En los años 90, los caminos en la región estaban destrozados y también el transporte fluvial. Fue entonces cuando decidimos fletar nosotros mismos un pequeño barco”, explica el padre Alexander. “Dimos el paso con el sacerdote, un antiguo trabajador del sector. Elegimos un embarcación OM-378, que pertenecía al comité de ecología de la región de Novosibirsk. La primera vez que emprendimos la navegación estuvimos mucho tiempo en el agua y no atracamos hasta la una de la noche. ¡Todo el pueblo nos esperaba en la orilla! Estuvimos bautizando hasta la mañana, en el mismo Obi. La primera vez nos llevamos a un colectivo artístico pero una vez en el sitio vimos que además de sacerdotes en el pueblo también necesitaban doctores. Y fue así como formamos la primera brigada de médicos...”



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Inicio del viaje

 

Hasta la Revolución los sacerdotes realizaban cursos de medicina y se iban a los pueblos para poder proporcionar asistencia médica. A día de hoy, hay  11 especialistas en el equipo. La mayoría de médicos vuelve cada año y no se les paga de forma complementaria para trabajar en la misión.

 

Las condiciones son espartanas: camarotes para cuatro y camas como en los compartimentos de los trenes. Se despiertan a las 7 de la mañana, hacen una plegaria conjunta, desayunan y un par de horas de viaje hasta el pueblo que corresponda. La misión trabaja en los lugares que se encuentran a una distancia máxima de 100 kilómetros del río.

 

Cada médico atiende a unas 60-70 personas al día. Durante el trayecto actual los médicos recibieron a 4.941 pacientes, de ellos 615 niños.

 

“Al principio nos quedábamos estupefactos por el atormentado estado del espíritu. En las ciudades la gente también perdía el trabajo pero en los pueblos  se derrumbaba todo: los campos estaban abandonados, en las granjas solo quedaban los esqueletos de los edificios y de la maquinaria. En un pueblo de la región de Bolotinsk vivían sin electricidad, con petróleo, los niños se caían por el hambre. Era terrible. En este ambiente descubrimos que la gente tenía un vivo interés por la vida espiritual. Bautizábamos a unas 200 personas a la vez”, recuerda el padre Konstantín Rabota, organizador de la misión en barco desde la primera travesía.

 

Continuación

 

Ahora las autoridades locales proporcionan autobuses y los misioneros se instalan en escuelas, casas de cultura u hospitales locales. Y donde no hay esta infraestructura, lo hacen en la propia calle.

 

Al principio bautizaban a unas 2.000 personas por viaje. Después la cantidad disminuyó y hace cuatro años empezó a ascender de nuevo. La natalidad  empezó a superar la mortalidad en muchos pueblos. Este año han bautizado a  718 personas.

 

Los propios médicos no pueden explicar por qué emprenden el viaje misionero cada año. Olga Fishova, médico-ecógrafa del hospital clínico regional de Novosibirsk ya lleva 15 años seguidos participando en los viajes misioneros y explica:

 

“Cuando fui la segunda vez no me preocupaba para nada que hubiera mucho trabajo. El nivel de las relaciones personales es más alto. Empezamos a entendernos por los gestos, por la mirada. A veces incluso pensamos igual. El barco cambia las relaciones entre nosotros. Hablando en el pasillo del hospital con un doctor con el que he viajado, los compañeros comentan: 'Habláis de otra forma'. El médico, si es un médico auténtico, que analiza su trabajo, no puede no creer que no Dios existe. Entiende que no siempre todo ocurre según la voluntad del doctor. Tras los viajes empecé a hablar de esto con los reanimadores y ellos me contestaban: 'nosotros vemos eso”.

 

¿De qué se queja?

 

“Intentamos convencerles que vayan a la ciudad, al hospital regional. Uno no tiene dinero, otro no tiene con quién dejar los niños, otro simplemente quiere hacerse una ecografía y no necesita nada más. Para convencernos a veces piden ayuda a los sacerdotes, e incluso un par de veces hicieron venir al jefe de la administración. Durante el viaje diagnosticamos ocho infartos, enfermos de diabetes, patologías de tiroides y tumores. Hoy en día en los pueblos ya no encontramos las enfermedades descuidadas que encontrábamos durante los primeros viajes. Pero hay otras cosas..."

 

“Cuanto más nos alejamos de Novosibirsk o del centro comarcal la gente es más bondadosa. Y cuánto más cerca de la ciudad, más exigente. Durante los últimos tres o cuatro años a menudo nos dicen: 'tienen que, están obligados, y por qué se van a las 6? Tienen que quedarse hasta que terminen con el último paciente'. Creo que la propaganda “antimédica” funciona así, todos esos programas interminables sobre casos en que los médicos no observaron bien y sobre errores que cometieron. Los jóvenes empiezan a hacer cálculos sobre cuánto cobramos por esta misión. Pero no recibimos nada. El sueldo y 100 rublos (algo menos de 4 dólares) de comisión de servicio.

 

¿Y después qué?

 

El padre Konstantín explica: “Una vez se nos acercó una mujer de 96 años. Había perdido a su marido durante la guerra y crió 11 hijos sola. Le pregunté: '¿Quién te ayudó? ¿Se casó tras la guerra?' Me miró y me dijo: '¡Estoy casada por la iglesia!'. Me conquistó la fuerza del espíritu de esta generación. Es como si estas abuelas, que han pasado por todo pero no se han doblegado, nos hubieran traspasado su estandarte. Nuestra navegación ha servido de modelo para un tren que recorre Rusia. Pero la experiencia del barco de momento no se ha utilizado en otros lugares. A pesar de que en nuestro país hay muchos sitios por dónde no pasa ningún tren y sólo son accesibles a través de los ríos”.

 

Epílogo

 

En los formularios de la misión 'San Andréi Pervozvanni' los médicos, que han llegado del barco, escriben una receta a una paciente anciana. Ella pregunta: “¿Y ustedes son de la ciudad?”

 

“Si, -contestan los médicos, - allí vivimos en pisos”.

 

“Y yo que pensaba que siempre vivían el barco”, dice la paciente.

 

“Y nosotros nos imaginábamos un barco que navega por el río Obi, explica el padre Konstantin, “en el que viajaban médicos y sacerdotes, que atracara en los muelles donde la gente necesita ayuda... ”