A pesar del relativo desconocimiento mutuo, la semejanza en forma de ser y costumbres entre rusos y españoles es francamente asombrosa y, desde luego, mucho mayor de la que existe con los pueblos de origen germánico del norte de Europa. Cuando se celebra el 40 aniversario de la normalización de relaciones entre Moscú y Madrid, es momento de hacer balance de lo que se ha logrado hasta ahora y de evaluar hacia dónde puede evolucionar la relación, ya que hoy en día los intercambios y la cooperación en todos los ámbitos están muy por debajo de su potencial

Una nueva era en las relaciones diplomáticas Rusia-España

En el plano político, ambos Estados vivieron una transición desde regímenes que privan las libertades hacia sistemas democráticos, sustentados en sus respectivas Constituciones (la española de 1978 y la rusa de 1993). Sin embargo, los procesos fueron muy distintos. En el caso de España, y a pesar del permanente desafío del terrorismo de ETA, la transición política se saldó con un notable éxito, sustentado parcialmente en la incorporación a las principales organizaciones euroatlánticas: la OTAN en el año 1982, y la Unión Europea en 1986. Además, la economía libre de mercado estaba más que consolidada tras las políticas desarrollistas de los años 60, por lo que la transición no se vio dificultada por una transición económica paralela, y los fondos estructurales procedentes de la UE contribuyeron a un gran desarrollo socioeconómico. 

Por el contrario, la desaparición de la Unión Soviética en 1991 dio paso a un proceso de transición mucho más caótico que el español. La Rusia de 1992 había perdido cinco millones de km2 y 150 millones de habitantes con respecto a la URSS. Además, su frontera occidental había retrocedido a la del siglo XVI, y 20 millones de rusos étnicos pasaron a residir en Estados denominados “extranjeros”, mientras que en el interior comenzó el conflicto separatista de Chechenia.

Además, en el caso de Rusia se produjo un cambio radical en el sistema socioeconómico, al suprimirse la economía planificada del comunismo. Las reformas se hicieron conforme a la llamada 'terapia de choque', medidas radicales diseñadas en Washington. Esto provocó lo que el vicepresidente Rutskoi denominó 'genocidio económico': una gran parte de la población se sumió en la pobreza a la vez que pusieron en manos de unos pocos oligarcas los recursos del Estado. La grave crisis financiera de 1998 fue el triste epílogo a la presidencia de Borís Yeltsin, que dejó a Rusia al borde del colapso.

Rusia y España en el nuevo siglo

Como resulta evidente, a día de hoy la situación es muy distinta. El crecimiento económico de España, sustentado en el auge de la construcción, la llamada “burbuja inmobiliaria”, ha llegado a su fin, arrastrado por la crisis financiera internacional que comenzó en 2007. El país está adoptando duras reformas que eviten su caída y las posibles repercusiones para la zona euro. Por su parte, bajo la primera presidencia de Vladímir Putin, Rusia recuperó el control de los sectores estratégicos de su economía y, aprovechando el incremento de los precios de los hidrocarburos, creció a una media del 8% anual, lo que a su vez le permitió recuperar el estatus de gran potencia y ejercer un importante papel en el nuevo mundo globalizado.

Sin embargo, Rusia tiene pendiente la definitiva modernización de su economía, ya que sigue dependiendo en exceso de la exportación de hidrocarburos, y muchas de sus infraestructuras (energéticas, de transporte, de comunicaciones) siguen sin ser actualizadas desde la época soviética, algo de lo que las autoridades de Moscú son plenamente conscientes y que les ha llevado a impulsar iniciativas como el 'Centro de Innovación de Skolkovo' o la “Asociación para la Modernización” con la UE en 2009.

Frente a los que promueven en Moscú el fortalecimiento de su dimensión oriental, incrementando las relaciones con China (lo que podría acabar con Rusia como mero suministrador de materias primas al gigante asiático), parece más razonable el potenciar la relación complementaria con la UE, que puede proporcionar el know-how y la tecnología necesarios para esa definitiva modernización. Es en ese ámbito en el que España podría desempeñar un importante papel, con empresas como TALGO, que ha suscrito el pasado mes de enero un acuerdo con la compañía ferroviaria RZD para el desarrollo del prototipo de tren que circulará por Rusia en las próximas décadas.

El mismo camino están siguiendo las empresas del sector energético, ante la comprobación de la inseguridad jurídica y política de sus zonas tradicionales de inversión (Iberoamérica y el Norte de África). Por ejemplo, Repsol adquirió en 2006 el 10% de 'West Siberian Resources' y en diciembre de 2011 constituyó la sociedad AROG con la 'Alliance Oil Company'. Además, ha comprado el 100% de “Eurotek” y sus derechos de exploración de nuevos yacimientos en Siberia. En el sentido inverso, en 2008 la desmesurada reacción de algunos sectores abortó la intención de Lukoil de entrar en el capital de Repsol, reacción que, por cierto, no se produjo cuando un fondo de Abu Dhabi se hizo con el 100% de Cepsa.

La aportación de Rusia y España al mundo global

En resumen, las bases de la relación bilateral fueron perfectamente establecidas en la “Declaración de Asociación Estratégica” de mayo de 2009, que abarca todos los campos posibles de colaboración (política, economía y comercio, defensa, ciencia y tecnología, educación y cultura, y sociedad civil), y sólo en el futuro puede crecer, ya que prácticamente parte de cero. A ello contribuiría, sin duda, un régimen de visados más flexible, que permitiese que un número mayor de rusos visiten el que ya es, tras Turquía, su destino preferido: los turistas rusos en España ya alcanzan el medio millón anual.

Pero además Rusia y España pueden aportar a la comunidad internacional una visión del mundo muy similar, basada en los valores comunes de la civilización europea. Así por ejemplo, ambos países abogan por el multilateralismo como modelo de desarrollo de unas relaciones internacionales justas. Como víctimas del terrorismo de ideología islamista radical, impulsaron la adopción de la 'Estrategia Global contra el Terrorismo' de la ONU en 2006; y ambos fomentan  la convivencia armónica de diversas culturas y confesiones, algo en lo que Rusia tiene una experiencia milenaria. No es de extrañar, por tanto, que España sea uno de los Estados miembros de la UE que más ha hecho por el refuerzo de las relaciones con Rusia, frente a las posiciones obstruccionistas de algunos países del Este de Europa.

Por todo ello, sería deseable aprovechar la inercia del 'Año Dual'  celebrado en 2011 para consolidar las relaciones en beneficio mutuo, entre dos pueblos tan lejanos en distancia pero tan próximos en percepción del mundo e intereses, como se ha venido comprobando desde que en 1667 el Zar Alexis I envió su primera embajada a Madrid. El marco jurídico para ello ya está más que definido, con más de 70 documentos suscritos por ambos países, pero son necesarias muchas más iniciativas concretas, tanto a nivel gubernamental como en la sociedad civil.