La ola de oposición en Rusia, además de no crecer, está viniéndose abajo. Esto provoca irritación en unos, y una sonrisa velada en otros. Aunque, a decir verdad tampoco existe una preocupación en la sociedad por su futuro. Entonces, ¿qué es lo que origina todas las nuevas iniciativas de las autoridades, como la ampliación de la definición de 'secreto de estado', la batalla por la limpieza en las filas del parlamento, la amenaza de cierre de YouTube  o el incremento de actividad de defensa de los sentimientos religiosos?

Los politólogos proponen dos explicaciones. Una parte considera que todo esto se hace para el futuro, por si acaso. La segunda explicación es que el poder, está llevando a cabo “una política reaccionaria muy inteligente”. El objetivo principal es asustar al ciudadano y precisamente para eso se aprueban “leyes deliberadamente mal hechas”.

Este objetivo se ha conseguido: el movimiento de protesta está desorientado, ha perdido la iniciativa y el ritmo. Según señalaba uno de sus miembros, “la ola está decayendo y no se está multiplicando en nuevas formas”. Si en verano tuvieron lugar algunas 'acciones creativas', como el paseo de los escritores o la acampada Occupy Abay,hacia el otoño todo esto se ha reducido a una actividad vulgar, una forma de actuar poco fiable.

El ciudadano con ideas e indignado, que era el componente más valioso del movimiento, ha vuelto a su vida cotidiana al agotarse el fragor en las calles. Ahora solamente quedan los sujetos totalmente inofensivos o los que son propensos a la 'acción', y contra ellos se pueden aplicar las medidas de coacción necesarias.

Quizá los propios participantes lo hayan notado. No en vano, en la última concentración (del 15 de septiembre) el orden del día y las intervenciones se volvieron más de izquierdas. Esto responde a un intento de ampliar la protesta para recoger a capas más marginales de la sociedad, como mínimo a las de pensamiento de izquierdas.

Paz a través de la crisis

Existen otras circunstancias de no menos importancia. La primera es que el ciudadano, efectivamente, tiene miedo. Pero no tiene miedo de ir a la cárcel, tiene miedo de que la situación se vuelva incontrolable y origine una espiral de consecuencias impredecibles.

Tanto en la clase alta como en la clase media el miedo a la revolución supera al deseo de cambio. “Según las reglas del juego, -comenta un conocido economista, - en caso de un futuro incierto siempre se escoge el mínimo daño, el mantenimiento del statu quo”.

Las autoridades podrían entender esto como victoria sobre el ciudadano sublevado, llevado al mal camino por extremistas y 'agentes enemigos'. Esto sería un error. 

Los observadores más sagaces lo tienen claro: las semillas de un replanteamiento de la realidad están sembradas. Estos comparan la situación con la de los años 60, que sentaron las bases morales y éticas de toda una generación. También es comparable con la Francia de los tiempos de la revolución, y después de la Restauración. Hicieron falta muchos sacrificios y la reacción de Termidor para que poco a poco, y sólo a partir de finales del siglo XIX, fueran apareciendo instituciones de defensa de los derechos del ciudadano, de la propiedad y del mantenimiento de un sistema político flexible.

Un segundo aspecto es la posible marginación del movimiento de protesta. Sí, numerosos electores aprueban muchas de las iniciativas de las autoridades. Pero los intereses del pueblo no siempre corresponden a la opinión de la mayoría. El autor del concepto de un Estado fuerte con una fuerte autoridad federal, Alexander Hamilton, ya lo advirtió hace más de 200 años: “Existe una tendencia constante hacia lo que desea el pueblo y no a lo que le es favorable. Un gobierno así no puede dar nada excepto la búsqueda de medios para alcanzar la inestabilidad y la estupidez”.

Y ya existe una “búsqueda de estos medios”; todo el mundo entiende que si llega una segunda ola de crisis, aunque sea menor que la primera, podría tener graves consecuencias para Rusia. Afectarían a todos, incluso a la clase dominante. Esta es una de las razones por las que, según consideran algunos observadores, algunas fuerzas políticas de diferente índole prefieren mantenerse unidas.

Un tercer problema es que tarde o temprano la situación exigirá acciones, y no sólo palabras. Sin una clase de 'modernizadores urbanos' formados y con criterio no puede hablarse de un desarrollo post industrial del país. Las autoridades y los 'ciudadanos' deberán negociar. La crisis mundial facilita esto: en los próximos años, en Europa y Estados Unidos no habrá sitio para todos los que deseen abandonar Rusia. Incluso los que ya se fueron volverán. Y crearán una tensión adicional, exigiendo a las autoridades una vida digna.

Por el momento, todas las capas sociales que no tienen posibilidades, deseos ni medios de negociar se encierran en ellas mismas. El poder quiere seguir en el poder, el ciudadano se preocupa por él mismo y  su familia: necesita, como mínimo, sobrevivir y mantener lo que posee. Pero el sistema de coordenadas habitual ya ha cambiado. “Estamos de nuevo divididos”, considera un prestigioso sociólogo.

Según este, las opciones son las siguientes: seguir dando vueltas de tuerca sin llegar a apretar ningún tornillo y vivir inmersos en la lucha contra un alguien o algo, o bien pasar de la táctica a la estrategia, a la luz de unas nuevas circunstancias y un nuevo estado de ánimo de la sociedad.

Artículo publicado originalmente en Moskóvskie Nóvosti.