“Antes la carne era más cara”

El físico Grigorev y el electricista cortan el césped que hay enfrente de la escuela. “¿Quién si no iba a hacerlo?”,  se encoge de hombros la directora Zinaida Kóshkina. “No tenemos más hombres en nuestra plantilla de profesores”. La propia Zinaida Ivánovna es la encargada de supervisar los trabajos de las profesoras: ellas limpian las ventanas, recogen los libros, colocan los pupitres... “Todos nos involucramos a la hora de preparar el 'Día de los Conocimientos' (el 1 de septiembre, día que comienzan las clases), incluso nuestros familiares. La madre del profesor de física riega las flores y el marido de la subdirectora pinta el suelo”. 

El compañero de Grigorev es Maxím Nikolaevich, en verano trabaja en la construcción. Con el sueldo de maestro no hay mucho que hacer si se tiene una familia con dos hijos. Antes bromeaba diciendo que ante la pregunta: “¿Cuáles son las tres razones por las que ama su profesión?” Un maestro debería responder: “Junio, julio y agosto”. Sin embargo, en la actualidad ya no está para bromas. 

“¿Acaso antes el sueldo de un maestro era más alto?”, preguntamos sorprendidos. “Antes la carne era más cara”, contestan los profesores. Hubo un tiempo en el que se dedicaban a la agricultura y tenían un Lada Zhiguli, pero en la actualidad, sin contar con los ingresos del verano en los que se incluyen la recogida y venta de setas y frutos silvestres, los maestros no cuentan con ingresos extras provenientes del trabajo en el campo. Tampoco se anuncian como profesores particulares ya que aquí se ayuda gratis a los estudiantes que van más atrasados. Así que sólo queda recordar aquellos años de abundancia del pasado.

Sin embargo, a veces tienen lugar sorpresas agradables. Hace cuatro años, Alla Alexándrovna recibió 100.000 rublos (alrededor de 3.000 dólares) por ser la mejor maestra de su región. Este año el Departamento de Educación de la región de Vladímir reconoció a Mosevnina como uno de los mejores maestros de la región en 2012 destacando su “positiva experiencia social y la calidad de su proceso formativo” y la premió con 200.000 rublos (unos 6.000 dólares). Una suma importante para un maestro rural si tenemos en cuenta que se trata casi del sueldo de dos años. 


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“Un trabajo que requiere poco esfuerzo”

En la época soviética en Opole había un enorme complejo agrícola. A día de hoy sólo queda un pequeño establo, un bar de madera y una escuela en la que estudiaban 90 alumnos. Pero, según explican las mujeres del pueblo, aquí se dan las condiciones adecuadas para la educación de los niños. “Nuestro jardín de infancia es muy bonito, en las paredes hay cisnes pintados”, comenta orgullosa Nadezhda Zajarova. “Y la escuela es perfecta. Es de piedra. Los profesores son respetuosos y limpios. Debería haber estudiado yo magisterio. ¿Por qué no? Es un trabajo que requiere poco esfuerzo y dicen que da dinero”. 

En el pueblo se escuchan comentarios sobre el premio de Alla Mosevnina. “La gente no entiende el esfuerzo que requiere”, suspira Alla. “El sueldo de un maestro es de 4.000 rublos (poco más de 100 dólares). “Ganas más dependiendo de la cualificación, la experiencia, el número de horas docentes y el desempeño profesional. Así que los concursos también son importantes”.

Kóskhina declara: “Si yo fuese Ministro de Educación, reduciría el trabajo de los maestros. Nos encargamos de todo. Absolutamente de todo. Antes el plan escolar era una página. Ahora tienes que escribir unas diez hojas. Incluso nos encargamos de la corrupción. ¿Qué corrupción puede haber en una escuela de pueblo? Pues la hay. Nosotros mismos lo traemos todo: desde las hojas de colores hasta las macetas para las flores. No sé cómo es en la ciudad, pero un maestro rural lo da todo por su trabajo, sino no se conseguiría nada. No entiendo por qué algunos creen que Alla Alexándrovna ha conseguido el premio por tener los ojos bonitos. ¡Se pasa todo el día en la escuela! Además no se gasta el dinero de los premios en ocio”. 

Mosevnina gastó los 100.000 rublos (alrededor de 3.000 dólares) del premio anterior en la instalación del gas en su casa: “Y aún tuve que añadir dinero”. Los demás profesores tuvieron que pedir un préstamo para instalarlo y todavía lo están pagando. Alla Alexándrovna no sabe en qué gastar el último premio: “Me apetece mucho ver el mar, pero mi hijo ha ingresado en el Instituto Pedagógico y...” 

“No soy la única que se pasa todo el día en el trabajo”

Por supuesto, en Opole también hay envidiosos, sin ellos un pueblo no es un pueblo. No obstante, la mayoría de ellos sienten gran respeto hacia los maestros. “Nuestros maestros se merecen una ovación”, dicen unos hombres sentados en un puesto. “Les enseñan a los niños literatura, sobre la naturaleza...” 

Alla Alexándrovna está segura de que los estudiantes rezagados del pueblo son mejores que los de la ciudad. “Son más buenos, más humanos. Se lee cada cosa sobre las escuelas de las ciudades...Niños que pegan a su maestra, por ejemplo, y te quedas sin palabras. Nosotros nunca nos hemos encontrado con casos similares. Como mucho una chincheta en una silla, pero eso es todo”. Además, para los profesores sus alumnos no son extraños. “En el pueblo todos se conocen y se sabe todo de todos”. Sólo los profesores que no son del pueblo no lo saben todo, y esto molesta a Alla Alexándrovna.

“No soy la única que se pasa todo el día en el trabajo”, explica Alla. “Lo único es que yo encuentro tiempo para participar en los concursos y por eso me prestan más atención. Por eso habéis venido vosotros. Pero del resto de nuestros profesores nadie sabe nada, como si fueran unos don nadie. Sin embargo, existen”. Así es, existen. Y trabajan muy duro. No se marchan a Moscú para ganar más dinero. Hacen frente a absurdos informes, trabajan en el huerto de la escuela para que los niños tengan alimentos para el comedor, pintan los suelos y cortan la tiza, por alguna razón les entregan tiza en grandes bloques. Allí están ellos, preparándose para un nuevo año dedicado a esa querida profesión que apenas requiere esfuerzo...

Artículo publicado originalmente en ruso en Kommersant.