Tenía ocho años cuando ocurrió la Crisis de los Misiles en Cuba.  Créase o no, la recuerdo muy bien. Para un niño de mi edad, yo tenía un notable interés por la política: leer los periódicos y escuchar la radio formaban una parte ineludible de mi rutina diaria.

Por supuesto, la imagen completa de lo que verdaderamente sucedió durante esos trece fatídicos días de octubre de 1962 se me representaría mucho más tarde, cuando fui un adulto; además, difícilmente uno podía pretender obtener la imagen completa a través de la propaganda soviética del momento. Aunque sí recuerdo los acalorados informes que alababan a los valientes cubanos y a su carismático líder Fidel Castro por enfrentarse al peor imperialismo del mundo: los Estados Unidos de América.

Los informes solían entremezclarse con afirmaciones enérgicas que aseguraban que el Ejército Soviético era capaz de derrotar a cualquiera que se atreviese a interrumpir nuestro pacífico desplazamiento hacia el comunismo.

También recuerdo conversaciones que sostenían mis padres por las noches en la cocina, cuando se suponía que yo estaba durmiendo en mi dormitorio. En voz baja, para no despertarme, mi madre solía hablarle con inquietud a mi padre para pedirle que le explicara qué estaba sucediendo. Él, que era un hombre tranquilo y reflexivo, respondía calmado y con actitud positiva, quizás sin siquiera creer en sus propios dichos, tal como ahora me doy cuenta.

Finalmente, cuando la crisis había terminado, recuerdo muy bien una caricatura que apareció en la primera plana del diario Pravda. La caricatura retrataba a Nikita Jrushchev como el capitán de un barco, con el timón en mano. Había una brújula en el centro del timón, con la aguja dirigida hacia la palabra 'Paz'. Me sentí orgulloso de vivir en un país que había preservado la paz mundial.

La siguiente oportunidad en que la crisis cubana me tocó de cerca fue tan solo hace unos pocos años, cuando mi familia y yo ya estábamos viviendo en los Estados Unidos. Mi hijo decidió escribir acerca de la crisis de los misiles en una clase de secundaria sobre Historia Mundial. Feliz acerca de su elección, me ofrecí para revisar el bosquejo de su trabajo. De pronto, reflotaron los recuerdos que tenía de haber leído el diario Pravda en mi infancia.

De un inocente modo que haría llorar de alegría sin duda a cualquier experimentado guerrero de la Guerra Fría, mi hijo relató la historia de un joven presidente estadounidense, inteligente y perspicaz, que, por sí solo, venció a un avejentado, despistado e ignorante líder ruso. La conclusión del trabajo era sencilla: hubo una crisis, los estadounidenses ganaron y los soviéticos perdieron.

Preferí no criticar la obra de mi retoño. Sin embargo, sin poder contenerme por completo, le hice la siguiente pregunta: “Pues bien, si se permitió a los Estados Unidos tener bases militares al lado de la Unión Soviética en Turquía, ¿entonces por qué no se permitió a la Unión Soviética tener bases militares en Cuba?”. Mi hijo no supo responderme; no habían debatido ese aspecto del conflicto en su clase de Historia Mundial.

El aniversario de cualquier acontecimiento crítico famoso, nos brinda a todos la útil oportunidad de reconsiderar su ubicación en la historia de la humanidad. Dejo en manos de los entendidos la decisión de cuántas crisis mundiales graves fueron impedidas por la llamada línea directa entre Moscú y Washington, una línea de comunicación directa establecida entre el Kremlin y la Casa Blanca en los albores de la Crisis de los Misiles de Cuba. 

Y espero la opinión de los especialistas en seguridad global acerca de si el concepto de la 'Destrucción Mutua Asegurada' que se probó por primera vez durante aquella crisis valía la pena y si aún es tan válido en la actualidad como lo fue en 1962. 

Aunque para mí, en lo personal, las lecciones de la crisis cubana podrían resumirse en tres simples palabras: conoce al enemigo. Al leer los relatos de quienes presenciaron los acontecimientos de octubre de 1962, me asombró el nivel de ignorancia que demostraron ambos bandos respecto a los planes, las intenciones y la mentalidad de sus respectivos oponentes.

Afortunadamente, las cosas han mejorado desde entonces: es probable que la famosa línea directa se actualice de forma periódica con los dispositivos más sofisticados de comunicación; existen modernas tecnologías de espionaje que ofrecen una clara imagen de las capacidades militares del otro bando —y, en general, también de sus planes—; un pequeño ejército de hábiles administradores de riesgos aparecerían con una contingencia útil para casi todos los escenarios de riesgo imaginables.

¿Qué más? Solo otro detalle: los líderes de ambos países deben escucharse unos a otros, al menos con la atención con la que escucharían a sus 'halcones' locales. Si esto también sucede, la Crisis de los Misiles de Cuba será la única crisis de tal magnitud que celebraremos o, cuando menos, conmemoraremos, en el futuro.

Eugene Ivanov es un analista político que reside en Massachusetts. Mantiene el blog The Ivanov Report.