lo rodean.

 

¿Una política de palo y zanahorias?

 

Sí, zanahorias para la gente, y toneladas de carne para los oligarcas y la Iglesia. Creo que debería hacer una apuesta decidida contra la corrupción, pero es algo improbable, pues el actual sistema es demasiado piramidal, un monstruo al que, para cambiar algo, habría que descabezar y crear algo nuevo.

 

Estoy seguro de que Putin sabe que es necesaria una modernización, pero la lucha de intereses es demasiado fuerte. El poder de convocatoria al que se llegó en invierno en las calles creo que fue el máximo que se puede alcanzar. La gran mayoría, le guste más o menos Putin, tiene otras aspiraciones. Además, también existe mucha nostalgia de la grandeur de la URSS.

 

Y teniendo un público lector joven, ¿cuál crees que está siendo su respuesta?

 

Tengo como 60.000 seguidores en VKontakte. Mis ideas son de centro derecha (libre mercado, democracia real, buenas relaciones con Occidente). A veces intento hablar de estos temas pero lo que les importa no son mis ideas políticas sino mis libros. La mayoría tiene entre 20 y 25 años. Cuando yo era adolescente no me importaba mucho la situación política, pero ahora los jóvenes están muy al día. Aunque no votan, porque creen que no sirve para nada.

 

Eso sí, coinciden en su poca simpatía por los Estados Unidos y Occidente –los de Moscú no tanto-, y su nostalgia por los viejos tiempos, aunque no los hayan vivido. Y no es que quieran una revancha, sino recuperar aquel papel protagonista del siglo pasado. Creo que los que traerán el cambio, si llega, serán ellos y no la intelligentsia. Si bien  lo que quieren es el retorno de aquel superestado de otros tiempos.

 

Una grandeza que tuvo su peculiar capítulo en la expedición que clavó la bandera rusa en el fondo ártico y que viviste en primera persona.

 

Bueno, lo del fondo ártico no es una reclamación nueva, viene ya de la época soviética. Sin duda, nadie afirma el calentamiento global pero todos se aprovechan de él…

 

Me refiero al compromiso internacional de lo que se quiere hacer allí…

 

Desde luego es un paso más hacia la destrucción de la economía y ecología rusa. BP ya tuvo su desastre natural cuando quiso traspasar ciertos límites tecnológicos, en el Golfo de México. Que se apueste tanto por el Ártico indica que no hay planes a la vista de reformas económicas, de modernización, de estímulo empresarial y se prefiere seguir con el mismo modelo, casi de república bananera. Es como reconocer que no queremos otra cosa que exportar petróleo y gas. O seguir protegiendo la gran industria, que no es del todo competitiva. En cambio, parece que se invita a los emprendedores a que se vayan.

La expedición que plantó la bandera ni siquiera estaba financiada por el Estado, pero fue una brillante maniobra de comunicación por su parte. Y lo digo con conocimiento de causa porque estuve a bordo. Tuvo un coste de unos dos millones de dólares, la mitad financiados por suizos entusiastas del tema ártico y la otra mitad por patrocinadores privados que ‘compraron’ un camarote en el barco. Para ellos fue una fiesta, como un viaje de lujo, un capricho. Luego estaba la parte seria, la científica. Una vez realizada la operación, alguien llamó a Moscú y… se convirtieron en héroes. Una gran campaña publicitaria totalmente gratis.

 

Además de vida digital, el libro ha tenido muchas más vidas, en juegos, aplicaciones. ¿Has promovido personalmente que sucediera?

 

Para mí es importante no pensar en el dinero cuando escribo porque puedes caer en muchas tentaciones nefastas como autor: escribir lo que los otros quieren o simplemente por el beneficio. Así que si gano más dinero con un videojuego me parece mejor opción. De hecho, depende de cada libro, Metro 2033 se prestaba a ello. Ha salido en videojuego, como juego en red social con dos millones de usuarios, también saldrá la aplicación para iPad y iPhone, etc. Para mi son reencarnaciones del texto, sorpresas. Nunca he ido detrás de nadie para que hiciera algo. De hecho, lo del videojuego ha tardado siete años en hacerse realidad.

 

¿Y la película…?

 

Ya se verá, en principio han comprado los derechos pero eso no quiere decir que al final se haga. Tienen que hacer una adaptación a Estados Unidos. Algunos directores rusos se interesaron, pero, como es una película tipo Blockbuster, era necesario un buen presupuesto e infraestructura que sólo tiene una productora americana.

 

Y mejor que sea en localizaciones americanas, porque cualquiera que fuera el resultado, a mis compatriotas seguro que no les gustaría. En todo caso sería un honor, ya que sólo recuerdo El doctor Zhivago y Lolita como últimas adaptaciones de libros rusos en Hollywood.

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