Tras el triunfo de la Revolución las autoridades bolcheviques favorecieron la experimentación artística que rompiera con la estética burguesa y aristocrática. La demolición del régimen zarista y la tabula rasa en la vida cotidiana debía también lograrse en el campo de batalla cultural. “La nueva música tenía que abrazar los sonidos de la era mecánica, los ritmos de la máquina, el tran-tran de la ciudad y la fábrica, el ruido del motor, con sus tonalidades”, apuntó el escritor austriaco Rene Fulop-Miller en 1926.

Por entonces, Lenin recibía en el Kremlin al inventor Lev Termen y el comisario del pueblo para la instrucción, Anatoli Lunacharski, arengaba al compositor Serguéi Prokofiev de esta forma: “Tú eres revolucionario en música como nosotros lo somos en la vida, por eso tenemos que trabajar juntos”.

Y así fue durante un tiempo, cuando los Mayakovskys, Kandinskys y Meyerholds abundaron y pusieron en práctica ideas hasta entonces radicales. Pero una vez establecida la elite socialista y con Stalin en el poder, todo lo que fuera alternativo y experimental comenzó a considerarse subversivo. Aun así, muchos inventores ya habían patentado sus instrumentos basados en tecnologías electro-ópticas o electro-mecánicas. Por ejemplo J. A. Pajuchi inventó un pedal que regulaba la intensidad del sonido; D. G. Tambovtsev un proto-sampler similar al posterior ‘Mellotron’; A. G.  Mashkovich creador de objetos musicales o N. M. Molodsov, quien presentó un artefacto precursor del cine sonoro.

Sin embargo, lo que más repercusión tuvo en la época fue la ‘Sinfonía de las sirenas’ de Arseni Avraamov, presentado en Bakú en 1922 con motivo del 5º aniversario de la Revolución. Consistía en combinar las sirenas antiniebla de la flotilla soviética del Caspio, el tronar de dos baterías antiaéreas, los disparos de una división de artillería, el motor de los hidroaviones y las sirenas de las fábricas de la ciudad para hacer música. La melodía la marcaba el propio compositor con banderas de colores y una pistola. Además, en el centro se emplazó una máquina llamada ‘magistral’ que emitía 50 tipos de sonidos con vapor, ejecutados por varios músicos según las anotaciones del director.

La presentación fue todo un éxito, así que Avraamov fue llamado a presentarla en Moscú para el 6º aniversario de la revolución. Pero esta vez no tuvo tanta suerte ya que la distancia entre sirenas, militares y músicos fue demasiado grande, y no le fue concedida toda la munición que pidió.

Posiblemente, el que más influyó en las generaciones posteriores fue Lev Termen, inventor del ‘Theremín’ (versión afrancesada su apellido), un artefacto que con dos antenas (válvulas de vacío) produce sonidos con el mero movimiento de las manos entre ellas. “Era un instrumento un poco vasto, pero su aparición supuso la primera incursión en la música electrónica”, explica el compositor Albert Glinsky, quien añade que cuando Termen llegó a Nueva York fue recibido con honores similares al haber inventado la radio.

Lev Termen visitó Estados Unidos en 1928, tras ser patentado su invento. Allí se quedó diez años, desarrollando el Theremín para la RCA (por un contrato de 100.000 dólares de la época), además de inventar la primera máquina de ritmos, llamada ‘Thythmicon’, y el ‘Terpsitone’,  una plataforma que creaba música según los movimientos corporales del que bailara.

En 1938 Termen regresó a la Unión Soviética en un barco cargado con una tonelada de equipos electrónicos. Según la versión oficial, volvió por propia voluntad para mejorar la creación musical en su país, aunque sus compañeros en Nueva York denunciaron que el KGB lo había secuestrado. Lo cierto es que todo el equipamiento fue confiscado a su llegada a Rusia y medio año más tarde Lev Termen daba con sus huesos en el GULAG de Kolimá.

En 1947 salió del GULAG especial de Sharaga bajo la condición de desarrollar su tecnología para la KGB. En 1962 cambió de trabajo, entrando en el laboratorio acústico del conservatorio de Moscú, hasta que en 1967 el New York Times publicó un artículo sobre él. Termen fue entonces expulsado del conservatorio y se ganó el pan como electricista de la universidad de Moscú durante sus últimos años de vida.

Por entonces, el primer sintetizador ya había sido inventado por Evgueni Murzin, el ‘ANS Synthesizer’ (o Photoelectrichesky sintezator muziki).  También cabe destacar el trabajo de Borís Yankovski, Leonid Sabaneev, Peter Simin, Nikolái Bernstein, Pavel Leiberg, Nikolái Roslavetz, Serguéi Protopopov, Evgueni Sholpo, Borís Krasin o Mijaíl Gnesin entre los muchos pioneros musicales de la temprana electrónica soviética.

El primero en darle brillo a los sintetizadores de Murzin fue Edward Artemiev, conocido por sus bandas sonoras para las películas de Andréi Tarkovski.  Aunque otros compositores soviéticos como Sofia Gubaydullina, Edison Denisov o Alfred Schnittke también realizaron obras destacables con los primeros sintetizadores.

Ya en la perestroika se permitió la aparición de discográficas, un club de fans y un programa de televisión dedicados a la música electrónica, el ‘Tangerine’. Además de Tarkovski, directores como Nikita Mijalkov o Andréi Konchalovski utilizaron la electrónica en sus bandas sonoras, e incluso comenzó a aparecer en otro tipo de programas de televisión.

Por aquella época, la música electrónica ya era suficientemente variada y rica, destacando grupos y compositores como Jungle, Zvuki Mu, Tsentr, Zodiac, Apro o Gorizont  (versión soviética de Kraftwerk).

En los 90, el testigo de Edward Artémiev fue tomado por su hijo Artemi, quien, además de componer, ha dirigido programas sobre electrónica para la televisión rusa y creó en 1997 el sello ‘Electroshock’ junto al director de cine Vladímir Krupnitski, editando los trabajos de Boris Deart o Ígor Len entre otros.

 

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