Yeroféiev ha pasado por Barcelona, donde afortunadamente sí que ha podido exponer las obras ganadoras del premio Kandinski. En el centro de arte Santa Mónica, que es donde se puede ver la exposición 'En un desorden absoluto' hasta el 29 de septiembre, el especialista ha recibido a Rusia Hoy. Aquí se reproducen algunos fragmentos de la conversación, comenzando por el pintor que da nombre al premio.

“Kandinski y Malévich fueron menospreciados y prohibidos. Durante 25 años, no se podía hablar de ellos (…), pero después de la muerte de Stalin, empezaron a darse unos pasos muy interesantes. Se empezó a crear en la trastienda. Aunque no se podía mostrar en público, aparece un arte crítico, de análisis, con una mirada específica, escénica, individual, crítica e irónica”.

“Entonces llegó la perestroika y podías hacer cualquier cosa. Hicimos exposiciones de arte contemporáneo en museos sin problemas. Fue un periodo de mucha libertad, más o menos, de los años 80 hasta 2006. Después de Yeltsin, con Putin, llegaron las primeras prohibiciones”.

Una obra de las que se pueden ver en la exposición "En un desorden absoluto". Fuente: Blue Noses.

¿Cómo trabajan los artistas actualmente?¿Y cómo se relacionan con su entorno?

Hay una analogía entre los artistas y el mundo en el que viven (…) Y hay que encontrar alguna forma de adaptación a esta realidad. No cerrar los ojos; no construir un tipo de arte que se inspire en la civilización norteamericana, sino en nuestra realidad y hay que verla; no hay que asustarse, no hay que decir que es un horror, una pesadilla, aunque lo sea. Hay que analizar esa pesadilla con ojos propios.

Esa pesadilla se sitúa en un nivel del mundo material ruso, que se cae, se rompe, y en las catástrofes y en los conflictos sociales. También hay un nivel espiritual, ideológico que trata de dar respuesta a la crisis, a los cambios, a las transformaciones. Estos niveles no excluyen una mirada positiva de cosas que se generan en este caos.

Los artistas, a diferencia de las personas de a pie y de los políticos, no caen en el pánico, no huyen de esta realidad, sino que están preparados para trabajar con todo esto y crear un trabajo interior con esa desintegración, ese caos, esa mezcla que pasa por delante de los ojos del artista.

Pero si esta mirada artística es tan intrínsicamente rusa ¿entenderá el público no ruso esta exposición?

Creo que es al revés. Los rusos no están muy acostumbrados al arte contemporáneo porque durante mucho tiempo se ha considerado un formalismo burgués, algo de lo que reírse y la situación, en verdad, no ha cambiado. Las jóvenes generaciones miran el arte contemporáneo pero no lo saben ver. Claro que hay un público formado, una intelectualidad, estudiantes que van a las exposiciones… Pero en general los rusos no están preparados para este arte. Y el poder está con estos espectadores y no ven en este arte estética sino gamberrismo, una deformidad, una provocación, no lo consideran cultura, sino basura. 

¿Por eso no le permiten organizar exposiciones en su país?

Ahora tenemos muchos problemas con esto, con la actitud de las autoridades, pero aunque no existieran estos impedimentos, el público ruso no está preparado para entender este arte. Porque las instituciones que deberían prepararlo, como la escuela, la universidad o los museos no trabajan en ello. De alguna manera, hemos vuelto al modelo soviético (…).El divorcio entre arte y poder, entre arte y sociedad es un grave problema y no sólo estético, también de reflexión, del interior del artista. Esa reflexión le puede conllevar serios problemas al artista”.

¿Es el arte peligroso?

Lo es. En Rusia siempre ha sido peligroso. Después de la época Gorbachov y Yeltsin, emergieron unas artes plásticas muy ingeniosas, más incluso que la literatura y se convirtió en algo muy peligroso. Porque el arte enseña las cosas como en un cuadro (…). Por ejemplo, Limónov es escritor. Escribe libros, organiza manifestaciones… pero para entender su mensaje, hay que leer un libro, seguir el discurso. Comparemos esto con el gran falo que el Grupo Voiná  construyó delante del KGB en San Petersburgo. El mensaje es evidente, claro, todo el mundo lo entiende. Además, se difundió por internet y corrió como la pólvora.

Más información en este vídeo de Arts Santa Mònica (en francés).