Lo que acerca a los presidentes de Georgia y Venezuela es su inquebrantable convicción de estar haciendo lo correcto. Ninguno es un oportunista pragmático, sino que ambos son políticos ideológicos. Saakashvili está tan empeñado en la privatización y la desregulación económica como Chávez en la nacionalización y en extender el control del Estado.

Ambos están convencidos de que el único tipo viable de gobierno, en tiempos de cambios, es un gobierno autoritario, con poder formal e informal concentrado en las manos de un único líder. Tampoco dudan de que, para llevar a cabo con éxito su misión histórica, deben gozar de un largo tiempo de mandato, so pena de que una tarea tan agotadora quede inconclusa.

Cada uno de ellos se nutre de la presencia de un poderoso enemigo (Rusia en un caso, los Estados Unidos en el otro), un enfrentamiento que justifica las medidas que toman. Cada uno de ellos tiene también un aliado de confianza en el extranjero (los mismos dos países, pero al contrario), que los ayuda a reforzar su potencial. Incluidas el potencial militar.

Saakashvili  y Chávez se ven a sí mismos y a sus países no como jugadores ordinarios en el campo mundial, sino como buques insignia que marcarán el camino también para otros. Esto explica su propensión al liderazgo regional en el Cáucaso y Sudamérica, respectivamente.

Por último, tanto el teniente coronel como el abogado graduado en EE UU se basan en igual medida en el carisma para conseguir apoyos.

Saakashvili es un estricto reformador de tendencias bolcheviques, que no tiene interés en repensar la economía o el aparato gubernamental, ni la estructura social: quiere cambiar a la gente. Los georgianos, sugiere, deben ser obligados a vivir y trabajar como europeos 'normales', y separarse de los acostumbrados paternalismo y dependencia.

Incapaz de maximizar la popularidad de estas medidas, las dirige a una minoría: serán los jóvenes, los que tienen energía y no están contaminados por tradiciones 'perversas', los que construirán una nueva Georgia, en la que todos los ciudadanos se valgan por sí mismos. Pero la verdadera inspiración no está en el interior, sino en el exterior. Viene de las naciones dignas de ser imitadas.

La base del poder de Chávez es la masa de un país potencialmente próspero que siempre ha estado rígidamente dividido en clases, y al que él promete protección e igualdad. Sus doctrinas son el paternalismo estatal y un sistema de redistribución justa, ambas encaminadas a ofrecer un apoyo continuado a los más pobres de la sociedad. Más tarde o más temprano, habrá que revisar el balance de objetivos realmente cumplidos, ya que crecerá el número de personas desilusionadas con la falta de dinamismo. Pero esto aún tiene que traducirse en resultados electorales.

Diametralmente opuestos en actitud, Saakashvili y Chávez tienen, sin embargo, algo en común: ambos ha tomado posición contra el status quo tradicional. El "Presidente del pueblo" venezolano representa a los necesitados y desfavorecidos contra una aristocracia rica que siempre ha tratado a los otros con abierto desprecio. El líder de la "Revolución de las rosas" de Georgia, a pesar de provenir él mismo de una clase acomodada, empezó a romper el orden social aceptado, y arrebatarle a la elite sus privilegios en sentido literal. 

Chávez ha demonizado a la burguesía venezolana, no solo a la derrocada aristocracia, sino también a una clase media floreciente que no tiene ninguna necesidad de un estado paternalista y represivo. Saakashvili se ha creado numerosos enemigos en las filas de la famosa intelligentsia georgiana, indignada por su ostentoso desprecio. Por todo esto, el comandante venezolano cuenta aún con un amplio grupo de seguidores, mientras que el líder georgiano ha caído en desgracia no solo con la antigua clase alta de Tbilisi, sino también con una gran parte del pueblo que no ha ganado nada con sus drásticas reformas.

Chávez, a quien muchos llaman "casi un dictador", es en realidad un acérrimo defensor de la democracia, en la que él siente el apoyo de las masas. Saakashvili, quien ha promovido extensamente su eslógan "la antorcha de la democracia", cree, por el contrario, que solo un gobierno autoritario puede obligar a la mayoría a que se modernice.

Ninguno de los dos ha tenido éxito estableciendo unas bases sólidas, aunque sus carreras aún no han terminado. Chávez permanece, y Saakashvili podría volver perfectamente (aunque tendría que empezar de cero en varios campos). Si resumimos sus logros, la conclusión es banal. Todo abierto desacuerdo en la sociedad precipita el desequilibrio, ya tenga el gobierno sus bases en una mayoría silenciosa o en una minoría elocuente. Ambos componentes de la sociedad son igualmente necesarios para alimentar una legitimidad sólida: esta es la clave del éxito en el caótico mundo actual.

Fiódor Lukianov es editor jefe de Russia in Global Affairs.

 

El artículo original en ruso puede leerse en Rossíyskaya Gazeta