“Encontrarás el centro cultural donde acaba el asfalto”. Éstas fueron las indicaciones que me facilitaron en Nikolski para encontrar el escenario del festival. En verdad, el pavimento estaba más o menos intacto cerca del centro cultural, aunque las casas de enfrente debían de llevar tapiadas mucho tiempo.

 


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Los residentes del pueblo no suman en total cincuenta. Los más viejos van muriendo, mientras que los jóvenes se mudan a zonas donde pueden encontrar trabajo, tiendas, escuelas, hospitales, gaseoductos y cobertura de telefonía móvil: todo de lo que carece Nikolski. El público del festival estuvo formado por gente que venía de los pueblos vecinos y de personas criadas en aquella tierra. Los teatros de aficionados de la región de Vorónezh aportaron grupos de apoyo al festival, en gran medida integrados por jóvenes.

 

Los espectadores de más edad, vestidos con chaquetas y chales, tomaron asiento desde primera hora de la mañana. Antes de que se levantara el telón tuvieron tiempo de conversar sobre amigos comunes y la cosecha de pepino. Un hombre con una sola pierna se acercó cojeando.

Konstantín Stanislavski visitó Nikolski en 1901 y, tras ver un par de espectáculos, se quedó fascinado ante la energía y naturalidad que desplegaban los actores y el público. En Nikolski, el amor de los lugareños por el teatro ha permanecido intacto hasta el día de hoy.

Lo que más valoró el público fue la puesta en escena de los poemas de Kolia Shaluganov, un pobre y desdichado huérfano local que, a mediados del siglo pasado, murió en un hospital. Enterrado por extraños, bajo su almohada encontraron un cuaderno lleno de anotaciones. Sus poemas fueron publicados años más tarde: el único golpe de buena suerte de Kolia.

 

Sobre las tablas se alternaba la recitación de los poemas con la interpretación de canciones populares, coplas humorísticas y conversaciones cotidianas. Mientras ‘Kolia’ declamaba en primera línea, las mujeres en el fondo del escenario se enjugaban las lágrimas, movidas por la compasión. “¡Juré que no lloraría cuando le cantara la canción de cuna!”, confesó la ‘madre’ de Kolia, Valentina Barlukova.

 

Los actores del Teatro Nikolski siguen al pie de la letra el método Stanislavski:  no se limitan a representar sino que viven la vida de los personajes. Junto a ellos, la viven también los espectadores. Cuando las actrices cantaron la famosa canción Oscura es la noche de una película soviética, todo el público las acompañó.

 

El hombre que interpretaba al tractorista borracho parecía tan convincente que resultaba difícil creer que se tratara realmente de una actuación. “Aliosha es un tipo excepcional”, declaró la directora Svetlana Sukocheva. “Lo quiero y lo protejo. Cuando bebe, todo el mundo me lo reprocha. Pero ¿qué más da si bebe más de la cuenta?”

 

Muchos espectadores del festival también subieron al escenario en algún momento. En Nikolski, hay un artista en cada familia. Después de todo, como en otros pueblos, el centro cultural ha sido siempre el lugar de reunión.

 

Desde 1994, el festival de Nikolski se celebra cada dos años. El día de la inauguración se ha convertido en una tradición recordar a los Sokolov: intelectuales a quienes los lugareños deben su amor por el teatro. Todavía siguen en pie las casas que la familia construyó para sustituir a las isbas quemadas. La finca de los Sokolov acoge ahora un museo, donde se exhiben objetos auténticos de la familia, como un cuadro de Vasnetsov, un retrato de Chéjov con su firma y fotografías con Stanislavski. 

El festival “Encuentros teatrales en Nikolski” se celebra cada dos años durante el primer fin de semana de septiembre. En el pueblo no hay hoteles, así que se puede hacer noche en Vorónezh, que queda a una hora. También se puede probar suerte y pedir alojamiento a alguno de los vecinos. Por lo general, el programa del festival no se anuncia en Internet.

También se conserva ropa y utensilios de los campesinos a quienes los Sokolov enseñaban y curaban. Y, por supuesto, en el museo también se muestran los vestidos confeccionados para los espectáculos teatrales.

 

Algunos años atrás, parecía que el teatro de aficionados daba sus últimos coletazos en Rusia. En la Unión Soviética, los grupos amateur salían a menudo de gira y disfrutaban de un gran apoyo por parte del gobierno, pero luego los actores y el público comenzaron a envejecer.

 

En la región de Vorónezh, no obstante, sobrevivieron los mejores teatros populares. Entre los actores figuran empleados de centros culturales y de instituciones sociales, contables y vendedores, jubilados y estudiantes. Para ellos, como para la profesora Valentina Barlukova, del pueblo de Vishniovka, el teatro supone una válvula de escape.

 

“Me asignaron un papel en la obra de una amiga, que se había ido a trabajar a Moscú. Antes, toda mi vida discurría entre el trabajo y la casa. Pero ahora voy a los ensayos y tengo una visión diferente del mundo”, dice la profesora. 

Muchas jóvenes del pueblo y de ciudades pequeñas quieren convertirse en actrices, pero saben que es difícil ganarse la vida de esta manera. Por eso, actúan en su tiempo libre. Los habitantes también disfrutan asistiendo a los espectáculos, puesto que sería casi imposible convencer a compañías de teatro profesionales de que vinieran a actuar a este lugar remoto.

 

Los teatros campesinos

 

El primer teatro para campesinos de Rusia fue fundado en 1896 por el matrimonio Sokolov: la hermana de Stanislavski, Zinaída, y su marido, Konstantín, un famoso médico. Inspirados por las ideas de Lev Tolstói, se mudaron a vivir de Moscú a Nikolski “para dar la posibilidad, al menos a un pueblo, de vivir una vida dotada de sentido”. Atendieron a los campesinos enfermos y abrieron una escuela para los niños del pueblo.

 

A los Sokolov les gustaba actuar en representaciones privadas, que entusiasmaban a los campesinos. Representaron obras de Ostrovski y Chéjov. Ensayaban y actuaban en graneros.

 

Para obtener más información se puede llamar al Centro Regional de Arte Popular.