Mis familiares, que viven en una ciudad del sur de Rusia, están muy contentos porque su hijo Piotr, de 28 años, por fin tiene el título universitario. A Piotr le ha costado lo suyo conseguirlo, pues previamente lo habían echado de tres universidades. Pero los padres de Piotr no se rindieron y siguieron pagando sus matrículas en la facultad de turno.

“Bueno, ¿y a qué va a dedicarse el joven especialista?”, pregunto a la pletórica madre. “Pues a reparar ciclomotores”, responde ella contenta.

Entonces me pregunté: Si el sueño y vocación de Piotr era reparar ciclomotores, ¿para qué ha tenido que someterse a diez años de estudios superiores? Pero no llegué a formular esta pregunta en alto, porque desde que Piotr nació, su madre tenía una clara misión que cumplir: garantizar a su hijo, costara lo que costara, un título universitario. Y ella no es ni de lejos la única madre con esta visión.

Según los datos de una encuesta del Centro de Estudios de la Opinión Pública de  Rusia, el 80% quiere que sus hijos vayan a la universidad. Sólo el 12% considera que se puede alcanzar el éxito en la vida con un título de Formación Profesional. Según Irina, Abánkina, directora del Instituto de desarrollo de la educación de la Escuela Superior de Economía, esta motivación de los rusos por ampliar sus conocimientos es una poderosa herramienta para el desarrollo del país, y una oportunidad para construir una economía innovadora.

Por una parte, el alto prestigio de los estudios superiores supone una inyección de optimismo y un motivo fundado para el orgullo. No es casualidad que en el informe publicado en septiembre por la OCDE, Rusia haya ocupado el primer puesto mundial de alfabetización. El 54% de los rusos de entre 25 y 64 años tienen título universitario. Pero, por otra parte, es inevitable cuestionar la calidad de esta educación y si realmente siempre es necesario tener un título.

En la URSS, los estudios superiores gozaban de un gran prestigio, lo cual influía en la competencia que había para lograr una plaza en las facultades. Pero entonces había en el país 600 universidades para 300 millones de habitantes. Hoy en día hay casi 3.000 centros de estudios para 140 millones de rusos. Esto es fruto de la respuesta del mercado libre, surgido en los años 90, a la demanda de la sociedad. “¿Quiere un título universitario? ¡Es fácil! Pague esta suma de dinero y su vástago se convertirá en un especialista titulado”.

Sin embargo, parece que esta tendencia no seguirá por mucho más tiempo. El Ministerio de Educación se enfrenta a una misión colosal: reducir el número de universidades en un tercio. En diciembre se publicarán las listas de universidades inefectivas, y para mayo del año que viene deberá estar preparado el programa de su reorganización. Una parte de los centros se unificará a otros más fuertes, y al resto intentarán darles un impulso. Aquellos que no logren aprovechar ese impulso deberán cerrar. El resto deberá demostrar que son competitivas en el mercado internacional de la educación.

De momento no parece vaya a ser una tarea fácil. Ninguna universidad rusa ha logrado entrar en los primeros 100 centros de estudios del mundo. En el ranking recientemente publicado,  QS World University Ranking 2012, la Universidad Estatal de Moscú ocupa el puesto 116, y la de San Petersburgo, el 253.

Irina Abánkina, por su parte, cree que hay que ver estos datos con objetividad: “El puesto 116 de casi 800 no está mal en absoluto, pues hay un alto nivel de competición, especialmente entre las universidades de la región del Pacífico”.

Además, también hay noticias optimistas: otras universidades rusas (el Instituto Técnico Bauman, la Escuela Superior de Economía, el Instituto de Relaciones Internacionales, y la Universidad de Novosibirsk) han ascendido diez puestos. Por su parte, la Academia Rusa de Economía Plejánov y la Universidad Federal del Lejano Oriente han entrado en la prestigiosa lista por primera vez. Por lo tanto, en términos generales, Abánkina opina que los resultados son positivos.

Según los expertos, hay una serie de razones por las que las universidades rusas no ocupan los primeros puestos. En primer lugar, la separación de la formación universitaria de la investigación. Ya en tiempos soviéticos las investigaciones científicas se llevaban a cabo en centros de investigación dentro de los ministerios, mientras que en las universidades occidentales la ciencia y la educación están indisolublemente vinculadas. De ahí el insignificante número de publicaciones científicas de profesores de universidades rusas en comparación con los extranjeros.

Irina Abánkina menciona además las limitaciones impuestas por la lengua en que se imparten las clases, así como la lenta transición al sistema de Bolonia  y la falta de financiación a programas para invitar a profesores extranjeros.

En general, el aspecto económico está, como siempre, en primer lugar. Las universidades rusas de mayor prestigio son las estatales. Por desgracia, en el terreno de las finanzas los líderes del ranking les ganan de goleada. El presupuesto de Harvard o Yale supera las finanzas de toda la Academia Rusa de las Ciencias.

Recortar el número de universidades rusas no es solo una medida necesaria para prevenir la devaluación de los estudios universitarios, sino también un intento de entender en cuáles de ellas hay que invertir para no malgastar medios. Además, el objetivo que se ha establecido para los años próximos no es nada desdeñable: lograr que un mínimo de cinco universidades rusas entre en el top-100 internacional de los mejores centros del mundo.

Hubo un tiempo en que los soviéticos estaban orgullosos de vivir en “el país que más lee del mundo”. El criterio principal para esta afirmación fue la cantidad: en la URSS se publicaban libros y diarios en tiradas multimillonarias.

Hoy en día, si queremos enorgullecernos de ser “el país más educado del mundo”, necesitaremos algo más que un gran número de universidades y un sinfín de títulos expedidos.