De 16 a 28 de octubre de 1962, los Estados Unidos y la Unión Soviética se confrontaron en uno de los momentos más peligrosos de la Guerra Fría.  Después de que avión un espía de EE UU tomara fotos de los misiles nucleares soviéticos desplegados en Cuba, a sólo 145 kilómetros de Florida, y las discusiones diplomáticas no trajeron ningún resultado, la Marina de los EE UU lanzó un régimen de “cuarentena” en torno de la isla para impedir que los barcos soviéticos llevasen más armas.

 

Todos los barcos que se dirigían a Cuba iban a ser examinados por militares de los EE UU. La parte soviética consideraba esto un acto de agresión. Así, los cargueros soviéticos recibieron la orden de hacer caso omiso y continuar su camino hacia La Habana.

 

Varios misiles balísticos nucleares de alcance medio, capaces de alcanzar a la parte continental de los EE UU, estaban ya desplegados en Cuba. A pesar de la imposición de la cuarentena, los especialistas soviéticos continuaron la construcción de bases de misiles y los submarinos soviéticos continuaron su marcha hacia Cuba.

 

En un episodio de la crisis, aeronaves y acorazados de EE UU obligaron a salir a la superficie a submarinos soviéticos. En otro, un avión espía de EE UU fue derribado por un misil tierra- aire. Cuando la construcción de las bases de misiles nucleares estaba casi terminada, ambas partes llegaron a un acuerdo.

 

La Unión Soviética retiraría sus tropas y armas de la isla, mientras que los EE UU se comprometieron a levantar la cuarentena y a no realizar nuevos intentos por derrocar al régimen cubano, así como a retirar sus misiles de las bases en Italia y Turquía.

 

Desde el punto de vista histórico, este dramático enfrentamiento de 13 días debe ser visto como parte del sistema de relaciones internacionales de la época, no como un incidente separado.

 

Una de las preguntas clave que aún se discute es la razón por la que el liderazgo soviético comenzó a colocar misiles. Aunque el objetivo formal del despliegue de contingente militar era proteger la soberanía de Cuba, esto no puede ser la razón principal para una operación militar de esa escala y con ese riesgo potencial.

 

Según los informes, el líder soviético Nikita Jrushchov decidió desplegar misiles nucleares en Cuba poco después de su visita a Bulgaria, tras enterarse de que EE UU tenía misiles balísticos estacionados en Turquía e Italia.

 

El arsenal nuclear soviético fue significativamente más pequeño y tecnológicamente menos avanzado que el de los EE UU y desde el punto de vista soviético, los misiles nucleares en Turquía representaban una amenaza que debía ser tratada o equilibrada simétricamente.

 

El gobierno de Cuba, que había llegado al poder en 1959 bajo el liderazgo de Fidel Castro y que había repelido un ataque organizado por EE UU en 1961, parecía un aliado perfecto: está situado muy cerca de los EE UU y estaba buscando amigos. Al desplegar los misiles en la isla, Moscú compensó el despliegue de los ubicados en Turquía y consiguió un pretexto para negociar su retirada. 

Según Robert Legvold, director de la Iniciativa de Seguridad Euroatlántica en el Fondo Carnegie para la Paz Internacional, otro objetivo era estabilizar la situación en la Europa dividida. Los misiles soviéticos en Cuba se podrían utilizar como un elemento disuasorio contra la acción de las fuerzas estadounidenses en el oeste de Europa.

 

Aunque, incluso 50 años después, la pregunta sobre quién se benefició más gracias a la crisis sigue siendo un tema de intenso debate. Según Iván Timoféiev, director de programa del Consejo Ruso de Relaciones Internacionales, con la retirada de los misiles soviéticos y las tropas de Cuba, todos los participantes lograron sus objetivos: EE UU alejó la amenaza nuclear de sus fronteras y demostró a sus aliados su capacidad para proteger sus intereses y resolver las crisis internacionales.

 

Por su parte, la Unión Soviética demostró que era capaz de proyectar su poder a nivel internacional, ya que EE UU había retirado sus misiles de Italia y Turquía y, por último, Cuba se aseguró que no habría nuevos intentos por socavar su soberanía. Sin embargo, hay otro componente de la crisis que a menudo se pasa por alto: sus consecuencias en la doctrina de disuasión. Timoféiev dijo: “la crisis cubana fortaleció el sistema internacional bipolar, reveló el equilibrio del poder y destacó la estrategia de disuasión mutua en un futuro.”

 

Lengvold señaló que la crisis “alteró el uso político que los líderes soviéticos estaban dispuestos a hacer de las armas nucleares. En varias ocasiones antes de 1962 (la crisis de Suez de 1956, la crisis de Berlín de 1958 y 1961), Jrushchov había estado dispuesto a realizar un pulso con armas nucleares, con el fin de influir en los gobiernos de los Estados Unidos y la OTAN, pero nunca más después de octubre de 1962.”

 

Hoy, 50 años después, el legado más importante de la crisis consiste en que ha sido la última vez que dos superpotencias han considerado seriamente lanzar un ataque nuclear una contra otra.

 

Según Legvold, el impacto psicológico de haber escapado por poco a un posible Armagedón nuclear, influyó profundamente en las políticas de los EE UU y la Unión Soviética y los llevó a tomar más en serio la necesidad de establecer límites en el concurso estratégico nuclear y, por lo tanto, facilitó lo que fueron las Conversaciones sobre Limitación de Armas Estratégicas de 1969.

 

Después de la crisis de los misiles, la Guerra Fría continuó durante casi 30 años y los EE UU y la Unión Soviética se enfrentaron en repetidas ocasiones en 'guerras de poder', pero el golpe nuclear dejo de ser la arma de ataque, sólo un medio de disuasión estratégica que salvó a las naciones de una Tercera Guerra Mundial.