El virtuoso

 

Los críticos musicales lo comparan con Liszt y  Horowitz. En respuesta a tales comparaciones, el pianista afirma: “En primer lugar, no sabemos cómo tocaba Liszt, ya que nunca lo hemos escuchado. Además, el virtuosismo generalmente alude a la velocidad del movimiento de los dedos sobre el teclado, pero esto no es lo más importante”. Es una buena contestación a los que le reprochan falta de emoción y profundidad en sus interpretaciones.

 

Su actual presentación en el Teatro Colón demostró que no pertenece a esa categoría de  virtuosos extrovertidos que se preocupan más por su imagen escénica que por la música en sí. Y no se trata de simples palabras, sino de la constatación de hechos reales: el público maravillado por la sorprendente y excepcional interpretación de Volodos, lo llamó al escenario ocho veces luego de haber concluido su programa. A nadie pudo dejar indiferente la destreza del músico a la hora de tocar el pianissimo. “La misión principal de un intérprete es ser un intermediario entre un compositor y los oyentes. Para esto hay que saber escucharse a sí mismo en el momento de la interpretación y tratar de lograr una completa fusión con el instrumento”.

 

 

Los comienzos

 

La historia de la formación musical de  Arkadi Volodos no es la de un niño prodigio. Decidió comenzar la carrera pianística a los 16 años. “Cuando fui al ingreso del Colegio del Conservatorio de San Petersburgo me dijeron que mi nivel era muy bajo y que tenía  pocas posibilidades de estar entre los alumnos. Entonces, no tuve mucha esperanza. Incluso pensé en convertirme en un afinador de pianos, pero por suerte me aceptaron. Luego fui a estudiar a Moscú. Galina Eguiazárova, mi profesora, fue la primera persona que me dijo que iba a convertirme en un verdadero pianista. Si no hubiera escuchado estas palabras, tal vez hubiese abandonado la idea para siempre”.

 

Arkadi Volodos nació en San Petersburgo en 1972. Comenzó su formación musical estudiando canto. A pesar de que había tocado el piano desde los 8 años, la decisión de dedicarse seriamente al instrumento no llegó hasta 1987. Estudio piano en el Conservatorio de Moscú con Galina Eguiazárova. También en el Conservatorio de París con Jacques Rouvier y en Madrid, en la Escuela Superior de Música Reina Sofía con Dimitri Bashkírov. 

 El repertorio de Volodos siempre es muy amplio porque no tiene ningún 'terreno favorito'.  “Elegir un programa es, en parte, una decepción porque supone descartar. Elegir es adoptar un punto de vista que es algo mucho más pequeño que un horizonte. Al nacer tenemos un horizonte. Luego, con la edad, se va reduciendo y al final es sólo un punto. Yo prefiero un horizonte a un punto”.

 

Al contrario que otros músicos, Volodos prefiere reducir la cantidad de conciertos por año. Supone que dando muchos recitales uno corre el riesgo de que se le vacíe el alma: “Liszt hacía giras, pero el viaje de una ciudad a otra le llevaba dos semanas. Hoy, con los aviones, parece que en vez de hacer una gira estás en un viaje de negocios”.   

 

Llegar a la cima sin concursos

 

La idea de los concursos le fue ajena desde un principio. De aquí, naturalmente, surge la pregunta: “¿Cómo es posible llegar a la conseguir fama internacional sin participar en ninguno?  Volodos comenta: “Los concursos están en contra de mi naturaleza. Parece que nuestra época se ha convertido en un tiempo de comparaciones y etiquetas. Considero que los concursos musicales son una burla a la música. En la música no se pueden hacer comparaciones. Sinceramente, nunca había pensado en ser un concertista de piano. Llegué a España para buscar un lugar para trabajar como profesor de música. Accidentalmente tuve la suerte de que escucharan un casete con mis grabaciones. Luego me invitaron a tocar”. 

¿Cuánto tiempo al día hay que dedicar al piano para poder tocar así? Volodos dice que prefiere estudiar y practicar la obra “en la mente” antes de dedicarle tiempo a la práctica concreta. Para él es muy importante saber distribuir correctamente su energía espiritual y física. Considera que los músicos necesitan silencio. Por eso le gusta estar en contacto con la naturaleza para disfrutar de la tranquilidad y la soledad. Cuenta que después de una gira, no se acerca al instrumento durante 15 ó 20 días.

 

El credo musical

 

 “El enigma de cada obra consiste en la comprensión de su atmósfera espiritual. Para mí, lo más importante en la interpretación de cada pieza consiste en el descubrimiento de sus imperceptibles colores, la respiración de la música y el sentido del tiempo. En pocas palabras, todo lo que resulta imposible medir con algún dispositivo”.

 

Cuando le preguntan a qué escuela interpretativa pertenece, responde que es tan difícil de contestar como lo es distinguir si Glenn Gould es representante de la escuela canadiense o si Martha Argerich lo es de la argentina. “El concepto de 'escuela' podía hallarse en los días en los que no existían grabaciones ni aviones. Ahora, cuando muchos músicos estudian en el extranjero, resulta difícil determinar a qué 'escuela' pertenece cada uno”.

 

Le gusta cuando el público escucha atentamente, el éxito tiene una importancia secundaria. “Para mí es más valioso cuando una persona escucha, cuando la sala está expectante. Hay una gran cantidad de obras, después de las cuales no hay que aplaudir.” Así pasó después de la Sonata de Schubert (D.784). El público del Teatro Colón entendía perfectamente todo lo que quería transmitir el pianista.