Hacen falta carteles. No en los aeropuertos, ni en los hoteles. En las industrias punteras, en las oficinas viejas o ya renovadas de los centros urbanos. Bienvenidos a Rusia. Gracias por venir. En español.

La crisis de España no da tregua. Cada día las cifras empeoran. No sólo los índices de producción y los de paro, sino también los sociales, cercenados los instrumentos de protección social. Y no parece ser una cuestión coyuntural. Eso es, al menos, lo que está en la calle. Según el español Centro de Investigaciones Sociológicas, hace tres meses el 21% de sus nacionales consideraba probable o muy probable quedarse sin empleo antes de un año. Ahora podría ser peor.

La lógica individual es simple. Si algo no funciona, algo hay que cambiar. Activar el plan B, el C, el D y hasta el Z. Acercarse, a la carrera o de puntillas, a las sacrosantas y ansiadas necesidades del mercado. Montar un negocio, cambiar de funciones, sector o profesión, estudiar un master… todas son buenas opciones frente al obstinado e implacable desempleo o la depresión de un trabajo incierto y mal pagado. Pero montar un negocio requiere audacia, argucia y persistencia, y no todos las tienen; inversión y no hay crédito; y demanda, y el consumo está en los huesos. Y, cortado el tejido de la araña, u oscilando en uno de sus frágiles umbrales, cambiar de oficio adiciona a lo anterior más tiempo y dinero, cuando la hucha es materia arqueológica. Así que para muchos queda marcharse, emigrar.

Por primera vez desde 1986, en 2011 la emigración superó en España a la inmigración y, aunque los nacimientos ganaron a las defunciones, el país perdió población. En los tres primeros meses de este año ya se habían marchado de España el doble de personas que el anterior.

Las razones económicas y sociales (la calidad de vida, al fin, tiene que ver tanto con la diferencia en la renta per cápita y el dinamismo económico como con el salario esperado, la presión fiscal y las redes de protección social), en términos estáticos y dinámicos, priman, por supuesto. Pero también son importantes los motivos culturales, esa inclinación a enfrentarse a nuevos desafíos y descubrir distintos mosaicos culturales que anida en algunas personas. Y los argumentos políticos, asediado el Estado de Bienestar por la nueva cruzada, agazapada tras la crisis, del neoliberalismo.

Así que los españoles se van. Sobre todo a Inglaterra, Francia, EEUU y Alemania. Rusia es un destino menos frecuente que, como en casi todo, re-emerge. Paralizado el mercado ibérico y disparado el ruso, empresas españolas apoyan la modernización euroasiática de la mano de compatriotas, aunque los viejos privilegios de los expatriados (bonus en el sueldo, casa, coche y hasta ascenso) son pasto de la voraz historia. Pese a que la tendencia global es a multiplicar la contratación local, el número de españoles establecidos en Rusia tiende a aumentar debido a la madurez de los proyectos. Otros se aventuran por su cuenta a la búsqueda de la inversión de la innovación o el trabajo más atractivo de los empleadores rusos.

Argumentos no faltan. Normalización institucional, crecimiento económico, bajo desempleo, y una alta demanda en posiciones cualificadas. También un salario atractivo, y hasta buenas condiciones de seguridad social. En 2010, la Federación era uno de los países donde los migrantes recibían los ingresos más altos. Cerca del 36% de los extranjeros de alta especialización cobraban más de 250.000 dólares anuales. Además, gracias a una ley de este año, los foráneos que trabajan en el país podrán recibir pensiones del gobierno. No por casualidad, en los últimos años ha registrado una tendencia creciente a recibir profesionales internacionales de élite, la mayoría provenientes de Alemania, Francia, Inglaterra, Suiza, EE UU e Israel. Solo en los primeros tres meses de este año, ya habían llegado a Moscú cerca de 10.000.

 Pero también hay sombras. Después de los primeros tres días, los españoles necesitan obtener siempre un visado. Sin él, se arriesgan a una multa y si reinciden, a una deportación y la imposibilidad de ingresar en Rusia en los cinco años siguientes. Afortunadamente, los trabajadores extranjeros de elevada cualificación pueden acceder a permisos de trabajo y residencia mediante trámites simplificados, siempre que demuestren su nivel.  Este se puede certificar si el salario devengado es igual o superior a 2 millones de rublos anuales (cerca de 50.000 euros), en caso de profesionales, y la mitad, de ser profesores o científicos. Y luego, por supuesto, está el frío, la extrañeza del ruso y su grafía, la distancia infinita.

 Más complejo es, en cualquier caso, el balance entre Estados. El juego no es de suma cero. Pero no todos ganan. Con estos jóvenes preparados, Rusia renueva su estructura demográfica y profundiza su mercado laboral. Sería difícil encontrar un país con mayor necesidad. La Federación es víctima de un decrecimiento y envejecimiento demográfico que ningún aumento de productividad podría compensar. Según las estadísticas recientes, Rusia necesita recibir más de 10 millones de personas hasta 2025 para evitar que la disminución de la población económicamente activa lastime el crecimiento económico y ponga incluso en riesgo su futuro como Estado. Aunque muchos regresen, darán vigor numérico, amplitud temática e innovación práctica al mercado de trabajo ruso mientras tanto.

España pierde, aunque menguen sus abultadas colas de parados y tomen aire sus colapsados presupuestos sociales. Si la mayor riqueza de un país es su gente formada, el país ibérico se desangra de forma acelerada. Según las proyecciones de su Instituto Nacional de Estadística, a lo largo de esta década la emigración superará a la inmigración. En 10 años, la población española se contraería un 10%, hasta los 45,6 millones en 2021.

El riesgo, claro, siempre existe. No es nimia la dependencia del crecimiento y el dinamismo del mercado de trabajo de Rusia de los precios, por naturaleza volátiles, del gas y del petróleo. Pero es tan poco probable que la economía rusa se detenga como que la española y los ánimos de sus nacionales se recuperen de un día para otro. Aunque el síndrome de Ulises estará siempre al acecho, metiéndose el calor por debajo de la puerta, al otro lado estará la crisis social y personal de un país que se quiebra. Bienvenidos a Rusia. Gracias por venir. La jornada comienza a las 8. El trabajo debe estar listo para mañana a la tarde.