En sus últimas intervenciones se entrevé un claro alarmismo. ¿Por qué considera que la situación es explosiva?

 

Recuerde el colapso de la Unión Soviética. ¿Qué presagiaba el inminente colapso? Parecía que el sistema se había debilitado pero que todavía era potente. La experiencia de otras revoluciones también nos lo demuestra, se gestan durante mucho tiempo, pero se derrumba rápidamente. Surge un efecto dominó: empieza la caída de algunos elementos del sistema y la descomposición ya no se puede frenar. La pregunta es: qué es lo que puede ser el detonante.

 

En una situación inestable es imposible anticiparlo.

 

No del todo. El propio pretexto puede ser casual, pero los tipos de detonantes se pueden ver ahora. En primer lugar, las elecciones. Todas las revoluciones de los últimos tiempos han sido electorales. Así fue en Ucrania, Georgia, Kirguizistan y en el mundo árabe. El segundo tipo son las catástrofes antropogénicas (resultado de actividades humanas), sobre todo si son de envergadura o tienen lugar una tras otra y la oposición convence al pueblo que el poder es el responsable de ellas.

 

Olga Krishtanóvskya (Moscú, 1954), es una prestigiosa socióloga rusa especializada en las élites. Fue miembro de Rusia Unida y persona de confianza de Vladímir Putin. Sin embargo, el 11 de junio abandonó el partido y declaró que iba a dedicarse al estudio de los procesos de la oposición.

Las catástrofes naturales, que provocan estrés a la población, también pueden convertirse en un desencadenante. Recordemos qué versiones se discutían sobre la tragedia en Krimsk. El cuarto factor son las convulsiones económicas. El quinto, la arbitrariedad del sistema judicial.

 

Las catástrofes ocurren, generan agitados debates y brotes de descontento pero no conducen a un cambio radical de la situación. Todas las capas de la sociedad prefieren el status-quo.

 

Hay una pirámide de protesta. En la cúspide están aquellos que querrían hacerse con el poder, políticos-revolucionarios. Por debajo de ellos, los fanáticos, la juventud desesperada. Más abajo, los activistas. Después, los que se solidarizan con ellos, sobre todo la intelectualidad y el mundo estudiantil. Y en la parte de abajo de la pirámide, las grandes masas de las capas con menos recursos. Éstos todavía no se han involucrado en la protesta. ¿Por qué los líderes de la oposición llaman a los actos que organizan con el nombre de “Marcha de los millones”?  Porqué su objetivo es el millón.

 

¿Qué razones ve para qué tal masa de gente salga a la calle?

 

De momento hay pocas. Pero esto no significa que los que protestan no son capaces de atraer a las capas bajas. Bajo unas determinadas circunstancias lo podrían hacer. Entonces la situación será realmente peligrosa. Una masa irracional y espontánea. Pero se tratará de una espontaneidad dirigible porque tiene líderes ideológicos. Para las acciones radicales hace falta una estructura, unidades de combate, dinero, medios de comunicación y una red. Todo esto hasta cierto punto ya existe. Lo único que no hay es el detonante.

 

Si de repente alguien quisiera acción, el poder tiene medios mucho más potentes para interceptarla.

 

El poder siempre tiene más fuerza y medios. Pero entonces no podría haber ni una revolución pero sí que tienen lugar. En el propio poder se forman unas grietas, que se hacen más profundas por la influencia de la calle, y después dinamitan la situación. En realidad, ya hay esas grietas. Veo indicios de insubordinación en el sistema del poder y la fragmentación de las élites.

 

¿Dónde tiene lugar la fragmentación?

 

Durante su presidencia,  Dmitri Medvédev empezó a rejuvenecer la élite. A pesar de que la edad de la élite putiniana se ajusta a las media de los estándares mundiales, 54 años, los que fueron nombrados por Medvédev en el servicio estatal tienen una media 15 años más joven que sus antecesores.

 

La generación joven empezó a respirar a espaldas de aquellos a quiénes sustituían. Esto no podía no irritar a una parte de la clase política. Empezó una ruptura generacional. Empezaron a aparecer grietas a nivel del aparato estatal.

 

A continuación, la reforma política relacionada con el retorno de las elecciones de los gobernadores.  El sistema ya no puede garantizar la victoria a los leales. Y como es así, cambia también el acuerdo en la propia élite: lealtad a cambio de garantías. Esto significa que en nuestro sistema político han empezado a producirse cambios tectónicos. 

De momento en la mayoría de veces se dan pasos dirigidos a “aplastar y prevenir”.

 

Es indispensable tranquilizar a la gente. Un líder fuerte devolverá la seguridad a la élite. Castigará a unos, apoyará a otros y ayudará a unos terceros. Las fuerzas de seguridad saben cómo hay que luchar con los elementos radicales. Pero el interrogante continua siendo “¿y después qué?”. Los problemas que han provocado las protestas siguen. Hay que llegar a tiempo para modernizar el sistema, hacerlo flexible para que pueda reaccionar a los desafíos. Queda poco tiempo. De lo contrario tendrá lugar una explosión social.

 

Olga Krishtanóvskaya, jefa del Centro de estudios de la élite en el Instituto de sociología de la Academia de Ciencias de Rusia. Profesora honoraria en la universidad de Glasgow, doctora en ciencias sociológicas, autora del libro “Anatomía de la élite rusa”.

 

Artículo publicado originalmente en ruso en Moskóvskie Nóvosti