Hoy en día a menudo se recuerda la experiencia de Afganistán de los años 80, cuando los Estados Unidos, en la guerra contra la Unión Soviética, apostó por los mujahiddines de los que posteriormente surgió Al Qaeda, que volvió las armas contra sus protectores. Un paralelismo relativo.

En Afganistán la apuesta se hizo conscientemente, la misión de dañar al comunismo y a la Unión Soviética se consideraba una prioridad tan importante que no se tomaron la molestia de sopesar los costos. Era aún más difícil prever hasta qué punto el islam reforzaría su posición política cuando la confrontación ideológica se despegara del antiguo modelo.

Hoy en día es difícil que nadie albergue ilusiones sobre la tendencia de desarrollo, el antinorteamericanismo en el mundo árabe y en general en el mundo musulmán es un fenómeno extendido, y también entre las amplias masas populares que conforman el grueso de los electores. Más aún teniendo en cuenta que las semillas del enfrentamiento cultural y religioso sembradas a comienzos de 2000 durante la campaña antiterrorista de GeorgeW.Bush han dado la intervención externa en graves conflictos internos en apoyo de una de las partes no trae buenos resultados.

El apoyo a las revoluciones en el Oriente árabe, no es una elección consciente y meditada de EE.UU. y Europa, sino un intento de adaptarse a la tormenta de acontecimientos, junto a un instinto ideológico de no encontrarse, “en el bando incorrecto de la historia”.

El resultado es que todo está patas arriba. En Libia y en Siria (y en realidad, también en Egipto y Yemen) Occidente se puso de lado de aquellos que, como mínimo, simpatizaban con los terroristas del 11-S, si no habían colaborado directamente con ellos. Y ahora no les agradecen por la ayuda prestada cuando derrocaron a los tiranos, sino que mantienen su lucha con los tradicionales enemigos: EE.UU. e Israel principalmente. El círculo se cierra.

En una reciente entrevista, Vladímir Putin, criticando las acciones de Occidente en la crisis siria, señaló: “Así que lo que habría que hacer es abrir las puertas de Guantánamo y llevarse a los presos a Siria, que luchen ahí. Porque en realidad es exactamente lo mismo”. Un sarcasmo muy propio del presidente ruso, pero no se le puede negar la lógica. A estas alturas ya es imposible saber quién lucha contra quién o en qué bando está.

Rusia es un país multinacional y multiconfesional especialmente vulnerable en caso de que se enturbien las relaciones. La relación de Rusia con la “primavera árabe”, especialmente en aquellos casos que tenían un carácter profundamente interno (como Libia y Siria), está marcada por la comprensión de hasta qué punto es peligroso romper un equilibrio frágil. La posición de Moscú, por ejemplo, en su apoyo a Damasco, a menudo provoca asombro (¿por qué aferrarse a un dictador condenado?) y no es compartida por muchos musulmanes rusos (les molesta que por culpa de Bashar Al Assad, Rusia se haya enemistado con prácticamente todo el mundo árabe).

Pero es difícil estar en contra de un argumento fundamental, especialmente teniendo en cuenta los últimos acontecimientos. La intervención externa en graves conflictos internos en apoyo de una de las partes no trae buenos resultados. Generalmente lo que hace es empeorar la situación y el que se involucra se convierte en rehén del desarrollo de los acontecimientos. Rusia tiene una “ventaja”, en caso de que haya un es- cenario desfavorable, puede irse sin más de Medio Oriente. Sería algo desagradable y vergonzoso, especialmente si se recuerda el papel que jugó la Unión Soviética en la región hace tan solo un par de décadas. Pero no sería una catástrofe para Moscú.

Rusia no pretende convertirse en una superpotencia mundial y cada vez se concentra más en el terreno regional, que por suerte es inmenso, toda Eurasia. Ni Estados Unidos, que desea mantener el liderazgo mundial, ni Europa, que es prácticamente vecina, se pueden permitir abandonar esta región altamente explosiva. Pero tampoco está claro qué hacer.

Siempre se ha considerado que la democracia garantiza automáticamente una orientación más prooccidental del gobierno. Si los mecanismos democráticos de cambio de gobierno, que apoyan la mayoría de los musulmanes, se rellenan con otros valores, antioccidentales y antiliberales, se crearía una situación extremadamente inusual.

La posición de Rusia es bastante sencilla. En una situación en la que aumenta la incertidumbre en todas las direcciones, cualquier intervencionismo, tenga la explicación que tenga, está lleno de complicaciones. Independientemente de los intereses comerciales o geopolíticos que tenga en Medio Oriente, Moscú está interesada en evitar conflictos religiosos o de civilizaciones. Y para esto está dispuesta a cooperar con todas las fuerzas sensatas que no se rijan por dogmas ideológicos sino por el instinto de supervivencia, ya sean tradicionales o liberales. 

Fiódor Lukiánov es redactor jefe de la revista Rusia en la política global.