Este otoño Grozni ya no tiene un aspecto tan duro como había tenido antes. Ya no está tan de moda pasearse con una pistola. O simplemente la gente ya se ha hartado. También parece que hay menos policía. Incluso los rostros de los viandantes ya no transmiten tanta inquietud. Lo que sí que se nota es que hay más gente vestida al estilo musulmán. El centro brilla por su limpieza, la blancura de las paredes y hay numerosas ventanas de cafeterías. Por encima de toda esta magnificencia se alzan las torres Grozni City, símbolo de la nueva época, pacífica y desahogada. Los taxistas me preguntan orgullosos si me gusta la ciudad y ellos mismos contestan: “Gracias a Ramzán”.

Islamización

En una de las cafeterías me encuentro con Asia. Terminó la escuela a principios de los años 90 y pasó las dos guerras en Chechenia. El camarero nos trae dos iPad. Son las cartas. Por la calle no he visto a nadie con  tableta y aquí es la carta. Bueno, significa que pueden. Asia habla sobre las mujeres:

“¿Ya ha paseado por la ciudad? ¿Ha visto a nuestras chicas? Si supiera la tristeza que me provoca verlas así, envueltas en esos pañuelos y abayas (túnica larga y negra usada por las mujeres en los países árabes). No, no estoy en contra de la religión pero aquí no había habido nunca nada parecido. A Ramzán le gusta como se visten las mujeres en Dubai y dijo que aquí tendría que ser igual. En cuestión de un par de años las mujeres de Chechenia se han convertido en sombras. Parece que ahora él mismo tampoco está contento, dice que no se refería a esto”.

También se introdujeron nuevas normas para la vestimenta de los hombres. De acuerdo con el código de vestimenta, el día de oración el checheno temeroso de Dios tiene que llevar una indumentaria especial (pantalones y camisa de color violeta) y ahora es difícil distinguir a los jóvenes en el día festivo musulmán. A veces los chechenos con ironía nombran a los jóvenes que llevan estos vestidos “ niños del viernes”.

Los chechenos, que tradicionalmente han profesado el islam sufí, adaptado a las propias tradiciones, que aquí son más antiguas y más fuertes que la religión, no entienden por qué Kadírov construye en la república un estado islámico siguiendo el modelo de Arabia Saudí. 

La respuesta que se difunde es esta: Kadírov no gusta en Occidente. En Rusia tiene apoyo, pero también aquí el amor hacia él no puede ser eterno y por eso intenta que en Oriente le tomen como a uno de los suyos. Al conseguir el apoyo de los jeques árabes, toma fuerza y se cubre la retaguardia en caso de discordia con Moscú.

Ramzán Kadírov


Presindente de Chechenia desde 2007. Es hijo del presidente checheno asesinado en 2004, Ajmat Kadírov. Accedió al cargo con el aval del presidente ruso Vladímir Putin.

 

Efectivamente aquí hay mucha gente que está agradecida de forma sincera a Ramzán, a quiénes todo esto les satisface. Con todo, Grozni, convertido en una ciudad en ruinas por las dos guerras, ha sido totalmente reconstruido en cinco años. Muchos de los clientes del café donde estamos, pasaron su infancia en los sótanos, refugiándose de los bombardeos. Ahora, además de paz, también cuentan con el resplandor de la vida moderna.

Pero también hay quienes piensan de otra manera. En Chechenia continúan secuestrando a la gente. Hay centenares de casos de este tipo en los tribunales y ni uno ha sido esclarecido. Los familiares de los desaparecidos no necesitan los resplandores de Grozni city. A ellos nadie les devuelve los parientes.

Vida urbana

De todas formas, decir que Grozni solo vive de acuerdo con el islam y Ramzán Kadírov sería incorrecto. Aquí no hay clubes nocturnos en el sentido más corriente de la palabra, pero sí que existe una agitada vida nocturna. Si se pregunta a los taxistas donde se puede tomar una cerveza, cinco de seis contestan que en ningún sitio, que aquí rige la ley seca, y que el presidente no aprueba que se beba.

Pero en realidad no es así. En un radio de tres kilómetros se encuentran unos cinco locales donde a los chechenos sirven abiertamente cerveza y donde incluso se puede conseguir vodka.

Beber no está prohibido, pero no se aprueba tradicionalmente. Un hijo no se sentará a beber con su padre y no se mostrará ante él en estado ebrio, sería una falta de respeto.

Además, a causa de la prohibición religiosa hacia el alcohol realmente hay poca gente que lo consuma. Así que la pequeña concentración de locales donde se pueda beber probablemente esté determinada por la baja demanda.

Pero los que beben saben hacerlo.  En general se trata de hombres de más de 30 años, intelectuales. La conversación de vez en cuando se desliza hacia la  política. Hablan alto, sin mirar a los lados, aunque en la mesa vecina hay un grupo de policías que comen carne de cordero.

La crítica al poder no va más allá de los cansinos retratos de los padres de la nación. Aunque en la mesa casi todos están sin trabajo. Algunos, por las circunstancias: sólo hay trabajo en la administración y en la policía, y otros por convicción: el periodista ya está harto de explicar cada día que los planes superan a las nuevas instalaciones que se construyen.

Kírovo

A 10 minutos en coche de la avenida Putin se encuentra el pueblo de Kírovo. Forma parte de Grozni. Hay unas cuantas filas de decrépitas casas bajas con las verjas oxidadas y simbología soviética. Aquí no se ve ni una señal exterior de la nueva vida desahogada y sin preocupaciones, ni tan solo desde la fachada: las casas se derrumban, no hay caminos, en todo el pueblo hay solo un quiosco de comestibles, una vaca enflaquecida se pasea de una cerca a otra.

Unas mujeres ancianas enseguida se acercan al ruso con cámara fotográfica y empiezan a quejarse: viven en unos miserables cobertizos, las compensaciones de 300.000 rublos (unos 9.500 dólares) por las casas quemadas durante la guerra no fueron suficientes ni para las reparaciones. Y lo esencial, en este pueblo casi todos están enfermos.

“¿Por qué Ramzán no viene a este pueblo con sus constructores?”, se queja una chechena de 70 años. “¿Dónde están sus excelentes médicos? Aquí todos trabajaban en la refinación del petróleo y en las vías del ferrocarril. Y a los cuarenta años ya han perdido la salud. Y ahora nadie nos necesita. Al final de la calle vivía un curandero, pero trataba otro tipo de achaques”.

Desde la portezuela, al oír el ruido, se asoma temerosa una vecina. Pregunta si tengo permiso para fotografiar. Dice que a ella le da igual, que lo comenta por nuestra seguridad.

Si se asciende la colina se ven desde Kírovo las resplandecientes torres Grozni city. Pero los ancianos ya no pueden subir la colina.

Artículo publicado originalmente en ruso en Ogoniok.
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