La fisonomía que conocemos de la Perspectiva Nevski, bautizada con este nombre en 1783, se fijó a principios del siglo XX uniendo seis plazas: la del Palacio, la de Kazán, la de las Artes, la de Ostrovski, la de Vosstanie y la de Aleksandr Nevski.

 

Pero ya desde sus orígenes, en los que iba creciendo por tramos independientes en virtud de cada edicto, se convirtió en un espacio donde se ensayaba lo que sería la ciudad de la modernidad, aquella donde primaba la velocidad y la fragmentación. Y ocurrió mucho antes que la transformación de París, a cargo de Haussmann, y menos traumática.

 

Pasear por Nevski no encuentra, todavía hoy, parangón. Territorio para observar y ser observado, capturar al vuelo fragmentos de los transeúntes y de las fachadas, y vivir lo que Baudelaire describió como la alegría inmensa de establecer nuestra morada en el corazón de la multitud, entre el flujo y el reflujo del movimiento, en medio de lo fugitivo y lo infinito. En Nevski, además, todo ello se resuelve en una extraña mezcla de realidad y ficción.

 

En una ciudad donde el poder emanaba con tanta virulencia de la figura del zar, la Nevski era un espacio de libertad donde se mezclaban indistintamente todas las capas sociales. Era, para muchos, la promesa de un nuevo mundo que debía entrar en tromba por este paseo físico y mental sin meandros, directo como la trayectoria de una flecha. Sus generosas proporciones de longitud y anchura, así como la aparición del alumbrado eléctrico, que añadió una nueva dimensión perceptiva de la ciudad, regalaban la vista de los transeúntes con los mejores y más exquisitos artículos europeos y nacionales.

 

 Como describió el filósofo y escritor Marshall Berman: “la calle reunía a los ciudadanos, los hacía girar en una vorágine y les dejaba que hicieran con sus experiencias y encuentros lo que pudieran. A los habitantes de San Petersburgo les gustaba la Nevski, y la mitificaban inagotablemente, porque abría para ellos, en el corazón de un país subdesarrollado, la perspectiva de todas las deslumbrantes promesas del mundo moderno”.

 

¿De qué manera puede representarse mejor una avenida tan extensa como la Nevski, en una ciudad donde predominan las líneas horizontales sobre las verticales? Sin duda, mediante el panorama. Durante todo el verano, el Museo Estatal de Historia acogió la exposición ‘La línea del horizonte: Panoramas de San Petersburgo de los siglos XVIII-XXI’. El apaisado ha sido el género pictórico por antonomasia de la ciudad de Pedro el Grande, pues la arquitectura siempre ha estado regulada al milímetro con el firme propósito de mantener la uniformidad en las fachadas y en el horizonte.

 

De entre todas estas obras de representación de la ciudad, la más famosa es ‘Panorama de San Petersburgo’ de Vasili Sadóvnikov, que todavía hoy se puede comprar en formato libro. Es una reproducción exacta de la Nevski de la década de 1830 en la que, en lugar de un punto elevado o la vista de pájaro, se escoge la cota de quien pasea por la avenida y mira al otro lado de la calle. La longitud total del panorama es de 16 metros de largo por 15 centímetros de alto. Un rasgo que lo hace aún más peculiar es que Sadóvnikov no era un profesional del arte, sino siervo de la princesa Natalia Petrovna Golitsina, prototipo del personaje femenino principal de ‘La dama de picas’.

 

El proyecto requirió de cinco años de trabajo y constituyó su obra cumbre. Gracias a la distribución de sus litografías por parte del emprendedor Andréi Mijáilovich Prévost, su panorama se hizo famoso en toda Rusia y sirvió tanto como de decoración de interiores como de regalo personal. El propio Gógol envió a su madre una litografía de Sadóvnikov, a modo de obsequio, en 1836.

 

 Para este artículo se ha realizado una serie de fotografías panorámicas que emulan, casi dos siglos después, las acuarelas de Sadóvnikov. En esta galería de imágenes se ha escogido sólo una pequeña representación de los edificios más emblemáticos de la Perspectiva Nevski, como la Casa Singer, Gostini Dvor o el restaurante Palkin. La serie empieza por el espacio arquitectónico más conocido de la ciudad, la Plaza del Palacio, para luego detenernos en distintos puntos de la Perspectiva, como un paseante más que, como escribió Gógol, se ha olvidado de sus asuntos importantes “nada más poner un pie en la calle” y se detiene a contemplar.