Nada más prestar juramento, el presidente Mohamed Morsi ha empezado con una velocidad extraordinaria a transformar el paisaje político. La destitución de los dirigentes de la junta egipcia –el ministro de Defensa Husein Tantawi y el jefe del Estado Mayor Sami Anan–, junto con la derogación de las enmiendas a la Constitución que otorgaban amplios poderes al ejército, demuestran que los Hermanos Musulmanes no tienen intención de buscar un compromiso con las autoridades predecesoras.

Egipto es el país más poblado del mundo árabe (80 millones de habitantes). Históricamente, El Cairo es una de las capitales decisivas de la región. Normalmente, lo que ocurre allí, si no sirve de modelo para el desarrollo político de toda la comunidad, sí que deja una huella muy considerable.

Precisamente el derrocamiento de Hosni Mubarak hace año y medio se convirtió en el auténtico catalizador de 'la primavera árabe', los sucesos que se produjeron en Túnez con anterioridad no habrían tenido tal efecto.

Por eso, desde el principio todos han estado haciendo conjeturas sobre el modelo que se va a establecer en Egipto, barajando tres posibilidades: la turca (el poder de los militares con la modernización en el orden del día o islamistas moderados y relativamente progresistas), la iraní (un estado islámico radical) y la argelina (represión violenta por parte de los militares de los islamistas elegidos democráticamente).

La opción de la Turquía kemalista del siglo XX se descartó rápidamente ante la ausencia de condiciones. En Turquía los militares intervinieron en calidad de fuerza de restauración tras la caída del imperio, mientras que en Egipto, aunque hayan intentado distanciarse de Mubarak, personifican el régimen anterior.

También casi desde el principio el escenario iraní dejó de considerarse plausible ya que este sistema está estrechamente ligado a la interpretación chií del islam. Incluso si en Egipto se pusieran a construir un estado islámico, sería completamente diferente. Queda la posibilidad de un modelo islámico, pero democrático en su esencia. Los Hermanos Musulmanes insisten en ello para tranquilizar al asustado sector liberal de la sociedad y a Occidente.

Pero también es completamente probable que se dé una “solución a  argelina”. Todos esperan, aguantando la respiración, que la cúpula militar reaccione al ataque de Morsi. En 1991, el ejército de Argelia anuló el resultado de unas elecciones en las que había ganado el Frente Islámico de Salvación, lo que sumió al país en una guerra civil de diez años que se llevó la vida de más de 100.000 personas, pero que no cedió el control a los islamistas.

Por lo demás, aun cuando los militares egipcios se decidan por esto, no tienen garantizado el éxito. En 20 años han cambiado muchas cosas en el mundo. Entonces los generales argelinos pudieron contar con una resolución entre bastidores, es decir, con que nadie iba a entrometerse especialmente en sus métodos. Hoy, la reacción externa sería extremadamente negativa tanto en el mundo árabe como en Occidente, puesto que a este último le inquieta la islamización de Egipto. Además, la sociedad egipcia, como atestiguan los resultados de las elecciones al parlamento y a la presidencia, quiere procedimientos y transformaciones democráticos, así que el apoyo a un régimen militar sería pequeño.

Si los Hermanos Musulmanes y Mohamed Morsi consolidan su poder, puede significar el inicio de una profunda redistribución de fuerzas e influencias en Oriente Próximo. Claro está que el modus vivendi que desde los años 70 estaba vigente con Israel no se va a conservar. Es poco probable que El Cairo opte por una ruptura brusca de los compromisos, más bien es de esperar una revisión pausada.

La reorientación de Turquía, las transformaciones en Egipto y la expansión del caos sirio, que ya está salpicando a Jordania y al Líbano, están destruyendo todo el sistema de relaciones sobre el que se fundamentaba la seguridad de Israel.

Seguramente ninguno de los actuales actores en Oriente Próximo vaya a aventurarse a provocar de manera consciente una guerra con el estado hebreo, aun cuando esta gozara de popularidad en las calles árabes. Sin embargo, la erosión total de esta máxima puede llevar a una serie de incidentes en el perímetro de las fronteras israelíes, cuya respuesta lo arrastraría a un antagonismo latente con todos.

Por supuesto, Washington posee mecanismos de presión en forma de 2.000 millones de dólares que en diferentes partidas se han entregado a El Cairo desde el momento de sus acuerdos con Israel. Y en vista de que la economía egipcia está cayendo en picado, sería raro que el gobierno de los Hermanos Musulmanes rechazara este dinero.

Sin embargo, en un proceso de reestructuración geopolítica general también es posible la reorientación hacia otros patrocinadores. Entre los actores decisivos de la “primavera árabe” están las monarquías del golfo Pérsico, cuya influencia ha crecido vertiginosamente en el último año y medio. Los recursos financieros de los reinos petrolíferos les permiten respaldar a Egipto en el mismo grado que lo hace EE UU.

La colisión más fuerte en un futuro inmediato está ligada a Irán, ya que la eliminación de la amenaza nuclear de Teherán y la reducción de la influencia iraní es el objetivo principal de casi todos los miembros de la región y la oposición en Siria es uno de los elementos para conseguirlo.

Mientras exista el 'problema iraní', coincidirán los intereses de las monarquías conservadoras, de los regímenes revolucionarios, de EE UU y de Israel. Pero si se soluciona de una forma u otra, el único punto común en la agenda habrá desparecido y parece que se acabará este convenio situacional tácito entre Arabia Saudí e Israel. Y entonces de Egipto, de su situación interna y de su orientación exterior, van a depender muchas cosas, sino todas.

Fiódor Lukiánov, redactor jefe de la revista “Rusia en la política global”.