Los han visto a la altura de la estación número 13. No, los últimos rumores afirman que están un poco más abajo, hacia Chralov. Sin duda se encuentran en los alrededores de Laboravaya, donde la poeta Petrovna Nerkagi gestiona una escuela tradicional dedicada a la cultura nenets.  O a lo mejor ya no están ahí...

Han transcurrido por lo menos mil años desde los primeros avistamientos, pero los nómadas del norte todavía saben sembrar la confusión en los mapas de la península de Yamal.Tratar de alcanzarlos a través de la nueva red de ferrocarriles de Gazprom, unas inmensas vías de más de 500 kilómetros que se extienden desde la pequeña estación de Obskaya, a poca distancia de Labitnangi hacia el este, hasta la modernísima planta de extracción de gas de Bovanienkovo, puede convertirse en un arma de doble filo. Sus desplazamientos son demasiado rápidos para la marcha fatigosa del tren: las tiendas mya aparecen de repente por la ventanilla, como barricadas en alguno de los raros montículos de una tundra peligrosamente pantanosa, y desaparecen con la misma rapidez. Cuando se vuelve al sitio donde se las vio, incluso si estaba a pocas horas de distancia, puede que sea ya demasiado tarde.


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Hace falta armarse de paciencia y tener un poco de suerte. La vida de los nenets no se rige por las revoluciones solares, que más allá del Círculo Polar dilatan el tiempo hasta dimensiones demasiado evanescentes para el hombre crono-lógico, ni mucho menos por las humanas: quien dicta el ritmo es siempre, solo y exclusivamente, su inseparable compañero, el reno. Es mucho más simple, por tanto, fiarse de las marañas de líquenes que hasta en verano tiñen de blanco el territorio de Yamal.

“Cuando son abundantes”, comenta Jenia, joven pastor nenet que está de paso en Chralov, “es casi seguro que te encontrarás con uno de nosotros. O también puedes tomar como referencia la cantidad de pesca que haya en los pequeños lagos de los alrededores. Son los dos principales criterios en los que un nenets se basa para elegir su campamento, además de la exposición al viento: como no existen barreras naturales, a veces sopla con tanta fuerza que puede llevarse nuestras mya”, sonríe.

“En verano, sin embargo, corremos menos riesgos”. No deja de bajar los ojos, como protegiéndose, cada vez que concluye una frase. Quizá por timidez, dando tal vez la impresión de sentirse juzgado por la mirada algo perdida del visitante. Quizá por la inevitable ingenuidad de las preguntas, que, a ojos de un nómada, ponen al hombre sedentario casi al nivel de un niño curioso. Por otra parte, a los cuatro años un nenets es ya un hombre hecho y derecho: sabe ordeñar los renos, puede conducir un trineo y ayuda a plantar las tiendas.

“Dima es mi séptimo hijo” añade, señalando hacia un gracioso bulto envuelto en un buzo de piel, “y es buenísimo con el lazo. Todos los días se ejercita con sus hermanos y sus tíos, ya que para ocuparse de un rebaño de renos como el nuestro, de unas 300 cabezas, es necesaria la ayuda de por lo menos diez personas. Esta es su primera escuela: en invierno, cuando nos desplacemos hacia el sur, a los mercados de Salejardo Nadim, tendrá ocasión de familiarizarse con la escuela rusa. Mientras él estudia, nosotros vendemos los productos confeccionados durante el verano, guantes y botas de piel, objetos de madera tallada, a veces renos. Pero con moderación, porque cada uno vale por lo menos 7.300 rublos”.

Fuera de la tienda, todo bulle de actividad. Un palo solitario pone a prueba las habilidades de tres jóvenes pastores con el lazo, mientras que unas muchachas van y vienen del rebaño de los renos a las tiendas, transportando pesados cubos llenos de leche. El tío de Jenia todavía no se ha movido del rincón reservado para curtir las pieles: desde hace horas raspa con meticulosa insistencia el lomo de una foca capturada esa mañana, para que, cuando se ponga a ahumar, la carne esté más tierna y absorba mejor el aroma de las hierbas.

Un poco más allá, un trineo campa sobre blandos cojines de musgo, arrastrado por cinco renos que deben vencer su miedo a los cauces de agua. Sobre el asiento se extienden telas mullidas y a los lados cuelgan campanillas, como si ese puesto del trineo estuviese reservado en realidad a alguien muy importante, aunque nadie lo conduzca. Corre de un lado a otro, pero se mantiene siempre alejado de las vías del tren.

A los ojos de los nenets son prácticamente invisibles. No se habla de ellas. No las señalan. No las ven. Y, sin embargo, el pan que se calienta junto al fuego en la mya, al igual que el té o las galletas de nata que ofrecen a los huéspedes, no crecen en la tundra. De allí, si acaso, llegan las bayas maroshka que se sirven en jugosas pirámides anaranjadas, o algunos inquietantes higadillos sanguinolentos que nadie se atreve a tocar. Es raro que los habitantes de la tundra se dejen sorprender hoy mientras devoran crudas las entrañas de un reno, o cuando sorben su sangre caliente, pero es una costumbre que no los abandona desde los tiempos en los que los cosacos les dieron el nombre de samoyedos, “caníbales”.

Por su parte, los nenets responden bromeando y llaman a los miembros del personal de Gazprom “los nuevos cosacos”, aunque para muchas familias la red ferroviaria representa una anomalía seria del paisaje, de la que es preferible mantenerse lejos.

“Yamal significa 'fin del mundo'”, nos confiesa Jenia, “porque en estas tierras el hombre es sólo un huésped temporal y los dioses están en su casa. Al menos, eso es lo que dice mi abuelo. Él se queda mucho más al norte, en otro campamento, donde se alzan tótems que representan el rostro de los espíritus de la tundra. Lo ayudan a que los perros y los renos le obedezcan, pero también están a su lado cuando la noche toca el tambor en torno al fuego y viaja al lugar donde habitan nuestros antepasados”, ríe y se sonroja. “Mi abuelo es un tipo extraño. Piensa que las ánimas bienaventuradas viven en el norte y, en cambio, al sur viven otras de las que es mejor mantenerse alejado”.

Casi disculpándose, levanta un chal azul, decorado con motivos geométricos en forma de cuernos de reno, bajo el que aparecen unos iconos con el rostro de Cristo. Son regalos de los obreros que trabajan en la red ferroviaria. “Dima se pasa horas mirándolos. Adora sus reflejos a la luz del sol”.

El crepitar de la leña en el centro de la mya es el único rumor que se insinúa en el profundo silencio del campamento. A veces casi parece que toda la tundra contuviese la respiración para desinflarse de repente en el resoplido meditabundo de algún reno de pelo blanco. Algunos animales giran el cuello hacia un punto del horizonte. Dilatan sus orificios nasales. Se agitan unos segundos. Y en esos momentos la mirada de los nenets se hace más viva y más atenta, mientras que un monótono susurro, de boca en boca, va tomando fuerza lentamente, los hace vibrar como pañuelos al viento. Y sucede así también dentro de la tienda de Jenia.

El viejo tío ha cerrado los ojos y se mece ahora sobre sus rodillas dobladas. Sus nietecitas lo imitan, acomodándose con murmullos más agudos, y el pequeño Dima forma una “o” con sus labios gordezuelos. Lentamente, el canto de la familia va tejiendo una melodía extraña, dándole oportunidad a la esposa de Jenia de acercarse a un cofrecillo de madera decorada sin hacerse notar. Extrae dos cuerpos de tela, de aspecto vagamente humano, y desaparece con ellos fuera de la tienda. Se oye el cascabelear de un trineo.

Y otra vez llega el momento de partir. El camino ha encontrado finalmente a su guía.