Los oficiales nacionalistas que dirigían los regímenes se llevaban perfectamente tanto con Washington como con Moscú. El Kremlin prohibió categóricamente a la prensa soviética escribir sobre la represión contra los comunistas en estos países y cambiaba armas por influencia en la región. Los EE UU, en nombre de la estabilidad en la principal región petrolera del mundo, sigue también haciendo la vista gorda hasta el día de hoy, mientras degüellan a su "vaca sagrada", los derechos humanos.

La alternativa a los oficiales eran las organizaciones políticas islámicas. Una alternativa real como mostraron los acontecimientos de la revolución iraní de 1979, cuando en lugar del régimen autoritario del Shah llegaron los ayatolás. El islám político ya mostró entonces su vitalidad. Por eso los regímenes de los oficiales de Oriente Próximo eran tan implacables con los islamistas.

Actualmente la situación es diametralmente opuesta. En Egipto, el país más importante del mundo árabe, los islamistas moderados han dejado su celda en la cárcel al antiguo presidente Hosni Mubarak. El líder libio Muamar el Gadafi cayó víctima de un linchamiento. El presidente de Túnez, Ben Ali fue juzgado en rebeldía. El presidente de Yemen, Ali Abdalá Saleh, que sobrevivió de milagro a un atentado, se ha ido a EE UU. En estos países, al igual que en los demás estados con comunidades musulmanas, desde el Atlántico al Pacífico, han tenido lugar serias protestas antiamericanas.

Rusia, a diferencia de los tiempos soviéticos, no está inclinada a apuntarse la situación a su favor, como sucedía en los tiempos de los 'juegos de suma cero'. Tiene sus propios intereses. En febrero de este año en un artículo de antes de las elecciones dedicado a la política exterior, Vladímir Putin escribió: "En Rusia siempre hemos tenido buenos contactos con los representantes moderados del islám cuyos puntos de vista son cercanos a las tradiciones de los musulmanes rusos. Y estamos dispuestos a desarrollar estos contactos en las actuales condiciones. Estamos interesados en activar las relaciones políticas, comerciales y económicas con todos los países árabes, incluidos, repito, los que han sufrido directamente un periodo de convulsión interna".

Este es el mismo enfoque pragmático que Moscú, una vez liberada de los anteojos políticos y las ambiciones geopolíticas de la URSS, intenta utilizar en sus relaciones con el mundo exterior. Además de esto, en un país como Rusia, donde la comunidad musulmana tiene ya cientos de años y está concentrada en las regiones importantes del país, en el Volga y el Cáucaso, las buenas relaciones con el mundo islámico tienen una considerable importancia en la política interna.

Por lo que parece este enfoque ha encontrado respuesta. Ya en septiembre de 2011, el futuro presidente de Egipto, Mohamed Morsi, en una entrevista a RIA Novosti, dijo que quería ampliar la cooperación con Rusia, teniendo en cuenta su potencial económico y su peso en el ámbito internacional. La verdad es que los contactos reales de momento han sido pocos. Parece que el verdadero perfil de la cooperación entre la Federación rusa y Egipto se verá solo con el tiempo, una vez que se estabilice la situación interna del país. Al mismo tiempo las relaciones con otros países de Oriente Próximo, las monarquías del Golfo Pérsico, se han complicado claramente en el último año.

Estos estados no han pasado por un periodo de desintegración de las monarquías o los golpes de Estado. Las peculiaridades históricas y nacionales de los estados beduinos y la prosperidad económica construida sobre el petróleo, han afianzado estos regímenes absolutistas. Sin embargo también ellos se alarmaron por los vientos de la 'primavera árabe'.

El Consejo de cooperación para los países árabes del Golfo Pérsico (en el que se encuentran Bahrein, Katar, Kuwait, EAU, Omán y Arabia Saudí) intervino para acabar con la revolución en Bahrein. El Consejo apoyó decididamente a Ali Abdalá Saleh contra los insurgentes en Yemen, declararon su apoyo a Mubarak y a su régimen en Egipto y acogieron a Ben Ali cuando escapó de Túnez. Una posición muy conservadora.

En Siria sucedió otra cosa. Los países del Golfo apoyaron a la oposición siria y todo el mundo dice que no se trata solo de un apoyo moral y diplomático sino también material, ante todo apoyo financiero. La razón es que Siria, más concretamente el presidente del país Bashar Al-Assad, es el aliado más importante de Irán, el pretendiente al liderazgo en la región. El conflicto es una confrontación de dos ramas del islám: los sunitas que dominan los países del Golfo y los shiitas que ocupan las principales posiciones en Irán, Siria y ahora también en Irak.

Moscú está, por principio, en contra de utilizar una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU para cambiar al gobierno como sucedió en Libia.  Y es difícil que haya nada que la haga cambiar su postura. Y sin un mandato de la ONU es poco probable que nadie se decida a intervenir directamente o a aplicar las variantes blandas de la zona de exclusión de vuelo, el corredor de seguridad y demás. El enfrentamiento de intereses es evidente. Pero Rusia tiene ánimo conciliador.

En una entrevista en la televisión a primeros de septiembre Putin declaró: "Tenemos muy buenas relaciones, gracias a Dios, con el mundo árabe en general, pero no queremos involucrarnos en los conflictos internos islámicos, participar en la resolución de las relaciones entre sunitas y chiitas, alauitas y demás. Tenemos el mismo respeto a todos... Nuestra posición está dictada solo por una cosa, el deseo de crear una situación favorable para el desarrollo positivo de la situación para muchos años".

Hay una circunstancia que sigue infundiendo temor. Después del asesinato del embajador norteamericano en Libia, el presidente ruso hizo estas declaraciones: "Tememos que en la región pueda aumentar el caos, que para ser sinceros ya existe", recalcó Putin. En este contexto la colaboración entre Estados Unidos y Rusia en la región se convierte en algo especialmente apremiante.