En un primer momento la previsión de la producción giraba en torno a los 90 millones de toneladas. Sin embargo, en realidad, la cifra hace un total de 68 millones aproximadamente. Teniendo en cuenta que nuestro consumo interno alcanza ahora los 75-77 millones de toneladas, no quedará margen para la exportación. E incluso es posible que se tenga que comprar grano.

 

Pero atengámonos a los datos. Nuestra principal región orientada a la exportación es Krasnodarsk, “el granero de Rusia”. Aquí, la producción con respecto al pronóstico se redujo casi a la mitad. De los nueve millones previstos se han obtenido cinco. Así que ahora sólo nos queda pensar en cómo garantizar nuestras propias necesidades. Con semejante escenario queda descartado cualquier debate sobre la exportación.

 

Por desgracia, hoy no podemos jactarnos en absoluto de ostentar una posición fuerte en el mercado mundial de cereales. Y la crisis alimentaria actual no hará más que empeorar nuestra situación. Resulta interesante observar que, por ejemplo, en los Estados Unidos, el problema de la sequía concita una enorme atención. Casi se ha declarado una catástrofe nacional. Por el contrario, en Rusia se habla poco sobre nuestra mala cosecha, como si no constituyera un gran problema. Pero, en realidad, es justamente lo contrario

 

Es difícil decir con certeza por qué en los Estados Unidos la sequía es a día de hoy un tema clave. Es muy probable que se deba a las próximas elecciones presidenciales. No obstante, la crisis alimentaria no amenaza ni a los Estados Unidos ni a Canadá. Ambos países poseen importantes reservas de grano. Por ejemplo, en los Estados Unidos las reservas ascienden a más de 50 millones de toneladas. Esto significa que, en caso de carestía, les bastaría con desellar los almacenes para tener garantizada la demanda interna.

 

En Rusia no cabe esta posibilidad. Durante muchos años hemos intentado crear estas mismas reservas, pero hoy sólo hemos conseguido movernos en torno a una cifra de cinco millones de toneladas.  Así que, para nosotros, la amenaza de crisis es mucho más tangible, aunque tampoco se prevé en Rusia una tragedia.

 

Con una producción de 68 millones de toneladas, unas reservas de cinco millones y un consumo de 77 millones, se hace ya evidente un déficit de 4-5 millones de toneladas. Esta cantidad se puede adquirir en el mercado mundial, aunque supondrá un gran desembolso. Y, por supuesto, tendrá un impacto directo sobre los consumidores: los precios de los cereales ya se han disparado y en algunas regiones casi se han multiplicado por dos.

 

Es evidente que esta temporada desfavorable conducirá a una reconfiguración del mercado internacional de cereales. Pero, por desgracia, para Rusia ese cambio será negativo: rodaremos cuesta abajo, mientras que los Estados Unidos y Canadá, a pesar de los problemas climáticos, escalarán posiciones. Por la sencilla razón de que ellos tienen reservas y nosotros no.

 

Sin embargo, a largo plazo, lo único que puede impedirnos ocupar una situación de liderazgo es el factor humano, es decir, la falta de profesionalismo o la apatía. Objetivamente, en Rusia hay todo lo que hace falta para ostentar esa posición. A día de hoy, hay casi 120 millones de hectáreas de tierras cultivables. Incluso con un mal uso de nuestras superficies arables, obtendríamos 300 millones de toneladas al año. De estos, dos tercios de la producción sería de cereales. Por tanto, podemos llegar a producir 200 millones de toneladas de cereales al año.

Con un consumo interno alrededor de los 80 millones de toneladas, nos quedaría un 'excedente' de más de 100 millones de toneladas, que se podrían destinar a la exportación. En comparación, el líder mundial de la pasada temporada –los Estados Unidos- exportó 73 millones de toneladas, el segundo lugar lo ocupó Argentina, con 32 millones de toneladas, Australia y Ucrania aportaron al mercado mundial 24 millones de toneladas y Rusia y Canadá, unos 20 millones de toneladas.

 

Pero para alcanzar la cifra de cien millones de toneladas, queda mucho por hacer. Con el derrumbe de la Unión Soviética no explotamos las tierras de cultivo en su totalidad. Las causas son múltiples. En los últimos años tuvimos una Ministra de Agricultura poco eficaz, Yelena Skrynnik, que provenía del sector de la industria farmacéutica y que, hablando en sentido estricto, no tenía experiencia en agronomía.

 

Además, el desarrollo de la agricultura no se consideró una prioridad en la política económica. Ahora se puede dar un gran cambio. Hace poco ha sido nombrado Ministro de Agricultura Nikolái Fiódorov. Durante muchos años dirigió la República de Chuvashia, donde el desarrollo del medio rural fue precisamente uno de los ejes principales de las autoridades locales. Y alcanzó éxitos considerables. Esta designación, con toda seguridad, pone de manifiesto que las autoridades están dispuestas a prestar mayor atención a la agricultura.

 

Por lo demás, si tenemos en cuenta el 'beneficio' que supondría para el PIB el desarrollo de este sector, no estamos hablando de cifras desdeñables. 200 millones de toneladas de cereales, según los precios actuales, representarían cerca de 60.000 millones de dólares o el 1,5% del PIB de Rusia.

 

Por otro lado, dado el desarrollo inevitable que conlleva la potenciación de la agricultura y sus áreas relacionadas (la logística, la fabricación y el mantenimiento de la tecnología, la producción de fertilizantes, etc.), el efecto sería mucho más pronunciado. Huelga decir que conllevaría decenas de miles de puestos de trabajo.

 

Alexánder Chetverikov es diputado de la Duma Estatal, miembro del Comité de política económica. Es el fundador de una de las mayores compañías de agricultura de Rusia, Agroholding.