Con una media de sesenta profesionales, el cuerpo de baile de un ballet ruso es inmenso. Si a esta cifra le sumamos la orquesta y los técnicos, el número supera con creces el centenar. Sin embargo, compañías como el Bolshói, no llevan de gira a sus 2.000 profesionales habituales.

 Ésta es una de las razones por las que el género del ballet es tan caro. “Si el teatro está lleno, necesito una gira de tres o cuatro semanas para que sea rentable”. Según cálculos de Tatiana Solovieva, los ingresos de la primera semana amortizan los gastos de publicidad y promoción. Los de la segunda, los del viaje, visados,… “A partir de la tercera y cuarta semana, hablamos de ingresos para la compañía y para mí, pero si estos gastos no salen de la taquilla, los tengo que pagar yo misma”, estima.  Por su parte, Liubov Serédina, agente de teatro de Glinka Concert, habla de, como mínimo, seis actuaciones para que la gira sea rentable.

Y es que la filosofía económica de ambas productoras es muy diferente, aunque las dos son partícipes del 'Quien no arriesga, no gana'. La empresa de Serédina trabaja normalmente a caché, lo que supone un lujo en los tiempos actuales de crisis económica y cultural.

“Cada vez que financio una gira, tengo que hacer un desembolso muy fuerte. Podemos hablar de hasta 100.000 euros”. Con ese dinero, su productora tiene que pagar, con un mes de antelación, el total del caché en la cuenta del ballet, los billetes de avión, el tráiler donde trasportan los decorados, los hoteles, de cuatro o cinco estrellas,… 

“Yo cobro después de las actuaciones y hay muchos riesgos en juego ya que, por ejemplo, puede haber problemas con los visados, lo que provocaría que algunos bailarines se queden fuera”, comenta.

La promoción y distribución de espectáculos es la base de su trabajo pero esta sencilla descripción engloba mucho más. Tatiana Solovieva lo detalla así. “Mi labor es tener la idea, pensar qué espectáculo hace falta y puede tener público en España”.

Conocer compañías de alto nivel, que se puedan exhibir en nuestro país, organizar el material de la promoción, coordinar la gira, tener los visados y cuando ya está todo anunciado y controlado, llenar el teatro. “Cuando la compañía de ballet llega a España, los acompaño desde el principio hasta el final”, declara Solovieva.

El Ballet Clásico de Moscú en El lago de los cisnes. Fuente: Tatiana Solovieva Producciones.

Lo más complicado de su labor es luchar contra la mala fama. “Yo traigo compañías presidenciales como el Ballet Kremlin, que son la tarjeta de presentación del Gobierno. Son grupos que no van a cualquier sitio”, apunta Serédina.

 El problema está en convencer al público de cuál es el espectáculo que tienen que ver. “Hay compañías que ponen como solistas a bailarines de cuarto nivel. Eso empequeñece el espectáculo”, comenta Solovieva. Sin embargo, tras veinte años de esfuerzo y de trabajo con programadores, el nombre de estas dos agentes de teatro es reconocido y supone una garantía de calidad. Desde Glinka Concert lo tienen claro. “El Ministerio de Cultura estudia mis propuestas porque son mías. Eso es un lujo”.

El próximo 11 de diciembre, el Ballet Imperial ruso plantará sus puntas sobre el escenario madrileño del Teatro Nuevo Alcalá para dar vida a la historia de 'La bella durmiente'. En Navidad, también resonará 'El Cascanueces' y 'El lago de los cisnes'.

La otra cara de la moneda, la ponen los programadores que como, Enrique Salaberría, propietario del teatro anteriormente citado, proyecta este tipo de espectáculos. “Madrid es la capital europea que más días programa ballet clásico, llegando a las cuatro semanas”, declara. Lo negativo de todo esto, es que sólo funcionan cuatro títulos. “He intentado traer espectáculos geniales pero desconocidos para el público español y no han tenido el mismo éxito”, añade Solovieva.  

La sensibilidad del espectador ruso

“Lo especial del ballet ruso es la estética, la sensibilidad y el refinamiento, la capacidad de expresar a través de la gestualidad.  Una tenacidad que se valora mucho”, describe Salaberría, quien añade que en España se ha creado un soporte de audiencia para el ballet. “En los años 80 y 90, hubo un importante gusto por este arte en una generación, que ha trascendido de padres a hijos”. Tatiana Solovieva no lo tiene tan claro. “Hay que animar mucho a los españoles para que vayan a ver estos espectáculos”.

El perfil del espectador español se resume en dos vertientes. Jubilados y jóvenes alumnos de escuelas coreográficas. Normalmente, es un público adicto al ballet que no suele ir por casualidad. Algo muy diferente al espectador ruso.

Serédina nos narra una historia de su infancia en Moscú que nos sirve como ejemplo. “Recuerdo como, cuando era pequeña, mi madre, después de cobrar la paga del mes, nos regalaba siempre un sobre con muchas entradas para los teatros. Íbamos a cualquier tipo de espectáculo. Nos educaron en los mejores principios culturales”.

En Rusia, el Kremlin Palace, con 6.000 butacas, suele estar lleno. Es muy difícil comprar una entrada para ver cualquier espectáculo de danza clásica. Tres meses antes de la fecha de estreno, las entradas ya están agotadas. No es de extrañar, ya que 250 años de historia de escuela rusa dan para mucho.

Y no son sólo bailarines los que triunfan. Decorados, vestuarios, compositores, un importante repertorio, versiones diferentes de una misma obra,… el apoyo de la aristocracia rusa a este arte desde principios del siglo XX impulsó el gran nombre que tiene en la actualidad. 

En esa época, el ballet no era popular fuera de la Unión Soviética. El resto del mundo decía que no podía ser un arte comercial, pero lo fue. Tanto que, como Solovieva comenta, el bailarín inglés Antón Dolín, cambió su apellido por uno ruso para ser igual de respetado que los profesionales autóctonos. Un ballet dramático que va más allá de la técnica, una danza humana transmisora de emociones. Detrás de cada movimiento hay un porqué. Éste es el lujo que podemos contemplar desde una butaca española.