Una de las pruebas que han presentado ante el juez es un análisis realizado por un laboratorio privado en el que se compara el ADN de los últimos Románov (publicado por las autoridades rusas) con el de Carme Martí. Coinciden 15 de los 17 marcadores genéticos analizados. En opinión de los demandantes, esto es una prueba concluyente. “Mi madre es nieta de Nicolás II”, asegura Duaigües. Lo que pretenden ahora es que el juzgado dé oficialidad a estos análisis y ello les permita cambiar su actual apellido por el de Románov.

Familia Martí.

Para seguir el hilo de la historia hay que situarse en 1942 en la maternidad de Elna, en el sur de Francia. Es allí donde Maria Martí da a luz a su hija, Carme, en plena Segunda Guerra Mundial. La niña es enviada a un lugar más seguro, a un hospicio de Girona, donde se cría hasta la mayoría de edad. Allí recibe unas pocas visitas de su madre y alguna carta, pero pierde el contacto más o menos a los 14 años de edad.

 

María Románova. Fuente: sparticus42

“Mi madre tiene muy pocos recuerdos de mi abuela porque apenas si se vieron y fue hace mucho tiempo”, explica Duaigües. Sí que se acuerda de que la veía como “alguien muy mayor” y que hablaban entre ellas en catalán, mientas que las cartas –que las monjas del orfanato le requisaron- estaban escritas en castellano.

No volvieron a tener noticias de Maria Martí (o Románova) hasta 1996, cuando se enteran de que había muerto seis años antes, sin que nadie les informara, y en un geriátrico de Girona que la familia visitaba a menudo porque tenían una tía ingresada precisamente allí.  Extrañeza, estupor, indignación, son los sentimientos que despertó esta noticia.

Fueron a la residencia de ancianos a pedir información y las responsables del centro –monjas, de nuevo-, que conocían perfectamente la relación entre Maria y Carme Martí, “nos dijeron que no nos podían explicar que mi abuela estaba allí porque era un secreto”, asegura Duaigües.

Es a partir de este hecho cuando empiezan a investigar y -según la versión del demandante- averiguan que Maria Martí tenía una enfermedad en la sangre, que es hereditaria, y que comparte con su hija, nietos y bisnietos y que podría ser la misma o muy parecida a la del zarevich Alexei.

La documentación no cuadra. Según el Documento Nacional de Identidad, Maria Martí nació en Olot en 1928, pero según su certificado bautismal, fue en 1918. La familia cree que ambas fechas son erróneas y que sería bastante mayor. Además, su abogado se desplazó a Olot para investigar y pudo comprobar que no existe en el registro ninguna Maria Martí Juanola, ni tampoco en Besalú ni en otras poblaciones cercanas.

Hay que aclarar que no sería extraño que la documentación fuera falsa, teniendo en cuenta que esta mujer pasó por la maternidad de Elna. Este centro hospitalario, que ha sido distinguido por su enorme labor humanitaria, dependía de la Cruz Roja suiza. En él se atendieron a numerosas mujeres, muchas republicanas españolas y judías de toda Europa, que huían del franquismo y del nazismo. La falsificación de sus identidades era una práctica habitual que servía para proteger a estas víctimas tan frágiles.

El mito Romanov

El último zar de Rusia, Nicolás II, junto a su familia fueron ejecutados por el Ejército Rojo en 1918 en Ekaterimburgo, pero el lugar donde se hallaban sus restos no transcendió hasta 1989. Estos 70 años de silencio dieron alas a todo tipo de mitos y leyendas y alumbraron novelas y películas. La más célebre de todas, seguramente,  “Anastasia”, con Ingrid Bergman y Yul Brynner.

En este clima de incertidumbre y de misterio, empezaron a aparecer supuestos miembros de la familia imperial rusa que aducían que se habían podido escapar de las garras de los bolcheviques. La que llegó más lejos fue Anna Anderson, quien hizo creer a media Europa que era en realidad Anastasia Románova, incluso su supuesta abuela la reconoció como nieta.

Tras su muerte y, gracias a unos análisis de ADN, se pudo comprobar que su historia no era cierta y que en realidad era una mujer polaca que había estado casada con un soldado que había presenciado la muerte de los zares y por eso conocía tantos detalles de su vida. Franziska Schanzkowska, así se llamaba, había perdido la memoria y realmente creía ser la hija de Nicolás II.

Cuando en 1991 se localizan los cadáveres de la familia imperial, se acaba definitivamente con el mito Anastasia, pues los científicos aseguran que su cuerpo es uno de los nueve que se han encontrado. Sin embargo, no hallaron restos ni de María ni de Alexei. Nada extraño, en realidad, pues se dieron órdenes en su día para destruir los restos con fuego y ácido. En 2007 las autoridades rusas anunciaron que también habían encontrado estos dos cuerpos y los enterraron, junto a los otros, en la catedral de Pedro y Pablo, de Sant Petersburgo. Y este es, al menos por ahora, el fin de la historia.