Nadezhda Tolokónnikova, Ekaterina Samutsévich y María Aliójina permanecerán en prisión hasta 2014, a no ser que salgan antes bajo algún tipo de libertad condicional. Una condena tan larga puede causar estragos en la vida familiar; Nadezhda y María tienen hijos pequeños que, sin duda, sufrirán enormemente durante este tiempo.

Todo empezó con una actuación provocadora pero inofensiva, aunque ofensiva para muchos, en la Catedral de Cristo Salvador de Moscú.  Pronto se convirtieron en superestrellas de los medios de comunicación e iconos de la oposición rusa. Pero el juicio también ha dividido a la sociedad rusa, ha dañado la reputación de la Iglesia Ortodoxa y ha puesto al Kremlin en la picota del desdén internacional.

 En primer lugar, el desarrollo del juicio en Moscú parecía una farsa televisiva con un resultado predeterminado. Para la mayoría, fue una demostración del poder del Estado para castigar a los activistas según le apetezca. Muchos defensores de las Pussy Riot creen que su acción no fue especialmente interesante o inteligente. Sin embargo, no causaron ningún daño a la propiedad ni a terceros. Además, los guardias de seguridad de la catedral no pusieron demasiado esfuerzo en atraparlas. El hecho de no tener afinidad hacia el presidente de Rusia y cantar “¡Virgen Santa, llévate a Putin!”, incluso a los ojos de aquellos que creyeron que su acción era absurda y ofensiva, no se traduce en dos años en cárcel.

Mientras, el Kremlin tal vez cree que ha sembrado el terror en los corazones de los activistas rusos de la oposición, pero lo que hizo en realidad fue crear nuevos mártires de la causa de quienes protestan, y dejó claro que el poder judicial ruso no es más que una extensión del poder ejecutivo. El Kremlin hizo una montaña de un grano, acarreando consigo el inoportuno escrutinio del historial de derechos humanos de Rusia, por parte de la comunidad internacional.

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 En segundo lugar, el juicio a las Pussy Riot asestó un buen golpe a la Iglesia Ortodoxa rusa. En más de veinte años de historia post soviética, no había sido tan manifiestamente criticada por la opinión pública rusa. La Iglesia fue incapaz de disociarse de las autoridades estatales y redimir a las Pussy Riot, tal como muchos creyentes y no creyentes esperaban que hiciera. En lugar de esto, el portavoz oficial de la Iglesia se enzarzó en lo que podría llamarse 'teología creativa', predicando que el perdón solo llega como resultado del arrepentimiento. Dado que las Pussy Riot nunca se arrepintieron explícitamente, dijo, la Iglesia no debía pedir clemencia a los poderes seculares. Esta nueva interpretación del Sermón de la montaña, en el que Jesús llama al perdón incondicional del enemigo, dejó a la Iglesia al desnudo ante las acusaciones de hipocresía y servilismo al Estado. El hecho de que los representantes de la Iglesia parecieran ignorar el aspecto esencialmente político de la actuación del grupo punk hizo que el público se enfadara todavía más. Cuando la Iglesia pidió clemencia, después del juicio, ya era demasiado tarde. 

El caso ha dividido a los creyentes y el clero en una mayoría que exigía venganza a las blasfemas, y una minoría que abogaba por el perdón. Los primeros citaron precedentes judiciales de la Unión Europea: en algunos países, perturbar la paz en una iglesia es punible por ley. Los segundos intentaron llamar la atención del Patriarca Kirill hacia el hecho de que, cuando el sistema policial y judicial están fatalmente comprometidos (como lo están en Rusia), este argumento es falso y convierte a la iglesia en cómplice de la injusticia.

El primado de la Iglesia Ortodoxa rusa se puso del lado de la mayoría. Incluso etiquetó a los curas que pedían clemencia con el apodo de “traidores con hábito”.

El caso Pussy Riot estableció el contexto ideal para que el Kremlin pusiera a prueba la lealtad de la jerarquía ortodoxa. La jerarquía aprobó con matrícula, a expensas del apoyo de la intelligentsia rusa ortodoxa, y ligando estrechamente su destino al del presidente Putin; lo que puede parecer una buena apuesta a corto plazo. Sin embargo, la política rusa es cada vez más volátil e impredecible, y la Iglesia Ortodoxa no parece darse cuenta del creciente descontento que, poco a poco, va cambiando la actitud de la sociedad hacia Putin y su gobierno.

Aún así, el juicio también colocó a la oposición rusa en una situación difícil. En un momento crucial en el que debe trabajar duro para crear una red de apoyo a lo largo de la nación y ganar participación en las elecciones regionales, le endilgaron una polémica imagen. Los ciudadanos políticamente educados de Moscú y San Petersburgo diferencian entre el apoyo a las Pussy Riot y los objetivos más amplios de la oposición. No obstante, en las provincias, al Kremlin le resultará ahora más fácil convencer a los votantes de que el movimiento de la oposición está formado por radicales y frikis. 

 Por último, la sociedad en sí misma está dividida. La minoría que clama por un cambio de rumbo político es pequeña pero hace mucho ruido. La mayoría (también llamada “la mayoría de Putin”) prefiere el status quo, es pasiva a nivel político y no tiene iniciativa. Y esta división se pronunciará en los próximos años.