Lovózero, isla de Kurga. Pinos de diez metros que crujiendo arañan el cielo con sus hojas. El cenagal poco profundo deja paso a las rocas y a las costas de arena. Al lado del viejo embarcadero hay una pequeña cabaña de madera entre los fragantes arbustos de vaccinieo y zarzamora. No muy lejos, entre las olas, una barca de pescadores se balancea. Aquí está, el fin del mundo.

A lo lejos se econde entre la niebla matutina la pequeña isla de Jolma. Tras ella, las islas Cherny y Kobrasuol. En el territorio de Lovózero hay 114 islas de distintas dimensiones y cada una de ellas es como el final del mundo. La isla más grande de todas es Kurga, que tiene sus propios lagos en los que también hay pequeñas islas, y se extiende a lo largo de 7 kilómetros.


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Lovózero y Seidózero, situadas en el mismísimo centro de la Península de Kola, desde hace unos cuantos siglos son considerados sitios sagrados para la población lapona. Según la leyenda los seidi, o sitios destinados a la adoración, que han inundado las orillas de los lagos de Kola,  guardan misterios ajenos y no se pueden devastar bajo ningún concepto.

Los locales continuan llevándoles ofrendas y sacrificios. La roca Kuivchorr, o más conocida simplemente por el nombre Kuiva, es el principal seid de los lapones de la península de Kola. En la pared de la roca se divisa el rastro oscuro de una figura humana de varios metros.

“Se trata de Kuiva-noid, el chamán que secuestró a una hermosa chica lapona. Y  Seidozero son las lágrimas de ella”,cuenta el guía Stepan, mientras juguetea con un racimo de grosellas rojas en la mano.

Kuiva es el protagonista de las leyendas laponas y aparece en las formas más diversas. Chamán, hechicero malo que ha perdido las fuerzas, héroe y defensor, quienquiera que sea, la roca con su figura continua siendo sagrada para la población local. Su superficie está cubierta por numerosas grietas, que forman una especie de figura humana.

A pesar de que Lovózero y Seiózero se encuentran más allá del Círculo polar la tundra se sumerge en los olores de las moras maduras y grosellas rojas, dulces como las bayas de las regiones del sur del país. El clima subártico aquí está suavizado por las corrientes cálidas del golfo, la noche polar dura 44 días y el día polar, 61.

La recolección de bayas, la pesca, la cría de renos y la caza son las principales ocupaciones de los habitantes del pueblo lapón de Lovózero, fundado a finales del siglo XVI. En el pasado llevaban una vida nómada con sus rebaños por los amplios espacios de Finlandia y Noruega pero la consolidación de las fronteras estatales les hizo sedentarizarse.

Durante 65 años en las orillas del lago funcionaba la primera estación en Rusia que se dedicaba a estudiar las auroras boreales. El actual Lovózero, 'la capital de la Laponia rusa' está formado por construcciones soviéticas y un pequeño poblado de dachas al que los locales en broma se refieren con el nombre de París.

Las casas de ladrillos, sueltas y aisladas, se sumergen en la niebla blanquecina como si cada una de ellas se encontrara en el fin del mundo, y tras la niebla no hubiera nada. Por una calle estrecha de asfalto estropeado un joven rubio con unas botas de piel de reno camina lentamente. La figura de espaldas anchas entrecorta el humo blanquecino.

Para los lapones el reno continúa siendo su animal principal: su carne es la comida principal de la población local, con la piel hacen cálidos vestidos, zapatos y bolsas, los cuernos los utilizan para hacer souvenires y también medios curativos pertenecientes a la medicina popular. La principal empresa del pueblo es la cooperativa de cría de renos 'Tundra' que organiza excursiones por sus dependencias para los visitantes.

Sacrifican a los renos en invierno, de diciembre a febrero (los vegetarianos en el norte lo tienen mal) que es cuando se puede probar la stroganina fresca. Precisamente desde aquí empiezan las excursiones por los lugares turísticos populares como Seidozeru, las Tundras Lovózerskie y los descensos por los ríos Kurga, Sara y Tsara. 

Se puede llegar a Lovózero en avión desde Moscú a Múrmansk (aproximadamente unos 300 euros ida y vuelta). Después hay que recorrer 190 kilómetros en autobús o taxi, el precio medio del recorrido en coche  es de 70-100 euros. 

El gran interés por estos sitios se explica no solo por su maravillosa ecología sino también por la próspera cultura nacional y por los monumentos naturales únicos. La Península de Kola todavía es visitada por los 'Cazadores de la Hiperbórea', el país legendario cantado en la literatura griega antigua y especialmente amado por escritores de literatura fantástica.

“Aquí, dicen, antiguamente vivían los Hiperbóreos, que eran algo así como los de la Atlántida. Han venido científicos e investigadores. Hay gente que lo pone en duda pero hay otros que se lo creen. Se lo diré así: yo también soy Hiperbóreo, sonríe contento el pescador Appolinai, que descansa en su barca en la orilla de arena, - Aquí todos somos Hiperbóreos...”

Hiperbórea, junto con la Atlántida, Lemuría y Pacifía, es uno de los hipotéticos continentes que se hundió en las aguas del océano mundial durante el choque de las placas litosféricas. Seidozero se considera el centro de la civilización Hiperbórea de la era preglacial y los lapones, los descendientes de los hiperbóreos y los que conservan sus conocimientos. En el fondo del lago y en las montañas se continúan encontrando restos de construcciones y santuarios de la antigüedad de origen desconocido.

En la ciencia histórica el mito de los hiperbóreos se considera un caso típico de las culturas antiguas que se imaginaban de forma utópica los pueblos lejanos, y no se toma en serio.

Un lugar lleno de curanderos

Las ranas croan en los juncos. A lo lejos, al otro lado del lago, se divisan las llamitas de las barcas de pescadores. Si se navega hacia el norte, quierocreer, que se llega hasta Hiperbórea. Llevamos en la sangre el creer en lo que no está demostrado. Tiempos atrás en la Península de Kola el chamanismo era muy importante, ahora la mayoría de lapones son ortodoxos pero muestran un respeto especial a los curanderos.

“Intentaron levantar una iglesia ortodoxa dos veces pero tras varios accidentes  detuvieron la construcción, la tierra se opone a ella”, cuenta Antonina Ivanovna mientras remueve pensativamente el caldo de carne de una marmita, apartando los mosquitos y tábanos.

Yavv, el caldo condimentado con harina de centeno y cebolla, es el plato nacional lapón que se sirve con bayas congeladas. “Aquí los sitios son santos, buenos, - continúa Antonina, - en verano la gente viene a meditar en las islas. Montan sus tiendas y se quedan hasta los primeros fríos, este tipo de visitantes nos gustan”. El único tipo de transporte hasta Lovózero y Seidozero es la moto de agua. El precio medio del viaje desde la isla hasta el continente es de 1.500 rublos, unos 37 euros.

Lovózero, a las orillas del río Birma, es el mismo extremo de las tierras habitadas. Más lejos solo hay tundra, pantano, incontables océanos y campamentos de los criadores de renos. El final del mundo está precisamente aquí, esto lo confirma la geografía y también la leyendas populares. Y si también existe en alguna otra parte, por mucho que se insista, las leyendas laponas lo desconocen.