Fuente: PhotoXpress.

El templo tibetano del norte

En un jardín de la avenida Primorski puede oírse el sonido de las ruedas de plegarias. Es allí donde se encuentra uno de los templos budista situados más al norte. Este datsán tibetano con elementos modernos fue construido en 1915 por iniciativa del propio Dalai Lama. Durante aquel tiempo el líder espiritual intentaba activamente establecer relaciones diplomáticas con el Imperio Ruso, esperando que el Zar le apoyase ante una posible expansión inglesa. Después de la revolución de 1917, por orden del poder soviético fueron destruidos prácticamente todos los templos budistas del país. Sin embargo, no tocaron el datsán del norte, aunque a lo lago de los años tuvo diferentes funciones: centro de educación física, emisora de radio militar y laboratorio zoológico.

“Después de la perestroika el templo fue devuelto a la comunidad budista. Los monjes, arreglando el jardín que albergaba el datsán, descubrieron esqueletos de ballenas y delfines”, explica el Lama Sayán. Hace algunos años se licenció en el Instituto Budista de Buratia y vino a San Petersburgo para llevar a cabo sus prácticas: “Y me quedé. El lugar es agradable, está lleno de armonía”. En la actualidad  siete lamas residen en este templo.

“Nos visitan muchos fieles. Nos piden que recitemos oraciones para la salud, que formulemos su horóscopo astrológico o que hagamos un ritual de limpieza en el hogar. A veces vienen a dar clases lamas de Tíbet”. El líder espiritual del Tíbet es considerado el protector oficial del datsán del norte. Lo cierto es que sólo ha visitado el templo en una ocasión, en 1987.

'Las lágrimas del socialismo'

La casa número 7 de la calle Rubinstein está considerada como una de las construcciones más disparatadas de todo San Petersburgo. Se construyó en los años 30 del siglo pasado en un estilo constructivista. En aquel momento se consideró como una muestra de la nueva arquitectura soviética.

La casa, que albergó una comuna de ingenieros y escritores, debería haber sido un ejemplo de socialización. El proyecto se realizó de tal manera que los habitantes vivieran como si fuesen una única sociedad y no familias separadas. En total, 52 pisos sin cocinas ni comodidades. Tenían duchas comunitarias, un comedor y un jardín de infancia. “En el tejado teníamos una terraza. Tomábamos el sol, jugábamos al fútbol y al tenis”, dice Leonid Naishtein, que vive en la casa nº7 desde 1946.

“Queríamos vivir a lo soviético pero el comedor lo estropeó todo: la comida no estaba nada buena”. También había otros problemas...“La acústica era tan buena que si abajo, en el tercero, recitaban poemas, en mi casa, en el quinto, podía escuchar todas las rimas mal conseguidas”, escribió la poeta soviética Olga Bergholz, que estuvo entre los primeros habitantes del lugar. “La forzada relación en pequeñas habitaciones cansaba e irritaba a los inquilinos”. Al final la comuna se deshizo y la casa recibió el sobrenombre de 'lágrimas del socialismo'.

Centro underground

Calle Púshkinskaya nº 10: durante la perestroika esta dirección era un símbolo de libertad. En este lugar se encontraba el espacio underground más popular y radical de San Petersburgo. Aquí vivían artistas que ocuparon el gran edificio de 300 pisos ilegalmente en el año 1989 después de que lo desalojaran para hacer reformas. Las autoridades intentaron sin éxito echar de la casa a los artistas y al final les cedieron el tercer piso. Poco a poco el espacio se convirtió en una centro de arte.

“Contamos con exposiciones de arte contemporáneo y espacios con diferentes tipos de música”, explica la comisaria del centro, Anastasia Patsei. En la entrada puede verse una bandera carga de simbolismo: el fondo rojo representa el régimen totalitario y los círculos blancos hacen referencia a los individuos libres que trabajan juntos.

 “Aquí siguen viviendo y trabajando artistas”, dice Anastasia. En el hueco de la escalera puede hay fotografías de la historia del movimiento inconformista en Rusia. En el alféizar de la ventana encontramos cartas de amor que enviaban las fans a las estrellas de rock que vivían aquí.

Kolia Vasin vive y trabaja en este edificio desde que ocuparon el edificio. Es ceramista, filósofo y, probablemente, el mayor fan de los Beatles en Rusia. Su 'oficina' está llena de objetos con símbolos del grupo. A menudo se acercan turistas para sacar fotos y escuchar los relatos de Kolya sobre 'los cuatro de Liverpool'. Gracias a él una calle lleva el nombre de John Lennon, es la más corta de la ciudad. “Tomé una escalera, colgué el cartel, y ya está. Antes de eso fui a la comisión de toponimias y dije en la tribuna: nuestra ciudad necesita una calle John Lennon”. Las autoridades no respondieron a la petición de Kolya, por lo que la calle existe de manera no oficial.

Visita a la patrona de la ciudad

En una pequeña capilla de San Petersburgo hacen cola unas cien personas. Las mujeres se alegran de haber venido en un día de diario. Si fuese fin de semana tendrían que haber esperado diez horas para venerar las reliquias de la patrona de la ciudad: Santa Ksenia de San Petersburgo.

La santa vivió en la ciudad en los siglos XVII y XVIII. El marido de Ksenia falleció cuando ella tenía 26 años. La mujer entregó todos sus bienes a los necesitados, se puso la ropa de su marido y marchó a peregrinar. Respondía al nombre de su marido, Andréi Petrov. Decía que estaba vivo y que la que había muerto era Ksenia.

Iba por San Petersburgo ayudando a la gente, apenas aceptaba limosnas y las pocas monedas que tenía se las daba a los pobres. Los habitantes de la ciudad se dieron cuenta de que si Ksenia cogía en brazos a algún niño enfermo, éste se curaba. Si cogía cualquier cosa de un puesto de algún comerciante, ese negocio se convertía en un éxito. Si entraba en una casa, sus habitantes vivían en paz y armonía.

Falleció a los 72 años y la enterraron en el cementerio Smolénskoye. El montículo de tierra que cubría la tumba hubo de recubrirse en varias ocasiones ya que había personas que se llevaban un puñado de tierra porque creían que alejaría la enfermedad y que traería la buena suerte. Más tarde recubrieron la tumba con una losa pero los peregrinos la fueron destrozando.

En el siglo XIX construyeron una capilla sobre la tumba donde hasta día de hoy van miles de personas. “Cada familiar que viene a vernos nos pide que lo llevemos allí”, explica la peterburguesa Aliona Yablókova. “Cuando me dolía el oído mi madre fue allí a buscar aceite porque corría la leyenda de que a un niño que tenía otitis, o algo así, Ksenia lo había curado. Creo que da igual lo que te lleves: tierra, aceite o velas. Cuando iba a la escuela nos llevaron a la capilla por primera vez. Recuerdo claramente que en las paredes había muchos papeles dejados por la gente, pero es mejor dejarlos en el interior de la capilla”. En los papeles escriben peticiones. “También tenemos un icono fino y laminado, no se puede ir de San Petersburgo sin visitar a Santa Ksenia”.