El presente y el futuro de las naciones se define, sobre todo, por problemas de carácter global: el cambio climático, la escasez de agua, el encarecimiento de los productos o la relativa carencia cada vez mayor de muchos tipos de materias primas y energía. No obstante, al encontrarse con un mundo globalizado, las sociedades se han lanzado a su habitual herramienta de apoyo: el estado-nación, que pronosticó que iba a desaparecer. Se podría decir que ha comenzado una 'renacionalización' parcial de la política mundial.

La “contradicción de contradicciones” se refiere a la globalización y a una simultánea 'desglobalización' de las insittuciones dedicadas al 'gobierno global', lo que crea un vacío en la gobernabilidad.

La ONU es desde hace tiempo un órgano útil para el diálogo, pero de poca eficacia a la hora de solucionar grandes problemas globales. El Consejo de Seguridad sufre una pérdida de legitimidad. Además, incluso en cuestiones fundamentales como el control y la prevención de una crisis es a menudo ignorado.

En la mayoría de las organizaciones nacidas tras la Segunda Guerra Mundial se dan tendencias similares. El G7, organización compuesta por los países desarrollados, creada en los años 70 como respuesta a las crisis económicas y energéticas, tenía un papel positivo en la coordinación de la política económica. Sin embargo, a principios de la siguiente década, justo cuando Rusia se convertía en miembro de pleno derecho tras casi diez años de espera, la influencia del ahora G8 comenzó a caer rápidamente.

En la década del 2000 las nuevas economías en auge de Brasil, Rusia, India, China y más tarde Sudáfrica crearon el grupo BRICS. Esta organización, a pesar de los pronósticos negativos de los especialistas occidentales, que no le deseaban ningún éxito, se encuentra en desarrollo. El peso político de sus miembros se incrementa, pero por el momento este grupo no se ocupa de ninguna cuestión concreta.

Por su parte, son mayores las esperanzas depositadas, desde el punto de vista de llenar el vacío en la gobernabilidad, en el G20, una organización no oficial que reúne a las 20 mayores economías del mundo. Creado a finales de los años 90, con el comienzo de la crisis económica mundial en 2008, se convirtió en una cumbre de jefes de Estado que ha desempeñado un claro papel positivo en la prevención del pánico y del colapso de la economía mundial. Pero no había una política única, ni la hay ahora. Da la sensación de que los “veinte” empiezan a seguir el camino de los “ocho”: cada vez hay más ruido y menos resultados concretos.

El G20, como el G8 hasta ahora, carece de un secretariado, una burocracia permanente que se interese por el desarrollo de la organización y por demostrar su eficacia, pero sin este “peso de la burocracia” las instituciones no pueden sobrevivir en un mundo que cambia tan rápidamente.

La cuestión del futuro de las organizaciones más relevantes, llamadas a llenar “los vacíos de la gobernabilidad”, es importante por sí mismo. Además, en estos momentos es de especial interés para Rusia, ya que en los años 2013-2014 Moscú será la encargada de recibir y presidir las cumbres de los BRICS, el G8 y el G20.

Se trata de una oportunidad única para incrementar el peso político internacional del país. Y además, ayudar a llenar el “vacío de la gobernabilidad”.

No creo que en la cumbre de BRICS se den grandes avances, esta organización es todavía muy joven y tiene un carácter virtual en muchos aspectos. Los “ocho” se encuentran en una crisis evidente, están en vías de extinción. Pero todavía existe la posibilidad de revivir la organización, y Rusia puede proponer un modo de aumentar su eficacia.

El G8 se creó, sobre todo, como un club occidental para discutir y coordinar cuestiones de política económica. De un tiempo a esta parte ha comenzado a centrarse en la geopolítica, en cuestiones de seguridad. Seguramente esta “especialidad” geopolítica se debería reforzar.

Evidentemente, no se puede discutir sobre estas y otras cuestiones globales sin contar con China e India, las nuevas grandes potencias. Estos dos estados deberían ser invitados a participar de forma regular.

No menos esfuerzos requiere el desarrollo, o por lo menos la prevención de su extinción, en el caso de los “veinte”. Deberían ampliarse sus competencias, por ejemplo, en la cuestión de la escasez de agua que constituye el problema económico, y político, más grave del futuro. Rusia es uno de los países más ricos en recursos acuáticos del mundo, por lo que podría iniciar estrategias internacionales para solucionar este problema.

Pero lo fundamental de la modernización del G20 no estriba en añadir una u otra cuestión en el orden del día, sino en que la organización se institucionalice. Es necesario que se reforme el actual sistema, engorroso e ineficaz, y se reemplace la gestión de su secretariado y burocracia permanentes.

La economía global no se somete al gobierno nacional, tiende al caos, por lo que requiere una gestión global, sistemática, en pro de los intereses de todos. En caso contrario, la “contradicción de contradicciones” podría destruir el mundo sin necesidad de guerras. O, como mínimo, hacer descarrilar su desarrollo.

Serguéi Karagánov es decano de la facultad de economía y política mundial de la Escuela Superior de Economía en la Universidad de Investigación Nacional.

Artículo publicado originalmente en ruso en Védomosti.