Recientemente, en la Academia Diplomática del Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia tuvo lugar una conferencia representativa dedicada a dos fechas: el 15º aniversario del Acta Fundacional entre Rusia y la OTAN y el 10º aniversario del Consejo Rusia-OTAN. El debate, aunque no carece de interés, siguió el curso habitual. Tras años de discusión y reclamaciones de ambas partes prácticamente no ha cambiado, lo cual es muy extraño. Después de todo, la situación en el mundo ha cambiado más allá del reconocimiento.

 

La Alianza ha estado siempre en el centro de la polémica rusa. Los tradicionalistas veían en cualquier paso de la OTAN una amenaza dirigida  contra Rusia, donde quiera que fuese. Para los reformistas, las relaciones con el bloque representaban un indicador del camino 'correcto' del país hacia un 'mundo civilizado'. Los comunistas y los geopolíticos locales sospechan que el Gobierno de Rusia quiere arrastrar al país a la Alianza, y los liberales ven una hipotética adhesión como la consolidación de la 'elección civilizatoria' del país en favor de la modernización.

 

En realidad, hoy en día la OTAN no se corresponde con las expectativas ni de sus adversarios ni de sus partidarios. Es la alianza político-militar más grande del mundo y cuenta con un gran potencial. Sin embargo, a pesar de los numerosos intentos por formular una nueva misión, no lo ha conseguido y sufre de un debilitamiento de la disciplina de bloque (Europa Occidental, Europa del Este y EE UU  tienen diferentes puntos de vista sobre los retos de seguridad), y en los últimos años, de carencia elemental de dinero.

 

Un intento por reemplazar el desarrollo cualitativo por el cuantitativo tropezó con una fuerte resistencia de Rusia y se eliminó de la actual orden del día.

 

 Afganistán, la primera operación fuera de su área tradicional de responsabilidad, se convirtió en la 'antipropaganda' del papel de la OTAN como gendarme del mundo. Es difícil imaginar que Washington sea capaz de movilizar aliados para repetir algo así. Y más cuando en las próximas décadas el escenario más habitual de las acciones político-militares sea la región de Asia y el Pacífico. Allí  Estados Unidos necesitará una selección de socios completamente diferente.

 

Para Occidente, el significado de la OTAN es sobre todo simbólico: prueba de que en el caótico mundo moderno sigue habiendo algo inmutable (las relaciones transatlánticas) y sublime (los valores comunes).

 

 Para Rusia, la Alianza también contiene un elemento ideológico de continuidad, o soviético (de sospecha) o postsoviético  (de admiración). El problema es que, fuera del campo de las representaciones nostálgicas, el valor práctico de las relaciones es cuestionable. 

 

Se considera que la esfera de convergencia de intereses entre Rusia y la OTAN es Afganistán. La conexión existe. Ambos lados, cada uno por sus propias razones, está interesado en la estabilidad. Pero lo más importante para la Alianza es conservar el control de la situación durante los próximos dos años para garantizar la salida de las fuerzas occidentales.

 

En el futuro, a los aliados europeos simplemente no les interesa​​, y EE UU no se opondría a dejar una presencia significativa en Afganistán, pero aceptaría el hecho, si no se puede conseguir.

 

 A Rusia le preocupa la situación a largo plazo, y para Moscú sería más favorable que la Alianza se mantuviera allí más tiempo. La OTAN no va a luchar contra a fondo contra las drogas en Afganistán, pero incluso sin esto, las fuerzas de la OTAN proporcionan un equilibrio frágil.  Resulta que la cooperación tiene un carácter situacional, y seguro que no se convertirá en una cooperación a largo plazo.  

Una agenda para la cooperación a largo plazo entre Rusia y Estados Unidos sería posible si su centro fuera la región Asia-Pacífico. El espacio euroatlántico está sobrecargado por la tradición de confrontación de la Guerra Fría, y además se ha convertido en una periferia estratégica.

 

Se puede seguir discutiendo sobre el destino del Tratado de las Fuerzas Armadas Convencionales en Europa (FACE), la futura OSCE y las perspectivas para el sistema europeo de defensa antimisiles, siempre y cuando no le interese a nadie, excepto a los negociadores profesionales. Pero es mejor dirigir la mirada a Asia, donde hay grandes intereses y ansiedades, desde el rápido crecimiento económico hasta los numerosos conflictos regionales, la acumulación de armas y el cambio de equilibrio de poder.

 

En la región de Asia-Pacífico, hay contradicciones entre Rusia y Estados Unidos y la inercia negativa es mucho menor, y la OTAN, al recordar la anterior confrontación ideológica, no es relevante, aunque sea por razones geográficas.

 

Es hora de despojar a la Alianza del halo que la envuelve en el debate de Rusia. La moderna OTAN no es una amenaza insidiosa, ni un socio codiciado. Según el estatus actual es algo así como el Consejo de Europa, que realiza un trabajo importante para la percepción general de Rusia en Occidente, pero fundamentalmente no cambia nada.

 

Lo mismo ocurre con tener una relación normal con la OTAN.

 

Fiódor Lukiánov, editor jefe de la revista  “Rossiya v globalnom politike” (“Rusia en la política mundial”).

 

Artículo publicado originalmente en ruso en Rossíyskaya Gazeta.