Branko Milanovic es economista jefe en el departamento de investigación del BM encargado de estudiar la pobreza y la desigualdad en el mundo. Recién publicado al español,  su libro ‘Los que tienen y los que no tienen, breve y particular historia de la desigualdad global’ es un ameno resumen del cuarto de siglo que lleva investigando el autor sobre el tema de la desigualdad económica. En el ensayo, además de cifras y estadísticas, también asoman Anna Karénina, Roman Abramóvich y Mijaíl Jodorkovski. También reserva un capítulo para analizar lo que había de verdad y de mentira en la igualdad promulgada por el comunismo de la era soviética.

 

 

 

Sobre las consecuencias que pueda tener la desaceleración actual y los retos de Rusia en el marco del capitalismo de mercado, conversamos con Branko Milanovic.

 

El economista ruso-americano Simon Kuznets advirtió en un discurso ante el Congreso de los EE.UU que es muy difícil deducir el bienestar de una nación a partir del PIB, que es importante diferenciar entre cantidad y cualidad de crecimiento, entre sus costes y beneficios, entre corto y largo plazo. No obstante, a la población se la bombardea básicamente con los datos del PIB. ¿Vivimos en una ‘dictadura del crecimiento’?

 

Sin lugar a dudas, pero no creo que sea una mala ‘dictadura’. En efecto, la preocupación por el crecimiento económico refleja dos hechos importantes. El primero es que en el mundo hay mucha gente que vive en una extrema pobreza y para solucionarlo es indispensable el crecimiento. El segundo es que la experiencia nos ha demostrado que las personas queremos siempre más. Las necesidades humanas son insaciables. Podríamos discutir si debería ser así, si son estúpidas algunas de las cosas que anhelamos, pero las cosas son como son.

 

Por lo tanto, ningún gobierno puede permitirse abandonar la carrera del crecimiento y del desarrollo económico. Para convencernos de ello, basta con echar un vistazo a los países más ricos: si todos nosotros escogiéramos más tiempo libre a cambio de menos ingresos, la actual recesión en Occidente sería el punto de partida ideal para cambiar este patrón de comportamiento. Pero lo contrario también es cierto: los países más ricos luchan por cada décima del PIB. Así que, si existe una ‘dictadura del crecimiento’, es porque nosotros, como ciudadanos, la queremos.

Se decía que, en un mundo globalizado, decrecería la desigualdad. Sin embargo, como leemos en su ensayo, no ha sido la tendencia general.

 

La desigualdad a escala global ha aumentado, hasta hace muy poco, porque el crecimiento medio de los ‘países ricos’ entre los años 1980-2007 fue mayor que el de los ‘países pobres’, con la excepción de las grandes economías emergentes de mercado como China, India, Indonesia y Brasil. No obstante, esto ha cambiado en fecha reciente. La segunda razón del crecimiento de la desigualdad fue que la disparidad de los ingresos creció en la mayoría de países. Es el conocido fenómeno del ‘99% versus 1%’. En muchos países, y el caso más paradigmático es los Estados Unidos en las últimas dos décadas, más del 50%-60% de los ingresos –dependiendo de los datos que se manejen- fue a parar a los bolsillos de sólo un 1% de la población.

 

¿Cuáles son los puntos débiles, en cuanto a desigualdad, en la Rusia contemporánea?

 

La desigualdad en Rusia va a la par que la de los Estados Unidos, que por supuesto es muy elevada: un Coeficiente de Gini alrededor de 45. Este alto índice de desigualdad se ha alcanzado en un periodo de tiempo relativamente corto, unos 20-25 años.

 

Es verdad que en la última década no hemos presenciado un mayor deterioro, pero tampoco hemos visto una mejora, incluso cuando la situación económica era mejor que ahora. Un capítulo especialmente desagradable de la historia de la desigualdad rusa, que el Coeficiente de Gini no puede ilustrar, es el gran número de magnates y oligarcas rusos y la forma ostentosa en que gastan sus fortunas. Si llevaran una vida discreta y dedicaran el dinero a inversiones o a ayudar a la comunidad, el resentimiento sería menor. Pero está claro que prefieren llevar la vida de las ‘celebrities’ de Hollywood en lugar de ser ‘simples’ millonarios o multimillonarios. 

 

Además, el problema de Rusia es la gran disparidad económica entre las regiones. Moscú es la ciudad con más multimillonarios, y la desigualdad en Moscú figura entre las mayores del mundo (para una ciudad de su tamaño). Luego te desplazas unos 200 kilómetros del centro la capital rusa y encuentras condiciones de vida del tercer o del cuarto mundo. ¿No sería más provechoso que el dinero de los oligarcas se destinara a estas problemáticas en lugar de a unas vacaciones en la Costa Azul?

 

Utiliza ejemplos de la literatura para ilustrar la desigualdad en distintas épocas históricas. Por ejemplo ‘Anna Karénina.’ La conclusión es que, en tiempos de la heroína de Tolstói, la desigualdad era de 15 a 1, mientras que en la Rusia actual es de 6 a 1. Esto rompe con el dicho de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”.

 

Sí, es así. Aunque, como acabo de decir, la desigualdad en Rusia es extremadamente alta, es menor que en el siglo XIX. Aun así, no es un gran consuelo. Entre los países de los que tenemos datos históricos razonables, casi ninguno vive hoy una desigualdad mayor que hace dos siglos. Rusia debe compararse con el resto de países del siglo XXI y no con su pasado lejano.

 

Cuando analiza la desigualdad durante la época comunista, explica los pros y los contras de aquel sistema. Actualmente ¿tenemos ejemplos o modelos que no estén en los dos polos, el capitalismo y el comunismo?

 

La respuesta normal sería: miro el ejemplo de los países escandinavos, que combinan altos ingresos, economías bastante dinámicas e innovadoras -con un importante papel del Estado como redistribuidor de la riqueza- y unos índices de desigualdad relativamente bajos. Sin embargo, este modelo está sufriendo muchas presiones: debido a la globalización y a la emigración, algunos de los cimientos del Estado del Bienestar, basados en la homogeneidad cultural, se están debilitando.

 

También ha aumentado la desigualdad en Suecia y en otros países, aunque estos aún se encuentran entre los que gozan, según los estándares internacionales, de menor desigualdad. Otro país que se podría tomar como ejemplo es Alemania, que ha resistido con bastante éxito a la unificación (a pesar de o gracias al enorme flujo de dinero que se trasvasó de la parte occidental a la oriental), y la desigualdad interpersonal es aproximadamente la misma que en la Alemania Occidental antes de la unificación.

 

Cita la cuestión que puso sobre la mesa Andréi Amalrik en ‘¿Sobrevivirá la Unión Soviética hasta 1984?’. Luego la extrapola a la China actual: ¿sobrevivirá China al futuro con una desigualdad tan acentuada? ¿Somos conscientes de que la situación puede estallar en un futuro? ¿Es la concentración de riqueza una bomba de relojería?

 

China tiene un problema realmente grave de desigualdad entre individuos, con el problema añadido de la disparidad de crecimiento regional entre las provincias de la costa y las interiores. Son dos cuestiones muy preocupantes y no es muy obvia la manera de resolverlas, sobre todo con el modelo actual de crecimiento. Además, no podemos olvidar que el partido en el gobierno chino está nominalmente comprometido con una sociedad equitativa y, dado que no es el caso, existe una permanente brecha ideológica entre lo que se dice y predica, y lo que en realidad pasa. Esto da rienda suelta al cinismo, tanto en la élite como en la población.

 

En un apartado habla de las diferencias regionales en los países  y pone el ejemplo de la antigua Unión Soviética, cuya desigualdad interregional era de 6 a 1. ¿La redistribución de la riqueza es el cemento de los países?

 

Creo que cualquier Estado federal tiene que contemplar algún tipo de redistribución a favor de las regiones más pobres. De otra manera, se destruye el ‘pegamento’ que une la federación. En otras palabras, en las federaciones, como en las familias, la región más rica y fuerte lo es un poco menos que lo sería por sí sola, pero es el precio que se paga por mantener la unión. Esto se puede aplicar a la España actual, aunque las diferencias entre regiones son mucho menores que las que hubo en la Unión Soviética o en la antigua Yugoslavia. Esto obedece a que las diferencias de desarrollo en las regiones españolas no eran tan acusadas. La democracia, en principio, resuelve mejor las diferencias interregionales que los regímenes autoritarios, pues estos últimos las ocultan hasta que les explota en las manos.

 

En su ensayo habla de desigualdades buenas y malas. Es negativa cuando “en lugar de proveer una motivación para superarse, la desigualdad, lo que hace, es preservar el estatus adquirido”. Pensando en los ajustes y recortes en algunos países, observamos que la educación y la sanidad, dos elementos tan importantes para combatir la desigualdad, son las primeras víctimas de los ajustes. En el libro también dice que para un crecimiento rápido, la educación es un elemento indispensable.

 

Creo que en muchos casos nos hemos desplazado hacia la desigualdad ‘mala’, y es por dos razones. La desigualdad es tan alta que las perspectivas futuras de mucha gente que ha crecido en familias con ingresos bajos y medios está en entredicho porque han aumentado los costes de la educación. Esto tal vez no sea muy evidente en países donde la educación todavía se sufraga con dinero público, pero también allí las escuelas y universidades privadas están ganando terreno.

 

Son mucho más caras y sus alumnos acceden a puestos de trabajo mejores, aunque no esté demostrado que salgan mejor preparados o sean más productivos. Si la educación se convierte en un privilegio o resulta inasequible para muchas familias,  se destruye la vía más importante de movilidad social intergeneracional, además de que este tipo de desarrollo es manifiestamente perjudicial para el desarrollo del país.

 

La segunda razón es que los ricos, en la mayoría de países, gozan de mayor poder político, como ocurría hasta justo antes de la Primera Guerra Mundial. Son capaces de diseñar la agenda política a su favor y dirigir las legislaciones para que se adapten a sus necesidades. Estas leyes son normalmente de exclusión contra los que tienen menos. Como se dice en el caso de la India –y se podría aplicar a casi todas las democracias-, “los pobres eligen el gobierno que no controlan y los ricos no eligen el gobierno que controlan”. La democracia es un ejercicio casi sin sentido si aquellos que son elegidos son controlados por una élite adinerada.

 

“El modo en que se gastan los ingresos es también una medida de la desigualdad”. ¿Tiene la ciudadanía algún método de control respecto al gasto? Hasta la crisis financiera, los Estados se habían embarcado en gastos que ahora sí se ven descabellados. ¿La transparencia es la única solución?

 

Una parte de la agenda contra el modelo de “gobierno fuerte”, muy favorecida por los partidos de derechas, se basa comprensiblemente en la realidad y en los grandes dispendios de dinero que los gobiernos, en todas partes, han hecho en algún momento u otro. (La agenda de la derecha, sin embargo, es muy tímida cuando se trata de hablar sobre las cosas que los gobiernos hacen bien, aun cuando se benefician los ricos).

 

Incluso en países como España, la transparencia no es suficiente para frenar el mal uso de los fondos. Pero debemos ser realistas: la transparencia nunca logrará detener el 100% de los abusos. No obstante, gracias a la democracia y la libertad de prensa, se consigue evitar un número significativo de gastos insensatos. El hecho de que estemos hablando de ello prueba que la libertad de prensa es efectiva. La libertad, creo, amenaza hoy más a los ricos magnates y plutócratas que a los gobiernos.

 

Una de las conclusiones más importantes del libro es que la desigualdad procede hoy en día del lugar de nacimiento y de la clase social. Esto, explica usted, es la causa más importante de los flujos migratorios contemporáneos.

 

Las presiones migratorias son mucho mayores que los flujos de emigración que observamos. Surgen de la gran diferencia en los ingresos promedios entre países ricos y pobres. Si los países ricos redujeran las barreras a la emigración, creo que, seguramente, el flujo de mano de obra aumentaría drásticamente. Los obstáculos existentes contra la emigración se oponen a los objetivos de la globalización: el movimiento libre de bienes, de capital, de tecnología y de ideas, pero también de personas. 

 

Dudo que ahora alguien abogara por una liberación total de la emigración, puesto que sería muy perjudicial desde el punto de vista político. Pero si los países ricos hicieran algunos movimientos multilaterales para relajar las políticas migratorias contribuirían más a reducir la pobreza y la desigualdad globales que todos los acuerdos de ayuda internacional y comerciales preferenciales. El problema es que ahora, en la condición actual de crisis y de altos índices de desempleo, hay muy poca predisposición a considerar este tipo de liberalización, incluso a pesar de que hay razones de peso para afirmar que ciertos tipos de inmigración beneficiarían no sólo al emigrante y a su país de procedencia sino también al país receptor.

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