En términos generales, parece no haber una literatura rusa contemporánea que se considere heredera de la tradición clásica rusa en Europa y en la otra orilla del charco.

 

Hace poco, el semanario alemán Die Zeit publicó una lista curiosa: las obras de las últimas siete décadas de posguerra que constituyen “el canon de la literatura europea”.

 

En el “canon” se incluyó todo tipo de títulos, pero Rusia sólo estaba representada por dos obras: Archipiélago Gulag de Solzhenitsyn y El doctor Zhivago de Pasternak: por decirlo suavamente, obras que no son nuevas y, a mi modo de ver, en absoluto determinantes para la literatura rusa de los últimos tiempos.

 

Los escritores rusos contemporáneos se encuentran en la periferia del interés literario del lector extranjero. En realidad, también la misma Rusia se percibe como una periferia aburrida, sólo que muy grande. Allí, alguna vez, estuvo la terrible Unión Soviética. Luego llegó el bueno de Gorbachov  (hay que decir que en Rusia lo odia el 99% de la población). Luego, el borracho, aunque buen tipo, de Yeltsin  (a quien también desprecian 9 de cada 10 rusos). Ahora está Putin, que habla en alemán y se las da de terrible (pero, en realidad, por supuesto, no lo es).

 

En cualquier caso, la atención que recibe Rusia desde el punto de vista cultural es de tercera fila, igual que cualquier país africano o latinoamericano.

 

En este sentido, resulta característico el fenómeno de la aparición en Europa del escritor Nikolái Lilin, que ha escrito varias obras llenas de perogrulladas y de mentiras, admirables por su cantidad, aunque en Occidente han sido recibidas con entusiasmo hasta el punto de convertirse en superventas.

 

Sin estar nunca en Chechenia ni en la katorga siberiana, cuenta, cual barón de Münchhausen, fábulas descabelladas. Y todos, o casi todos, le creen. Hollywood se dispone a trasladar a la pantalla todo este disparate. ¿Es que se han vuelto locos?

 

Desde Rusia, la historia de la ascensión de Nikolái Lilin se sigue con admiración. Pero está completamente en la tradición literaria rusa –tenemos al Jlestanov gogoliano y a Ostar Bender de las novelas de Ilf y Petrov-, granujas que sacaban de sus casillas a los torpes funcionarios rusos y a los burócratas soviéticos. Ahora, sin embargo, su papel lo interpretan los confiados lectores occidentales y los directores de Hollywood.

 

Tal vez Rusia sea un país algo salvaje, pero, a decir verdad, es imposible imaginar que en nuestro país pudiera aparecer una novela de un escritor contemporáneo alemán cuyo argumento girara en torno a que en los bosques cerca de Berlín se esconde, en la actualidad, un destacamento de antiguos SS, que, junto con sus hijos y sus nietos, al compás de la música de Wagner, leyendo en voz alta a Junger y tocando un tambor de hojalata, se dedica a expoliar los trenes que pasan cerca, y todos los lectores rusos creyeran que lo descrito fuera cierto y que los editores escribieran en la cubierta: “Estos hijos del lobo estepario son más verídicos que el ‘Fausto’ de Goethe”.

O imaginemos que llegara a Rusia un escritor de Francia, que, con 22 años, se pusiera a explicar a todos que fue francotirador en Argelia, después minador en Irak, donde participó en la captura de uno de los hijos de Hussein, y presentara su libro, donde los valerosos comandos franceses, alimentándose a base de ranas, llevan a cabo hazañas excepcionales y en nuestro país eso se editara y se anunciara de este modo: “El heredero de Dumas y de Saint-Exupéry”. ¡Sería imposible que ocurriera algo semejante! Todos entenderían al instante que se trata de una sarta de embustes.

 

Pero en Europa como si nada, se tragan todo este tinglado. También llegan otros autores, pero el que se vuelve más popular es justamente un autor de obras mediocres que en Rusia nadie lee.

 

Mis libros se han traducido a 14 lenguas, y no se me ha pasado por la cabeza ni un instante considerarme un escritor de renombre europeo: todo esto, supongo, es interesante para un reducido círculo de especialistas que todavía se interesa por los intelectuales rusos.

 

La experiencia de observar la industria editorial y la promoción de la literatura rusa en Occidente me ha dado algunas ideas acerca de cómo es necesario dar a conocer a un escritor ruso al público extranjero.

 

Para suscitar la curiosidad en la cubierta de una obra rusa hay que escribir: “El hijo de Aliosha Karamázov. El hermano de las chicas de Pussy Riot. Este libro era admirado por Anna Politkóvskaya”.

 

No diré que así el éxito esté garantizado, pero centenares de lectores seguramente queden atrapados al echar un vistazo a la cubierta y hojearán el libro en busca de dónde está el pasaje sobre las Pussy Riot y cómo Putin mató a Politkóvskaya.

 

Me arriesgo a decepcionaros, pero quizás ha llegado el momento de explicar algunas cosas.

 

Anna Politkóvskaya era una mujer absolutamente genial, trabajamos en el mismo periódico, aunque no llegamos a conocernos bien. Su muerte fue, para mí, una tragedia personal, en la Rusia contemporánea hacían mucha falta personas como ella: puso un listón casi inalcanzable de honestidad y de rigor.

 

Sin embargo, la importancia que se le atribuye desde Occidente no es equiparable a la percepción que hay de ella en Rusia. Para la mayoría de rusos, su nombre y su papel están lejos de ser determinantes.

 

Además, medir en relación con Politkóvskaya la importancia de un libro de un escritor ruso es tan extraño como presentar a un escritor alemán contemporáneo citando una opinión de un disidente de la RDA, muerto en extrañas circunstancias, que claramente no leyó el libro que se anuncia y que, además, se ocupaba de otros temas.

 

Más triste es la historia de las Pussy Riot.

 

Creo que os decepcionaré aún más, pero, consciente de la inconmensurabilidad del delito, al cual ha seguido un brutal castigo, una abrumadora mayoría de ciudadanos rusos, incluidos sus intelectuales, consideran sinceramente que el acto de estas desdichadas muchachas es horrible tanto desde el punto de vista ético como estético.

 

Si un grupo de jóvenes organizara un baile incendiario, con desnudos incluidos, cerca del Papa de Roma, es poco probable, creo yo, que, en Occidente, hubiera encontrado tantos acérrimos defensores de ese acto. Aunque, como me siento obligado a repetir, no justifica en absoluto la brutalidad de la justicia rusa.

 

No sé si, para vosotros, está tan claro como para nosotros que Aliosha Karamázov y Pussy Riot son polos del todo opuestos de una percepción del mundo.

 

¿Os acordáis de que Dostoievski tenía un personaje llamado Smerdiakov? También era hermano de los Karamázov, sólo que ilegítimo. Pensad un poco en esta figura, si no os habéis olvidado del tema de la novela. Tal vez os explicará algo respecto a la situación creada en nuestro país.

 

Hoy en día, la literatura rusa está torturada por presentimientos apocalípticos, a la vez que se encuentra en busca de casi toda la tradición perdida.

 

El sarcasmo infatigable y secular, la locura infame y la burla fatigaban terriblemente tanto al lector como al escritor ruso.

 

A uno se le revuelven las tripas con la exhibición de las lacras nacionales. Las flores del mal ya no alegran y su aroma se nos ha indigestado. La estética de la decadencia ha dejado de resultar atractiva.

 

Por lo demás, ¿acaso resultaba atractiva para Pushkin, Lev Tolstói o Chéjov?

 

El lector occidental ha admirado la gran literatura rusa por la inexplicable pero firme sensación de la presencia de lo divino en el mundo, por un idealismo privado de dogmatismo y de carácter aleccionador, por la idea sólida de que existen el bien y el mal.

 

Todos los grandes escritores rusos son conservadores, no propensos a una tolerancia excesiva, de tipo muy severo. Aunque no sólo los rusos. Acabo de leer en una carta de mi admirado Thomas Mann unas palabras sabias: “hay algo lamentable en las flagelaciones y en la negación de la grandeza alemana”.

 

Quisiera aplicar esas palabras también a la Rusia actual.

 

… probablemente haya que mencionar varios nombres para no pecar de arbitrario en nuestra conversación sobre literatura.

 

Me parece que tenemos pocos autores que sigan la estela de la gran literatura rusa.

 

Realiza un trabajo admirable una serie de escritores de la generación de la década de 1940. Mijaíl Tarkovski, con sus novelas siberianas. Alexander Térejov, que escribió una gran novela titulada El puente de piedra. Alexéi Ivánov, autor de una obra no menos significativa Bludo y MUDO [Porno barato]. Dmitri Bykov, que presentó en la década de 2000 La justificación y Ostrómov. Alexánder Kuznetsov-Tulianin, con su saga absolutamente clásica, Yasychnik [El idólatra o El pagano].

 

Estoy más que convencido de que al Premio Nobel de literatura podrían optar maestros rusos de la vieja generación como Andréi Bytov, Valentín Rasputin y Eduard Limónov.

 

Históricamente, la literatura rusa viajó a Europa junto a la imagen de un Estado ruso grande y lúgubre. Al principio, los cosacos en París, las secciones de Polonia y “el gendarme de Europa”, detrás de Dostoievski y Turguéniev. Luego los rusos en el espacio, el GULAG y los tanques en Hungría y, cómo no, Mijaíl Bulgákov y Mijaíl Shólojov.

 

Me gustaría, por supuesto, que pudiéramos prescindir de tanques y cosacos. Para que nos leyéramos simplemente porque nos relacionamos bien los unos con los otros y escribimos libros que no están mal.

 

Zajar Prilepin, (Riazán, 1975), escritor ruso que ha obtenido numerosos premios. Está a punto de publicarse su primera novela en español: 'Patologías', en la editorial Sajalín.

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