El Servicio Federal para el Almacenamiento Seguro y Destrucción de Armas Químicas anunció que el próximo noviembre comenzará el proceso de destrucción de municiones de composición compleja. Aunque éstas constituyen una porción muy pequeña del total de las armas químicas que aún quedan en Rusia, su destrucción es un paso muy importante debido a la dificultad que presenta este proceso. No ha sido hasta hace poco que los científicos rusos alcanzaron la tecnología necesaria para garantizar que el mismo sea seguro, y además utilice tecnologías inocuas para el medio ambiente.

Si bien las armas químicas han sido utilizadas desde la Primera Guerra Mundial, en la década de los 90 la comunidad internacional reaccionó contra ellas, no sólo para evitar que se siguieran produciendo, sino para destruir los arsenales ya existentes. Esto se debió, en parte, a la finalización de la Guerra Fría. Sin embargo, el hecho que desencadenó la reacción de la mayoría de los países del mundo fue el atentado en el metro de Tokio en el año 1995, donde se utilizó gas sarín, causando la muerte de 13 personas y afectando a otros cientos.

 

Por ese motivo, apenas dos años después, en 1997, al ser firmada por casi todos los países del mundo, entró en vigor la Convención de Armas Químicas (CAQ). Este tratado estableció la prohibición del desarrollo, producción, almacenamiento y uso de las armas químicas. La convención define a las armas químicas como “Toda sustancia química que, por su acción química sobre los procesos vitales, pueda causar la muerte, la incapacidad temporal o lesiones permanentes a seres humanos o animales”. Las municiones o dispositivos destinados al lanzamiento de armas químicas también están contempladas dentro de la Convención.

 

En principio, el acuerdo preveía un plazo de 10 años para finalizar el proceso de desarme, pero luego fue postergado por cinco años, venciendo en abril de este año y siendo nuevamente prorrogado hasta 2015 al ver que los diferentes países no avanzan tan rápido como se esperaba. Sin embargo, Rusia se mantiene confiada en el cumplimiento de estos plazos. En el año 2009, logró la destrucción del 45% de su arsenal químico, cumpliendo con las expectativas propuestas a la Convención, y hoy sostiene sus planes para cumplir con la última etapa antes de finalizar el 2015.

 

En el caso de los Estados Unidos, si bien ya han destruido el 89% de las sustancias tóxicas que tenían en su poder, no planean su liquidación total antes del año 2021. Además de Rusia y Estados Unidos, otros cinco estados han declarado también la posesión de armas químicas ante la Convención: Irak, Libia, Albania, India y otro estado, que prefirió no revelar su identidad. Los últimos tres países ya han finalizado los procesos de destrucción de sus respectivos arsenales. 

 

 Según la Organización para la Prohibición de Armas Químicas (OPAQ), el número de países con capacidad de producción de armas químicas asciende a 13, aunque todas las instalaciones ya han sido desactivadas y en su mayoría también destruidas.

Sin embargo, no todo es tan positivo respecto al futuro de las armas químicas. Aún quedan algunos países que no han firmado la Convención por lo que no se ven obligados a declarar sus arsenales químicos, como por ejemplo Siria, Egipto o Corea del Norte, entre otros. Esto representa un grave peligro para la comunidad internacional, más aún teniendo en cuenta el rol geopolítico que juegan estos estados en la actualidad.

El caso de Siria se presenta como el de mayor relevancia en la agenda internacional hoy en día, debido a la crisis política que azota al país. A pesar de que no fue declarado ante la convención, Siria admitió poseer este tipo de armamentos. Se calcula que puede llegar a tratarse de gas mostaza y sarín. El riesgo no sólo es que el régimen de Bashar el Assad utilice estas armas contra los rebeldes, o que éstos últimos logren apoderarse de ellas y amenazar con su utilización, sino que debido a la falta de control sobre las mismas, éstas caigan en manos de organizaciones terroristas como Al-Qaeda o Hezbolla.