En los seis años de historia, el Museo de Arte Contemporáneo de Perm ha inaugurado tres proyectos dignos de ser expuestos en cualquier sala de exposiciones de los países europeos. El primero fue el, no del todo trabajado pero convincentemente retórico, 'Pobre  ruso'.  En 2009 la comisaria artística y crítica Ekaterina Degot llevó a Perm una serie de artistas ucranianos, demostrando el inagotable empuje del cambio generacional.

Esta vez el museo, cuyo futuro con el nuevo gobernador de la región de Perm, Victor Basarguin, inspira algo de optimismo aunque mucha más cautela, ha preparado una exposición de artistas kazajos montada por la comisaria Naila Allajverdieva.

El país de Asia Central es conocido hoy en día por el cosmódromo de Baikonur, Borat (el personaje del cómico inglés Sasha Baron Cohen), y Astaná, la nueva capital, desierta como las ciudades fantasma de China. En lo referente al arte, algunos recuerdan que allá por los 90 en una performance de Kanat Ibrahimov se degolló en la galería de Guelman un gallo vivo. Esta performance todavía se la recuerdan a Guelman sus enemigos, atribuyéndole el asesinato a Oleg Kulika o al mismo galerista.

En la exposición de Perm, Ibrahimov confirma su reputación de amante de las especulaciones vistosas pero poco convincentes con un trabajo en el cual se muestra una grabación de la cruel represión que sufrieron los trabajadores del petróleo, al que se le une una pintura dorada. 

La exposición está bien porque muestra artistas anteriores y posteriores a Ibrahimov. Los autores kazajos encuentran poco a poco galerías europeas y norteamericanas dentro de la ola de interés general por ver cómo muta el virus del arte contemporáneo en un país que, por un lado es parte de Oriente y por el otro está pasando por una crisis de identidad, como todas las demás repúblicas de la antigua URSS. En Kazajistán esta cuestión apareció por el método habitual, a través de la creación, con el dinero del financiero George Soros, del Centro de Arte Contemporáneo. El centro ha cerrado hace bien poco, en 2010, llegando a ser anciano entre las iniciativas análogas en el panorama post soviético. 

El nombre de la exposición resulta romántico: "El rostro de la novia". La comisaria compara la exposición de arte kazajo con el episodio más importante del rito nupcial, en el que se le muestra al novio el rostro de la prometida. Por otro lado, no es que los trabajos intenten gustar al espectador. Más bien al revés, en la exposición hay muchos vídeos buenos pero bastante complicados.

Las películas de Almagul Menlibaevaya son algo a medio camino entre 'Nostalgia' de Tarkovski y el feminismo de la iraní Shirin Neshat. En 'Salida' (2009) dos kazajas vestidas de negro llevan en brazos unos enormes niños desnudos, que ya podrían andar, por la edad que tienen. En 'Punto de montaje' la cena de esos mismos personajes en un restaurante caro se alterna con cuadros de un programa de entretenimiento con bailarinas tetudas. La crítica al patriarcado no parece tan dura como la de las colegas de Menlibaevaya que han encontrado refugio en Occidente, pero sigue resultando hermoso.

El vídeo de Menlibaevaya rima con el trabajo del participante más famoso de la exposición Erbossin Meldibekov:"Pastán en la calle". Meldibekov graba una performance: un anciano con gorro tradicional golpea en las mejillas a un joven, los viandantes miran indiferentes lo que sucede, sin mostrar la más mínima sorpresa. 

La exposición está construida como una alfombra con patrones repetitivos. Las tres instalaciones de Rustám Jalfin de la serie 'Nivel cero' se sitúan rítmicamente en diferentes salas. Los trabajos están dedicados a la estepa. Una imitación de arcilla de  tierra agrietada sirve de apoyo a esculturas y objetos de arte, parece un monumento al modo de vida nómada, aunque con la inyección de una considerable dosis de metafísica europea.

Frente al 'Mustang' de Georgui Triakin-Bujarov, un caballo hecho de camas viejas, está el 'Snaiper' de Said Atabekov: una cuna con un fusil de madera e lugar de mango.

El sexo en los lienzos de Serguéi Maslov se asemeja a la comida en los dibujos de Rashid Nurekéev. Las paredes están pintadas de marrón oscuro, el color de la tierra, y de azul chillón, el color oficial de la república, del que se aprovechan las fotografías de Víctor y Elena Borovev.

Resulta que en Kazajistán ahora hay unas 'reservas inagotables de este color de cielo' y los Borovev lo encuentran en cualquier lugar, desde las cubiertas de los coches hasta los monumentos en los cementerios. Pero tiene encanto. En Kazajistán, a juzgar por 'El rostro de la novia', no les va mucho el pesimismo. Aunque los problemas son parecidos a los de Rusia. Las acciones del mismo Ibrahimov no gustan al gobierno y el artista en este momento es refugiado político.

Pero el parecido más importante es que los autores kazajos, como los rusos, se niegan a responder directamente a la pregunta: "¿Quién ser?". No quieren ser herederos ni de los nómadas, ni de los dirigentes, pero reaccionan con fuerza ante los intentos del gobierno por crear la imagen de un kazajo simple, leal a las autoridades.