Las elecciones parlamentarias en Georgia   han tenido varias dimensiones. Con ellas termina la primera etapa del ciclo electoral. El segundo tendrá lugar el año que viene, cuando los electores elijan al presidente, y los cambios constitucionales que atañen a la transmisión de poderes entre las instituciones clave del poder entren finalmente en vigor.

Con la reforma de la Ley Básica, crece considerablemente el papel del parlamento. A partir de ahora los legisladores elegirán al jefe del gobierno y el Primer Ministro se convertirá en una figura clave en el proceso de aprobación de las decisiones políticas más importantes.

No obstante, la transcendencia de la pasada campaña parlamentaria no se limita a unos cuantos subterfugios internos. La batalla entre dos fuerzas ha tenido una clara repercusión en la política exterior. Los partidarios de Saakashvili intentaban presentar el proyecto de Ivanishvili como  una 'artimaña del Kremlin'. El propio Ivanishvili, que promovía activamente la necesidad de establecer relaciones bilaterales con el vecino del norte, daba la razón subjetivamente a sus detractores. ¿Significa esto que las elecciones de 2012 han sido una competición entre el anti-ruso Saakashvili y el pro-ruso Ivanishvili?

Una respuesta afirmativa sería simplificar demasiado. En primer lugar, porque los vínculos con Rusia no son ninguna característica exclusiva de la biografía de Ivanishvili. Y aunque durante los últimos años en Georgia se hable de una 'ocupación' y del odio heredado de los soviéticos, no se puede olvidar el hecho de que hace sólo dos décadas esta república era parte de un estado común con Rusia.

De ahí la multitud de vínculos con el vecino del norte. El mayor 'demócrata' de Eurasia, Mijaíl Saakashvili, cumplió su servicio militar en las tropas fronterizas de la KGB en la URSS. Sin embargo, estos asuntos del pasado no parecen contradecir la lógica de la conciencia nacional, según la cual antiguos y leales ciudadanos soviéticos se han convertido en los constructores de nuevos estados, con todos los costes y adquisiciones que implica este complicado proceso.

En lo que respecta a Ivanishvili, después de la 'Revolución de las Rosas' él, como muchos de sus paisanos, se trasladó a Georgia para participar en su transformación.  Siete años después de su traslado, Ivanishvili ha decidido no limitarse a cuestiones económicas y se ha convertido en una figura política independiente.

Durante la campaña parlamentaria Ivanishvili declaró en repetidas ocasiones que una de las prioridades en la política exterior es la cooperación con Estados Unidos y Europa, y también subrayó que se había desvinculado de sus negocios en Rusia. Además, en una reunión con el político norteamericano John McCain a principios de septiembre de este año, Ivanishvili expuso la tesis de una 'Georgia libre', desvinculada de la Federación Rusa.

El empresario georgiano no ha hecho ninguna declaración sobre la entrada en la unión Euroasiática o sobre la necesidad de rechazar los derechos sobre Abjazia y Osetia del Sur. El oligarca, más bien, ha intentado crear, con sus enormes posibilidades financieras, un lobby propio en Washington. 

Si asumimos que a Ivanishvili le esperan éxitos futuros en la batalla política de Georgia, debemos tener en cuenta que este líder será un político nacional georgiano. No puede ser de otra manera en la realidad de la república caucásica. Por ello, las altas expectativas de Moscú apenas pueden ser productivas. La lógica del opositor y la del hombre de estado son cosas muy distintas.

Pero, ¿qué sucede con los eslóganes pre-electorales de Ivanishvili sobre la mejora de las relaciones con Rusia? ¿Eran sencillamente bella retórica y nada más? Por un lado, la campaña parlamentaria ha demostrado que la demanda de normalización de las relaciones con el vecino del norte cuenta con un determinado apoyo, y que esto no se interpreta como una traición a los intereses nacionales.

Por otro, todavía no está clara la manera de entender esta normalización; su valor político y sus límites. Está claro que un político georgiano no comenzará el diálogo con Moscú a partir del reconocimiento de Abjazia y Osetia del Sur. Hoy en día la demanda de mejora de las relaciones se enmarca en un proceso natural basado en el entendimiento de las relaciones bilaterales y los problemas comunes.

Pero todavía no ha cristalizado en un plan que pueda marcar el camino por encima de los problemas existentes. Tal y como está ocurriendo, por ejemplo, en las relaciones entre Grecia y Turquía o entre las repúblicas de la antigua Yugoslavia. 

De este modo, lo que podría pasar en caso de futuros cambios en la situación interna de Georgia es una pragmatización gradual del conflicto. Es decir, una situación en la que los contrarios no se nieguen sino que se acepten, y donde la propia discusión o resolución no se considere una amenaza para la soberanía estatal.

Por lo demás, para conseguir este resultado, una campaña parlamentaria o incluso un ciclo electoral completo son todavía poco. Sin embargo, Rusia tampoco debe quedarse de brazos cruzados, sino que debe intentar formular su propuesta para aquellos que puedan y quieran escucharla.

Serguéi Markedónov es profesor invitado del programa 'Rusia y Eurasia' del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, Washington DC. Es autor de varios libros, además de unos 200 artículos académicos y publicaciones de prensa.

Artículo publicado originalmente en ruso en Vzgliad.