En los últimos meses la “cuestión nacional” ha vuelto a ser foco de la atención informativa en Rusia. Añade tensión a este hecho el que el debate esté centrado, por encima de todo, en el Cáucaso Norte,  la región más turbulenta e impredecible de las regiones rusas.

También son significativos el conflicto entre los dirigentes de Chechenia e Ingushetia a propósito de las fronteras entre ambas repúblicas, el asesinato del jeque Said Afandi, uno de los líderes espirituales de los musulmanes rusos, y la declaración del jefe de la región de Krasnodar Alexánder Tkachiov sobre la necesidad de crear patrullas cosacas especiales para defender la región de los oriundos del Cáucaso. En esta última iniciativa se aprecian intentos por poner a unos ciudadanos contra otros, porque no estamos hablando de inmigración ilegal, sino de barreras para ciudadanos rusos y que residen en el Cáucaso Norte. Es decir, en regiones que son partes integrantes de la Rusia actual.

En realidad, hace mucho tiempo que llegó el momento de dejar de silenciar el debate sobre la “cuestión nacional”. Empecemos con que en cualquier sociedad plural (incluso una rica y floreciente) potencialmente existe la posibilidad de hallarse ante la amenaza del antagonismo interétnico y del separatismo. Así lo demuestra la experiencia de países occidentales (España, Bélgica, el Reino Unido, Francia, Canadá). Pero quizá para la Rusia actual sea más interesante la experiencia de los Estados Unidos.

Los disturbios raciales de 1968 (que sucedieron al asesinato del líder negro Martin Luther King) colocaron al país al borde de la escisión. Sin embargo hoy, cuatro décadas después, el problema ya no es político. Se ha conseguido llevarlo a un plano social. El éxito de la integración de este grupo de población puede juzgarse por el presidente Obama, los dos Secretarios de Estado de las administraciones anteriores, los generales, las estrellas mediáticas y los ídolos deportivos de la juventud.

A este respecto, los excesos étnicos actuales que se multiplican día tras día en Rusia no nos dicen que todo esté fatalmente predeterminado y que el país se dirija a la desintegración. Hay potencial para un trabajo exitoso en el futuro y, ante todo, es necesario una modernización de la política sobre las nacionalidades, de sus símbolos y del vocabulario político-social. De lo contrario, en el vacío que se ha formado surgirán diferentes proyectos nacionales en los que no habrá un lugar para Rusia como estado de todos los rusos (al margen de su pertenencia étnica).

Por desgracia, durante demasiado tiempo la política sobre las nacionalidades se ha considerado básicamente algo folclórico y etnográfico. Con frecuencia la política nacional se ha reducido a un sistema de medidas dirigidas a crear preferencias para grupos étnicos, a definir quién y dónde se es “originario” y quién debe adaptarse a los autóctonos de un determinado territorio. No solo  están 'contaminados' los grupos marginales y extremistas, también representantes del partido en el gobierno, con medidas como la propuesta para endurecer el  “registro” y las medidas restrictivas para los “forasteros”, incluyendo a ciudadanos de otras regiones.

Como resultado, se han levantado relaciones no con una persona o un ciudadano, sino con etnias, entendiendo estas como una “personalidad colectiva”, lo que ha servido para segmentar la sociedad. Mientras tanto, para los especialistas es evidente que no es posible “separarse”. Así lo demuestran, dicen, las pruebas objetivas de la economía, la geografía y la demografía. 

Si la población de las repúblicas del Cáucaso Norte va en aumento, y en Chechenia, Daguestán o Ingushetia escasean los recursos agrarios, entonces la salida de la mano de obra sobrante es algo que ningún puesto fronterizo podrá detener. Es más, es deseable como profilaxis social. Sin migración interior el “polvorín” caucásico tiene muchas más posibilidades de explotar.

Por consiguiente, no hay que combatir por los “rusos buenos” o los “caucásicos buenos”, sino pensar en cómo garantizar cualitativamente la lealtad al Estado y a la sociedad rusa de los representantes de los diferentes grupos étnicos, de los regímenes económico-sociales y de los portadores de una ética laboral diferente. De modo que una política nacional modernizada debe construirse alrededor de la idea de “una nación de ciudadanos”, es decir, de una identidad política y no del “principio de la sangre”.

Hoy hay tímidas señales de que esta situación va a cambiar. En agosto de 2012, se celebró en Saransk la primera asamblea del Consejo Presidencial de relaciones entre nacionalidades, en cuya composición han entrado representantes competentes del mundo de la ciencia.

Se propuso elaborar las nuevas bases conceptuales de la política rusa en este ámbito tan delicado. En su intervención ante la asamblea del Consejo Valeri Tishkov (académico, director del Instituto de Etnología y Antropología de la Academia de Ciencias de Rusia) declaró: “Los derechos de las minorías y los derechos de las mayorías solo pueden funcionar en un espacio común, y no de una forma aislada para cada comunidad. El aislamiento de una u otra nacionalidad, no solo en el marco de un  territorio separado, sino incluso en el sentido cultural, puede tener una influencia perniciosa para el Estado”.

Por consiguiente, para luchar contra la xenofobia, al igual que para luchar contra el terrorismo, los crímenes étnicos y la cerrazón de algunas áreas de la Federación, no hay más camino que la creación de una nación política-ciudadana rusa única. Y cuanto más rápido se elabore esta política nacional nueva y modernizada, basada no en el “principio de la sangre”, sino en una comunidad civil y política y en la lealtad, antes se aproximará el país a la unidad real, no solo proclamada.

Serguéi Markedónov, colaborador invitado (Visiting Fellow) del Centro de Investigaciones estratégicas e internacionales (Center for Strategic and International Studies), Washington, Estados Unidos.