El investigador Yegor Sóboliev, al estudiar las enigmáticas circunstancias que rodearon aquella muerte y el extraño hallazgo en el subsuelo de Moscú, encontró en los archivos un caso criminal de la época de la Rusia zarista, y, sorprendentemente, también estaba directamente vinculado al Neglinka.

 

El río Neglinka se diversifica bajo algunas principales zonas del centro de Moscú como la plaza de Teatrálnaya, la de Trúbnaya, la calle Neglínnaya y los Jardines de Alejandro a lo largo de los muros del Kremlin.

 

Hubo un tiermpo en que los habitantes del entonces principado de Moscú, pescaban de la limpia agua del río, cangrejos y peces blancos. Pero en el siglo XVIII todo cambió, apareció una nueva moda, vivir en las zonas del Neglinka. Empezó a considerarse prestigioso y en sus orillas se construyeron palacetes para la aristocracia moscovita. El agua cristalina dejó de serlo y  la basura empezó a acumularse en el río, que empezó a disminuir su caudal y se cubría continuamente de cieno y juncos. Y a mediados del siglo XVIII en las orillas del Neglinka empezó a concentrarse el mal, la crueldad inhumana, la vileza y la traición.

 

En tiempos de Catalina la Grande, no lejos de Kuznetski Most, se encontraban los dominios de una de las mujeres más malvadas de la historia de Rusia, la terrateniente Daria Saltykova. Esta sanguinaria señora, creía firmemente que las aguas del Neglinka poseían una fuerza vivificante y se servía de rituales de brujería para desprenderse de su terrible fealdad física.

 

Pasaría a la historia como una de las primeras asesinas en serie. Su lista de asesinatos fue de 139 personas, en general, sirvientas. Daria experimentaba un odio cruel hacia cualquier mujer que fuera más bella que ella, y había unas cuantas... Y como el río le negaba a la cruel Saltykova su ayuda, y como no se volvía más mona, la muy sádica ideó otro método de brujería que consistía en arrojar al río la sangre de muchachas inocentes. El punto y final a esta larga serie de asesinatos lo puso Catalina la Grande. Saltykova fue condenada definitivamente.

 

En 1817 los moscovitas decidieron librarse del río y lo condenaron bajo tierra, pero el Neglinka ya se había convertido en fuente del mal y este mal se proyectaba.  Los primeros afectados fueron los fundadores de los famosos baños Sanduní,  la conocida cantante de ópera Liza Uránova y su marido, el actor Sila Sandunov. La mala fama del río nunca preocupó a Sila Sandunov pero a su mujer sí. Elizabeta decidió acudir a una famosa pitonisa llamada Zoya que vivía en la zona.

 

Al levantar la última carta, la adivina fijó sus ojos en Elizabeta y pronunció: “Bajo esta tierra fluye sangre. No tendrás felicidad en casa, pero tienes un amuleto, un talismán que te puede proteger de la maldición de este lugar”. 

 

Al volver a casa, Liza le contó a su marido lo sucedido, el cual se limitó a sonreír mientras seguía dando vueltas a la compra de tierras.

 

Construyeron un palacete en la orilla del río que ya prácticamente se encontraba sepultado bajo tierra y al lado del palacete decidieron construir los baños Sanduní, para lo que tuvieron que empeñar sus más valiosas joyas, pues era una zona altamente cotizada entonces.

 

Lo último que empeñaron fue una valiosa sortija que la emperatriz Catalina la Grande le había regalado a Liza, su talismán. Esta le rogó a su marido que no la vendiera pues recordó las palabras de la gitana. Su marido hizo caso omiso y acabó empeñando la sortija. Así, en la Neglínnaya aparecieron los legendarios baños Sanduní.

 

El agua para las piscinas de los baños decidieron sacarla del río Moskova y el agua sucia se vertiría en el Neglinka. Esto sería un error fatal de los Sandunov. El lugar donde se construyeron los baños Sanduní, había estado ocupado antes por una taberna conocida como Ad (infierno en ruso) donde se reunía la “flor y nata” de los criminales de la época, que tenía la cómoda costumbre de arrojar los cadáveres de los crímenes cometidos al río Neglinka. Por otro lado, el dinero que ganaban suciamente lo gastaban en los baños cercanos para limpiar su sangre y sus pecados.

 

La profecía de la gitana empezó a cumplirse y la vida familiar de los Sandunov comenzó a arruinarse. Sila, el marido, pasaba el tiempo en fiestas mundanas y su mujer en vano le esperaba en casa durante tardes enteras. Liza se trasladó a San Petersburgo.

 

Desde este momento el destino de Liza Uránova estaba decidido pero nunca pudo imaginarse hasta qué punto la ostentosa sortija de brillantes, gracias a la cual aparecieron los baños Sanduní, marcó su devenir.

Los baños Sanduní. Fuente: moscowwalks

 

Después del divorcio de los Sanduní, Elizabeta a veces aparecía por Moscú. En una ocasión mientras miraba los escaparates de las tiendas, quedó casi paralizada cuando vio una caja forrada de terciopelo rojo, en la que brillaba la fastuosa sortija de brillantes que en un tiempo le había regalado Catalina la Grande. Liza estaba dispuesta a comprar la reliquia a cualquier precio. Ese día, el 22 de noviembre de 1926, Uránova se echó a dormir con una especial actitud de ánimo.

 

Estaba segura de que el más apreciado  regalo de la emperatriz había vuelto a ella para siempre y estaría protegida por fuerzas superiores. A la mañana siguiente, su cuerpo lo encontraron sin vida y la sortija que había sido para la famosa cantante no solo un talismán sino también la razón de la desgracia de su matrimonio había desaparecido sin dejar huella.

 

Los baños Sanduní construidos con el dinero de la venta de la fatal sortija y las sucias fuentes de agua supusieron para el Neglinka la última gota. La muerte de Liza no fue casual. Parece que el río se hubiera querido vengar de la dueña de la preciada joya, objeto que precisamente fue la razón de la definitiva muerte del Neglinka. 

 

Después de la muerte de los Sanduní,  los baños cambiaron de dueños con frecuencia, pero cada vez por razones misteriosas los nuevos dueños se veían obligados a empeñarlos, revenderlos o incluso simplemente regalarlos.

No fue una excepción Vera Firsánova, una rica viuda, propietaria de la Galería Petrovski y del restaurante Praga. Vera recibió los baños Sanduní de su padre. Por aquel entonces, un aristócrata, Alexéi Gonetski que tenía la mala costumbre de jugar a las cartas, método con el que acumuló una importante suma de deudas, quedó completamente arruinado, por lo que decidió  recurrir a la vieja solución de casarse con alguna dama adinerada de alta alcurnia.

 

Y puso sus ojos precisamente en Vera Firsánova.  No le costó mucho trabajo enamorarla y al poco de casarse, de nuevo, en el edificio que ocupaban los baños Sanduní volvieron a abrir unos nuevos y más lujosos baños. Gonetski disciplinadamente controló los trabajos de reforma y en poco tiempo estaban listos para ser abiertos al público. Se decía que el agua de los baños de Gonetski era capaz de limpiar hasta los pecados más graves.

 

Firsánova escuchaba las alabanzas a sus baños, se enorgullecía de su marido mientras intentaba hacer oídos sordos a los cotilleos sobre él y las cartas. Pero un día el director del banco le comunicó a Firsánova que su marido, una vez más jugando a las cartas, había empeñado los baños Sanduní.

 

Enseguida, la enfurecida Firsánova le prohibió la entrada a los baños a su propio marido, que no en vano había estado siguiendo todo el proceso de reforma y conocía todos los recovecos y pasadizos secretos. De esta manera apareció un día en el despacho de Firsánova. Los sirvientes oyeron los gritos de Vera y de vajilla rota. Solo después de que sonara desde dentro de la habitación un disparo, se decidieron a romper la puerta.

 

En el suelo, en medio de la habitación estaba tendido el cuerpo de Gonetski apretándose con las manos el vientre. En una esquina, pálida y horrorizaba estaba de pie Vera. Gonetski salió y más tarde recordó que una fuerza extraña le había poseído y al dirigir su mano al bolsillo donde guardaba la pistola, se disparó a sí mismo en el vientre. Firsánova se divorció inmediatamente y transfirió los baños a una persona de confianza. Firsánova empezó a dejar de aparecer en sociedad, se encerró en sí misma y prácticamente no se relacionaba con nadie. Alexéi Gonetski se dio de alta en el hospital y nunca más se volvió a saber de él.

 

Los habitantes advertían de que ese río maldito enterrado vivo tarde o temprano se rebelaría. Y no se equivocaron.

 

A principios del siglo XX, una vez más el Neglinka hizo saber de sí y esta vez le tocó al teatro Bolshói. En uno de los espectáculos del Bolshói, de repente la mitad de la sala se hundió bruscamente. 

 

La inexplicable tragedia sobre la fama del Neglinka no asustó a un mecenas llamado Savva Mámontov y el próspero negociante empezó la construcción del Metropol,  el mejor hotel de Moscú, justo sobre el Neglinka. Pero él, que solo creía en sí mismo y en la fuerza de su dinero, no se podía imaginar que a causa del misterioso río lo perdería todo. La construcción del hotel quedó terminada y literalmente al cabo de unos pocos meses después de la apertura ocurrió una terrible tragedia. Un incendio acabó con el edificio.

Hotel Metropol. Fuente: Wikipedia

 

Los testigos dieron fe de que el hotel ardía de manera insólita como una antorcha, solo quedaron las paredes y la fachada. La causa del incendio quedó sin resolver. Y por cierto, no mucho antes del arresto de Saba Mámontov, este había comprado en una joyería de Kuznetski Most una antigua sortija de brillantes de los tiempos de Catalina la Grande y se enorgulleció de su gran hallazgo.

 

Después de lo que pasó en la plaza Teatrálnaya, se llevaron a cabo trabajos de reforma en los canales, pero esto no tranquilizó al río. A mediados de los 60 el río se desbordó y en otra ocasión, en junio de 1965 en Moscú hubo un fuerte aluvión. El canal del Neglinka no soportó la lluvia y provocó una increíble inundación en el centro de Moscú. Ocho años después, el 9 de agosto de 1973 la historia se repitió, otra inundación demostró la ira del Neglinka.

 

El investigador Sóbolev, cuando miró la sortija encontrada en el bolsillo del desconocido, aún no sabía las aventuras y desventuras de todos los dueños de aquella mortífera joya. Al cabo de un determinado periodo de tiempo, la sortija de nuevo apareció en una casa de empeño.

 

Difícilmente el que la compre sabrá la historia de la maldición del Neglinka y la tan ajetreada sortija, regalo de la emperatriz de hace más de 200 años.

 

Y no se extrañe nadie si de repente en el centro de Moscú se hunde el asfalto o si algún fantasma aparece por las calles de la ciudad ya entrada la noche.

 

El Neglinka busca una salida que le cerraron y quién sabe lo que ocurrirá cuando por fin la encuentre...

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