Tras una elocuente negativa para asistir a la cumbre del G-8 en EE UU, Vladímir Putin hizo su primera visita oficial a la hermana Bielorrusia, para después viajar a Alemania y Francia para un evento protocolario.

 

La visita de mayor categoría diplomática del jefe del Estado ruso a nivel "estatal", fue a la capital china. Vale la pena señalar que en lo que llevamos de siglo XXI las relaciones ruso-chinas han sido estables y dinámicas,  especialmente en los campos militar-estratégico y diplomático. Las razones objetivas están a la vista: la política internacional de ambos países se basa principalmente en el respeto a los derechos soberanos de los otros países de la ONU. Además, es reseñable la creación y el impulso que ha recibido un instrumento de influencia en la región del Pacífico Asiático, la Organización de Cooperación de Shangái, llamada a contrarrestar las ansias expansionistas de EE UU y sus aliados.

 

Sin embargo, la fructífera y pragmática cooperación entre Moscú y Pekín se complicó debido a las dudas en Rusia en relación a su propia elección. Occidente todavía se presenta atractivo para la mayor parte de la población así como en los círculos dirigentes, debido a la imagen de desarrollo tecnológico y democrático.

 

Además, numerosas personas en Rusia temen al ver los índices de crecimiento de China y las perspectivas imperialistas que esto conlleva. Hay además otro factor: el robo de tecnología militar rusa, como sucedió con la copia del avión MIG-29.

 

El gobierno ha realizado enormes esfuerzos para liberarse de la presión de los países de la OTAN y ha buscado constantemente acercamientos en diversos ámbitos de la diplomacia internacional. Los 'socios' occidentales, por el contrario, han continuado realizando acciones que perturban la estabilidad estratégica de Europa y Asia y socavando la seguridad nacional rusa.

 

Esa calle de sentido único, por supuesto, no ha tenido resultado y los dirigentes rusos se han visto con las manos libres. En la nueva etapa política que se inicio con el segundo mandato de Vladímir Putin, la mirada del Kremlin finalmente se ha dirigido hacia Oriente. En la cumbre de Pekín el jefe de Estado ruso abrió el camino hacia una cooperación estratégica plena con el Imperio Celeste, después de firmar 109 tratados internacionales en diferentes áreas. Posteriormente tuvieron lugar los acuerdos prácticos

Rusia cuenta con que el intercambio de mercancías con China aumente de los 83.500 millones de dólares de 2011, a los 200.000 millones en el año 2020. Rusia construirá plantas energéticas en China, incluyendo centrales atómicas. Además, a corto plazo,  se planea comenzar la venta de gas a gran escala a China. Putin y Hu Jintao diseñaron también el inicio de un intercambio en divisas nacionales en los intercambios comerciales mutuos y en las operaciones de inversión.

 

En total la cumbre ruso-china ha generado unas inversiones en Rusia, tanto privadas como estatales, de más de 134.000 millones de dólares. También tendrá lugar una unificación de la tecnología del comercio que debería generar un efecto sinérgico de otros 80.000-100.000 millones.

 

China abrirá su mercado, el más grande del mundo, a los productos rusos de alta tecnología, otorgándole un régimen favorable a las empresas en su territorio,  y al mismo tiempo Rusia compartirá tecnologías para crear marcas globales innovadoras en diferentes ramas industriales e en el mercado global. En mi opinión, desde el punto de vista macroeconómico no solo se trata de una buena simbiosis, sino que es ideal. Hasta ahora no había existido algo así. Resulta extraño pensar que a los políticos de ambos países no se les haya ocurrido antes.