Nueve meses atrás, muchos estaban llenos de entusiasmo después de los mítines de protesta, insólitos por su poder de convocatoria, en la plaza Bolótnaya y en la Avenida Sájarov.  Entonces flotaba en el aire el espíritu de la revolución, el poder titubeaba y declaraba su disposición a hacer concesiones políticas; se debatía con total seriedad la celebración de elecciones anticipadas en la Duma Estatal, la salida de Putin y la designación de un “gobierno de transición” en el que participaran representantes de la oposición.

 

Hoy, nueve meses después, se puede constatar que el movimiento de protestas, tal y como se organizó a partir de diciembre de 2011, no ha obtenido ningún resultado político. Putin sigue ocupando la misma silla, y la cuestión de convocar nuevas elecciones a la Duma no sólo ha salido del orden del día, sino que la misma Duma ha pasado al contraataque y ha comenzado a expulsar del Parlamento a diputados de la oposición.

 

Desde diciembre de 2011, el movimiento de protestas de Moscú ha ido cayendo a niveles mínimos y se podría decir incluso que, en algunas regiones, ha muerto. Sólo hay que prestar atención al irrisorio número de manifestantes que salieron a expresar su disconformidad en San Petersburgo y Ekaterimburgo, conocidas por simpatizar con la oposición. ¿Cómo ha podido suceder?

 

También yo, hace cinco años, suponía ingenuamente que todos los políticos que actuaban contra Putin eran, a priori, personas de las que uno se podía fiar. El problema es que, en Rusia, en los años que siguieron a la represión política, se creó un movimiento de oposición “profesional”, totalmente incapaz de hacerse cargo de la resolución de los deberes políticos a gran escala.

 

Compitiendo en popularidad entre un auditorio relativamente pequeño y conocido, los opositores profesionales han pulido a la perfección sus habilidades para despotricar contra Putin, pero han perdido la práctica de actuar como políticos de cierto nivel y la capacidad de dialogar con la gente corriente.

 

El resultado ha sido que, por dos veces, en las elecciones presidenciales de 2008 y 2012, la oposición que está fuera del sistema no ha conseguido presentar a un candidato. En 2008, lo intentó el Partido “Otra Rusia” con Garri Kaspárov, pero al final no concurrió a las elecciones, debido a la imposibilidad de conseguir un local donde reunir al grupo que apoyaba su candidatura. En 2012, muchos esperaban la candidatura de Alexéi Navalni, pero tampoco llegó. A diferencia del caso de Kaspárov, es difícil acordarse de por qué. El propio Navalni lo expuso así: “En este país no existen elecciones”.

 

Como resultado, el proceso político ha seguido adelante por cuenta propia, mientras que los “opositores profesionales” han transformado cualquier cosa en un pretexto para salir a las calles. El pasado sábado 15 de septiembre, desde el palco de la Avenida Sájarov, esta estrategia poco inteligente fue corroborada por Alexéi Navalni: “Debemos ir a los mítines como al trabajo”.

Hace poco alguien me dijo que “a Navalni, después del 4 de diciembre, es como si lo hubieran cambiado”, si en las elecciones a la Duma defendía una estrategia completamente justa de participar activamente en las votaciones contra Rusia Unida, que elaboró y creó en el país una oleada potente de protestas, después se transformó, según mi interlocutor, en un opositor más.

 

Ya en marzo de 2012 el volumen de las protestas entró claramente en declive y sólo la represión de las autoridades permitió mantener vivo el nivel de los movimientos de mayo y junio, sin despejar la pregunta que quedaba en el aire con respecto a cuál era el siguiente paso que se debía dar. Los líderes de la protesta no han hecho más que repetir como un mantra que “si hubiesen salido a la calle millones de personas, Putin habría tenido que marcharse”. Pero la Revolución es un asunto serio, que precisa de una organización irreprochable y disciplina. Como demostraron los acontecimientos del 6 de mayo, las personas que han polarizado el control sobre la protesta no son capaces de encontrar un local de reunión para promover una candidatura presidencial.

 

¿Qué pasará ahora? Pues ahora, como se deduce del discurso de Alexéi Navalni en la Avenida Sájarov el sábado pasado,  toda la responsabilidad, según la versión de los "líderes", recae sobre los manifestantes sindicalizados, que tienen que "ir a las manifestaciones como al trabajo”, “repartir octavillas”, transferir dinero a las diversas cuentas de la oposición, etc.

He imaginado a alguien desde el palco diciendo: “Bueno, perdonad, muchachos, en realidad no hemos llegado a ninguna conclusión, estas protestas han acabado en un callejón sin salida. Admitimos que somos culpables. Pero creednos una vez más.

 

“Tenéis que ir a los mítines como se va al trabajo”. Y nosotros daremos entrevistas y posaremos teniéndoos a vosotros como telón de fondo, a modo de escenas de masas.

 

A Alexéi Navalni le recordaría la famosa frase del presidente Kennedy: lo importante no es lo que tu país puede hacer por ti; lo importante es lo que tú puedes hacer por tu país. Una frase que se adapta perfectamente a la relación que hay entre los “líderes de las protestas” y los miles de personas que han ido a los mítines: estos políticos deberían, con el sudor de su frente, luchar para mantener las expectativas de la gente común, y no al contrario.

 

Creo que muchos entendemos que no se puede continuar así. Para muchos, se trata sólo de un juego. Se han acostumbrado durante muchos años a esta existencia y en realidad no quieren cambiar nada. Si desean que se produzca un cambio en el país, no vale la pena esperar la ayuda de un grupo de opositores profesionales, inútil y sin sentido.

 

¿Qué hay que hacer? De esto ya hemos hablado. Es necesario entender los propios errores, es decir, la ausencia de una fuerza política de oposición nacional, la baja popularidad entre la población y la mala relación con ella. Y ponerse a trabajar para las elecciones. En los próximos dos años, la oposición tiene la posibilidad de obtener una importante representación en las administraciones de muchas regiones relevantes  y, en 2014-2015, se librará la “batalla por Moscú”.

 

A raíz de los resultados todo esto se aclarará y, también, hasta qué punto la oposición será capaz de enfrentarse a Putin en el ciclo electoral de 2016-2018 y quiénes, en la oposición, son auténticos líderes (y no inventados por los medios de comunicación independientes e internet). Quien mejor trabaje será el que gane.

 

Pero los políticos deben entender que en primer lugar tienen que trabajar ellos. No se puede hacer recaer esta tarea sobre las espaldas de los manifestantes. La gente no olvida ni perdona.

 

La opinión del autor no coincide necesariamente con la de la redacción.

 

Artículo publicado originalmente en ruso en Gazeta.ru.  

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