Lo primero que llama la atención al visitante de San Petersburgo   –especialmente si está interesado en la arquitectura y el diseño actuales- es la ausencia de arquitectura moderna.

 

Aunque suscite perplejidad, la fisonomía del centro de la urbe se ha conservado en su forma original. Este es el motivo por el cual acude la mayoría de visitantes: ver la magnificencia de la antigua capital del Imperio, fundada por Pedro el Grande. Pocos turistas son conscientes de la lucha que se libra por conservar la apariencia inalterada de la urbe por parte de los ciudadanos.

 

Para los especialistas en conservación, en cambio, el tema es acuciante. En una reunión de la UNESCO que se celebró este verano en San Petersburgo, una coalición de miembros de Save Europe’s Heritage, MAPS (Sociedad para la Conservación de la Arquitectura de Moscú) y Zhivoi Górod intervinieron con un informe titulado “San Petersburgo: Patrimonio en riesgo”, similar a uno publicado antes sobre Moscú y otro sobre Samara.

 

Marcus Binney, crítico de arquitectura para The Times y presidente de Save Europe’s Heritage, dice que la ciudad se halla en una encrucijada. “Por una parte, oímos dulces y seductores cantos que nos incitan a adoptar un modelo de desarrollo dinámico de tipo asiático, con pocas restricciones urbanísticas, y que aportaría todos los beneficios del glamour, la prosperidad y la proliferación vertiginosa de rascacielos. Por la otra, suena la potente llamada de la civilización occidental y la máxima de César Augusto: ‘Roma no se construyó en un día’”, escribe Binney. “Significa que no sólo necesitamos arquitectura moderna en general, sino aquella arquitectura moderna que cuide y respete su entorno”.

 

Expertos occidentales piensan que el problema de San Petersburgo es obvio. En el informe, el historiador Colin Amery lamenta la disparidad entre las calles turísticas del centro y los edificios ruinosos o mal restaurados de las calles adyacentes.

 

Al mismo tiempo, Adam Wilkinson, director de World Heritage Edinburgh, advierte sobre el tipo de decisiones adoptadas para restaurar los barrios problemáticos de muchas otras ciudades de Europa, donde el proceso de reconstrucción comenzó mucho antes. “Resulta muy tentador para las administraciones […] aconsejar a los residentes (que viven en pisos comunales) de esas áreas que acepten ser recolocados en nuevos barrios para llevar una vida en mejores condiciones, a fin de remodelar los viejos edificios y venderlos. Esto no funcionará”, asegura el experto. “Echen un vistazo, si no, a cualquier ciudad británica, donde se intentó llevar a cabo algo semejante en la posguerra y observarán infracciones graves del normal funcionamiento de la ciudad”.

 

Hay casos en los que el método de creación no se puede separar del resultado final. Si se quiere renovar la ciudad histórica de Petersburgo sin que pierda su auténtico y verdadero atractivo sólo hay una manera de hacerlo: conservar al máximo los edificios históricos, y si es necesario construir nuevos inmuebles debería hacerse bien y sin tratar de ocultar que son nuevos.

Hay magníficos ejemplos llevados a cabo con esta mentalidad, como el centro de negocios Quattro Corti, en que el estudio italiano de arquitectura Piuarch conservó la fachada histórica y, detrás de ella, escondió un diseño contemporáneo integrado por patios. Desgraciadamente es un ejemplo muy poco común.

 

En general, hay muy pocos casos de arquitectura moderna en San Petersburgo que puedan ostentar el calificativo de relevantes en la actualidad. Hay edificios de Serguéi Choban, el complejo ya mencionado Quattro Corti y varios proyectos del estudio Vitruvio and  Sons, ubicados sobre todo en la periferia. Pero no es suficiente para una ciudad cuya población ha vuelto a rebasar los cinco millones.

 

Mientras que los ejemplos de arquitectura moderna escasean en la ciudad, abundan otros estilos. Los edificios más odiosos se pueden ver desde el Malecón del Palacio, detrás del antiguo Hotel Leningrado (hoy, Hotel San Petersburgo). Allí están los monstruos habitacionales ‘Aurora’ y ‘Mont Blanc’, forasteros invasores de los suburbios de la ciudad que ya han echado a perder la silueta urbana histórica. 

Hoy en día, parece que se ha disipado la amenaza de que surjan planes urbanísticos parecidos. Incluso la sede de Gazprom -el gigantesco rascacielos que iba a ser construido en el río Ojta, en la frontera del centro histórico-, ya no constituye una amenaza. Este edificio, que estaba previsto que se construyera en el emplazamiento de varias fortificaciones medievales y que amagaba con destruir el antiguo panorama de la ciudad, se ha reubicado ahora en Lahti, a orillas del Golfo de Finlandia. Con todo, la preocupación de los residentes locales no deja de crecer.

 

En agosto de 2012, un grupo de expertos, en el cual figuraba el famoso director de cine Alexander Sokúrov, escribió una carta dirigida al Gobernador Poltavchenko, advirtiendo de que “todos los profesionales y especialistas honestos están convencidos de que habrá una oleada inexorable de edificios elevados en áreas protegidas y zonas que forman parte del patrimonio de la ciudad, incluida la silueta urbana jalonada de símbolos icónicos de San Petersburgo, como la Catedral de Pedro y Pablo y las Columnas rostrales”.

 

Esta carta se redactó después de que la Comisión Gosstroinadzor diera luz verde a la construcción de la primera fase del rascacielos de Gazprom, que, después de haberse desplazado de Ojta, ha aumentado su altura a 500 metros. A pesar de la objeción popular, las obras del rascacielos continúan adelante.

 

Los recelos se presentan no sólo por la invasión de nuevos monolitos que no encajan con la imagen de San Petersburgo o su horizonte, sino también con la alta probabilidad de que el centro de la ciudad se transforme de forma inadecuada. El pasado 20 de septiembre, se convocó un concurso de arquitectura para la reconstrucción de dos grandes zonas de la ciudad: la que se encuentra alrededor de los Campos de Marte y la cercana a Nueva Holanda. El concurso, que cubría áreas importantes, arrojó a su vez más dudas sobre la manera de realizar estos proyectos. No había un jurado profesional, ni una consulta pública ni premio para los ganadores. Fue casi como si el concurso fuera una consulta gratuita. El resultado motivó las suspicacias acerca de la implantación del mismo tipo de políticas que Adam Wilkinson desaconsejaba.

 

¿Son las autoridades las únicas responsables de esta situación?

 

Debería prestarse más atención a las discusiones que se están manteniendo acerca del desarrollo de la ciudad. Existen dos posturas enfrentadas que son incapaces de encontrar puntos en común. Una de las partes aboga por la no construcción de nada nuevo, indistintamente de su tipología, incluidos los rascacielos, mientras que la otra pretende convertir el centro histórico en una “metrópolis moderna”.

 

En realidad, ninguno de estos dos enfoques conviene a San Petersburgo. Las exigencias demasiado estridentes de los especialistas en conservación son tan peligrosas como las peticiones de demolerlo todo y construir de nuevo.

 

La ciudad necesita crecer con edificios de alta calidad, que se ajusten a una normativa de consenso entre promotores y arquitectos. Una ciudad europea está viva no cuando únicamente se la preserva; lo está cuando se utiliza y se complementa con la arquitectura portadora de la cultura urbanística europea. Rusia posee su propio patrimonio; le seguirán unas buenas infraestructuras, junto con diseños contemporáneos. Y los turistas seguirán acudiendo a la ciudad.

 

Si hay herencia, si hay una mejor infraestructura, si hay diseño contemporáneo, también habrá un mayor flujo de turistas. Además, semejante acercamiento recuerda bastante más a las tradiciones del urbanismo petersburgués que a la edificación de nuevas dominantes globales o a la congelación total del centro, que es justamente lo que se considera un logro de los arquitectos de Leningrado.

 

Vladímir Frolov es crítico de arquitectura y editor jefe de Project Baltia

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