En su biografía hay también experiencias en política, ya que ejerció como diputada de la Duma en la Comisión de Cultura. Ahora, realizada también a nivel personal con una feliz vida familiar, mujer del virtuoso violinista Vadim Repin y madre de una niña de año y medio, la bailarina rusa escoge cuidadosamente sus nuevos compromisos profesionales.

A partir de su experiencia de bailarina y de exdiputada, ¿qué cambios ha notado en la tradición del ballet ruso?

El mundo ha cambiado mucho, pero nada ha cambiado en el ballet ruso. Más bien, lo que es diferente es el público: es cierto que están los expertos y apasionados, que asisten regularmente al teatro y siguen a sus artistas preferidos, pero hoy en día mucha gente viene al ballet por diversión o porque está de moda, para encontrarse con sus amistades o para lucir vestidos y joyas. Pero quizá también esos que están en la sala por motivos mundanos retengan algo de mi arte: con eso me doy más que por satisfecha.

En el fondo, me gusta pensar que la gente se viste para el espectáculo como para un evento importante, del mismo modo que nosotros, los bailarines, nos preparamos para el público. Y también esto es un encuentro, un intercambio. Pero sí que hay una novedad: tras seis años de restauración, finalmente ha vuelto a abrir el Teatro Bolshói.  Desde su apertura, el interés del público ruso e internacional ha aumentado enormemente, y también nuestros gobernantes, incluido el Presidente, se dejan ver por allí más a menudo. Pero sobre todo para los bailarines ha sido una emoción única volver a bailar sobre ese escenario ¡es tan grande y tan cómodo! Para mí, es el teatro más bello del mundo.

Ya ha interpretado todos los papeles del repertorio clásico. ¿Cómo hace que sean diferentes, cómo los mantiene vivos cada noche?

Es cierto, hoy puedo decir que he interpretado todos los ballets y en casi todas las versiones. Quizá lo que los hace diferentes, para mí y para el público, es lo que va sucediendo en mi vida: nuevas emociones me condicionan durante los ensayos y, mientras transcurre el espectáculo, irrumpen con toda la fuerza de las experiencias vividas. Como en 'Giselle'; la primera vez que lo interpreté tenía solo 17 años y, como todavía no sabía nada del amor ni de la traición, era mi maestra la que me decía lo que tenía que hacer.

Ahora, en cambio, vivo este ballet gracias a mi experiencia. Será así también con 'L'histoire de Manon', a la que volveré otra vez después de mi debut en el Mariinski hace diez años. En cambio, estoy impaciente de debutar la próxima estación en el Bolshói con el balet 'Onegin'. Interpretaré a Tatiana por primera vez, otro de esos roles dramáticos que son mis favoritos, en cuya historia puedo meterme a través de mi sensibilidad.

¿Le interesa la danza contemporánea?

Mucho, aunque no he tenido muchas oportunidades de aproximarme a ella. Trabajar con un coreógrafo como William Forshythe, por ejemplo, es mi sueño. El pasado abril vi un espectáculo de su compañía y me quedé impresionada por el modo totalmente experimental en el que trabaja ahora.

Por las mismas fechas, también él vino a verme bailar a la Scala de Milán y se habló de una creación suya para mí, pero de momento no hay nada definitivo. Mientras tanto, yo sigo buscando coreógrafos que se adapten a mí, que puedan crear composiciones a mi medida. En el Bolshói últimamente se ha puesto en escena, con gran éxito, un pas-de-deux del taiwanés - americano Edwaard Liang, 'Distant cries', con música de Albinoni.

¿Se siente tentada por otros campos artísticos?

Se trata de profesiones completamente diferentes del ballet, al que me he dedicado siempre de modo exclusivo. Sin embargo, debo admitir que podría tentarme el cine. Si me propusieran una buena película, quizá sobre ballet, creo que aceptaría. En un modo más realista, me gustaría bailar en un espectáculo de música y danza junto a mi marido: creo que le resultaría interesante a un público más amplio, que amase ambas disciplinas.

¿Por qué decidió dedicarse a la política?

Quería contribuir a facilitar el estudio de la danza y la trayectoria vital de los bailarines profesionales. Estoy muy orgullosa de una ley que promoví: permite a todos los alumnos de las academias artísticas, no solo de danza, asistir a la escuela ordinaria integrada. Sin embargo, no ha sido simple lidiar con la burocracia y debo admitir que me habría gustado ir más allá. No he vuelto a presentar mi candidatura por causa de la maternidad.

¿Cómo cambió su vida con la maternidad?

El nacimiento de Anna ha sido el acontecimiento más importante de mi vida. Es diferente mi forma de pensar y me sorprende darme cuenta de que cosas que antes acaparaban toda mi atención ahora no tienen ninguna importancia. Por supuesto, sigo trabajando, y mucho más que antes, pero todo gira en torno a mi niña: ahora, el objetivo de mi vida es que ella sea feliz. Pero si no fuese por mi madre, que se ocupa de Anna a tiempo completo y nos sigue también en las giras, no habría vuelto al escenario así de rápido, solo tres meses después del parto. Siempre he valorado todos los sacrificios que mi madre ha hecho por mí y la educación que me ha dado, pero hoy he llegado a creer realmente que habría que hacer un monumento a todas las madres.

Su trayectoria artística y personal parece perfecta ¿cómo imagina el futuro?

No es así: he vivido momentos difíciles, pero han pasado y no quiero ni acordarme ni hablar de ellos. Por lo que respecta al futuro, no imagino nada. Quiero vivir hoy, en el presente, no pienso en el mañana: es inútil, solo Dios sabe lo que será de nosotros.