Desde hace más de un año, la pequeña ciudad turca de Kilis cuenta con un campo de refugiados para aquellos que fueron expulsados de sus casas debido al conflicto sirio.

 

Aquí, en una ciudad ubicada a casi cinco kilómetros de una frontera  hecha con contenedores de metal y alambradas, viven más de 12.000 personas, incluidos 4.000 niños. La vida en el campamento ha hecho que diferentes credos, grupos religiosos y clases se mezclen.

 

El campamento está considerado uno de los mejores de su tipo. Cuenta con una tienda en donde se pueden comprar alimentos y suministros básicos; también hay una mezquita, una escuela y un centro médico. Si bien la tienda acepta el uso de las identificaciones emitidas por el Gobierno turco como tarjetas de crédito, hay un mercado negro de cigarrillos, maquillaje y otros productos de contrabando en el que se aceptan libras sirias o liras turcas.

 

No todo el mundo puede ingresar al campamento. Para hacerlo, los residentes deben presentar una identificación y la huella de su dedo índice debe ser reconocida por una pantalla táctil. No obstante, el Gobierno turco construyó una pared de hormigón frente al lado sirio del campamento y, hace unos meses, dos refugiados recibieron disparos de francotiradores del ejército dentro del recinto. También hubo disparos contra los tanques de agua del campamento.

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Un nuevo veto

 

Actualmente, la pared de 10 metros de altura contiene un mural, pintado por los mismos niños a los que protege, en el que se pueden ver los pueblos y ciudades más afectados por el bombardeo. También se han incluido las caras y los nombres de los 'mártires'. Dicho muro bloquea la vista de su tierra natal a los refugiados sirios.


En un intento por mejorar un poco la vida de sus habitantes, han venido voluntarios de todo el mundo al campamento. El italiano Giacomo, de 25 años, se ofreció como voluntario en un pequeño programa de lengua inglesa para niños cuyo principal objetivo es la “adaptación social de los niños a través de un proceso creativo”.

 

“Por supuesto, la idea no es que los participantes logren hablar un inglés perfecto, pero sin duda ofrecemos una distracción de la rutina de no hacer nada”, afirmó Giacomo.


El principal problema del campamento, según explica el húngaro Tamas, “no es la falta de agua, ni la dieta repetitiva, sino que la gente no tiene nada que hacer. El aburrimiento es asfixiante”. Los refugiados reciben noticias diarias acerca de la situación a través de la televisión por satélite, que se puede ver en casi todas las casas-contenedores, y a veces pueden hablar con familiares que se han quedado en Siria.

 

“Al comienzo, era difícil que los niños hablaran sobre temas que no fuesen la guerra”, afirmó Tamas. “Aquí, todo lo que los rodea es la guerra. No debemos olvidar que algunos niños han estado en el campamento desde hace más de un año. Y, durante ese tiempo, cada persona que llegaba hacía las mismas preguntas sobre la guerra, evidentemente. Pero, hace poco, estos mismos niños han comenzado a hablar de fútbol, música y otros temas. Resulta maravilloso ver eso”.

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La vida en el campamento ha hecho que diferentes credos, grupos religiosos y clases se mezclen: personas que rara vez se cruzarían ahora son vecinos y comparten las mismas esperanzas. “Solo aquí finalmente llegamos a conocernos. En el campamento todos somos iguales. Nadie tiene dinero, nadie va a una escuela privada, nadie tiene auto”, explicó Yussef, de 11 años.

 

En algunos casos, los mismos refugiados hacen lo que pueden para ayudar en el conflicto. Kader, maestro de la escuela primaria, ha organizado una clase de teatro con los niños. Juntos representaron la historia de la guerra, con personajes entre los que se encontraban el presidente Bashar El Assad y el Ejército Libre de Siria interpretados por los mismos niños. Un niño estaba particularmente contento por representar a la comunidad internacional: su papel consistía en no hacer casi nada. China y Rusia fueron representadas igual de bien.

 

Algunos estudiantes de la Universidad de Alepo que se vieron forzados a abandonar sus estudios planean organizar clases de música dentro del campamento, con la esperanza de poder dar a los niños otros temas para hablar que no sean la guerra.