“Cuando un teatro invita a un coreógrafo extranjero, lo normal es que envíe a un asistente un par de meses antes del estreno para que ensaye con la compañía. Después, si puede, el coreógrafo va unos días antes para dar el último toque. Las coreografías se bailan más o menos bien, pero después del estreno el ballet, si no se está encima, pierde su esencia. Ahora el coreógrafo, yo en este caso, está presente en el teatro todos los días. Corrijo a diario a los bailarines, a la gente de vestuario, iluminación… Ésta es la diferencia”, comenta Nacho Duato en su despacho de la última planta del Mijáilovski. 

En ese laberinto de salas, pasillos y escaleras, entre el escenario inaugurado en 1833 y el patio de butacas, transcurre la mayor parte de su tiempo. Fuera, la lluvia repiquetea monótona sobre la estatua de Pushkin, cuyo brazo se extiende hacia la entrada del teatro. “Muchos me preguntan cómo resisto el invierno, pero la verdad es que estoy aquí dentro siempre, tengo mucho trabajo. Apenas piso la nieve”. Nos hemos citado a las cinco de la tarde. Dentro de una hora le esperan la prima ballerina Diana Vishneva y el director artístico del Staatsballett Berlin Vladímir Malakhov, para ensayar un ‘pas à deux’ que bailarán en la gran cita de danza que se celebra anualmente en Tokio, el World Ballet Festival. 

Dieciocho meses parece poco tiempo para hablar de cambios radicales en un cuerpo de baile integrado por ciento sesenta personas. “La gente me dice que los cambios ya se notan, pero no estoy tan seguro”, responde sin querer hacer de juez y parte. Insiste en que los cambios en danza requieren tiempo, encontrar el ritmo adecuado, tanto con los bailarines como con el público. Sin embargo, la taquilla no engaña: desde que llegó se vende un 40% más de entradas. 

“Hay cierta curiosidad por la novedad, pero he tenido que empezar poco a poco, no puedes entrar como un elefante en una cacharrería. Lo que he traído hasta el momento puede parecer muy rompedor, pero es una de las piezas más clásicas de mi repertorio”. Se refiere a ‘Multiplicidad. Formas de silencio y vacío’, inspirada por la obra del compositor Johann Sebastian Bach, que le valió el premio Benois, uno de sus trabajos más conocidos. “Me encantaría haber empezado con mis últimas coreografías, ‘Herrumbre’ o ‘Cobalto’, pero aún no está la máquina ajustada. Hay que empezar sin prisas, hablando a través del trabajo y, sin que el público se dé cuenta, mostrar cosas nuevas”. 

A cambio de este freno temporal a su pulsión creadora, cuenta con un presupuesto holgado, orquesta en directo y toda la maquinaria del Mijáilovski. En la función de la semana pasada, se calzó las zapatillas para bailar, acompañado por las notas de las ‘Variaciones Goldberg’, un paso a dos con el personaje de Bach. Por la mañana, en los ensayos, Duato perfilaba en detalle todos los aspectos del montaje, micrófono en mano, dando indicaciones en inglés que un intérprete traducía al ruso. Aunque esta manera de trabajar no es nueva para él: “En España me encargaba de dirigir hasta a la señora de la limpieza… Tenía a mi cargo toda la infraestructura de la CND. Aquí soy uno más, y me gusta. Incluso la planificación la hace el teatro, cuando antes era yo quien decidía todos los programas”.

La oferta de Vladímir Kejman llegó en el instante oportuno. “Ni él mismo pensaba que yo iba a aceptar”, confiesa. Eran tiempos revueltos en la sede de la CND, en Madrid. “Me sorprendió en un momento en que quería irme de España, porque no quería asistir a la desintegración de veinte años de trabajo. Me ofrecieron un puesto en Estados Unidos, pero conozco muy bien el mundo de la cultura, allí. Se basa demasiado en el dinero y en los patrocinadores. Así que me dije: me voy a Rusia, que es desconocida para mí”. 

La idea de Kejman no es competir con los grandes coliseos de la danza, como el Mariinsky o el Bolshói, empezando ya por las características arquitectónicas del teatro. “Este espacio es perfecto para escuchar obras de Schubert, Debussy, o música del Barroco. Tiene las dimensiones perfectas. Pero no tanto piezas de Chaikovski, como en el Mariinsky”. Ahora bien, lo que sí buscaba Kejman era crear una marca distintiva, abrirse a un público diferente, tanto en Rusia como en el extranjero. Los programadores internacionales, que abrían las puertas de sus teatros para Duato, ahora lo harán para la compañía del Mijáilovski. ¿Empezará a tener algo que decir Rusia en el ballet del siglo XXI?

Un objetivo importante que se ha propuesto la compañía es el de su proyección internacional. Duato ha anulado las extenuantes giras veraniegas por Japón y ha empezado a seleccionar escenarios. “No podemos salir mucho, porque hay que atender la programación del teatro. Este año iremos a Londres, Múnich. Ya veremos si a España… También a China y estamos en conversaciones para ir a Australia. En 2014, queremos actuar en el Châtelet de París y en Estados Unidos”. Para los bailarines, éste será uno de los exámenes más importantes, porque se pondrán a prueba ante un público desconocido. “Hay un poco de miedo, pero es porque no están acostumbrados”.

Uno de los cambios más sustanciales en esta nueva etapa es la posibilidad de compaginar los dos repertorios, el clásico y el contemporáneo. Durante los ensayos de ‘La bella durmiente’, su primera revisión de un clásico en suelo ruso, Duato se sienta en un banco, colocado en el mismo escenario, y revisa pormenorizadamente los ciento setenta minutos de espectáculo. No descansa en las casi tres horas que nos pasamos observando los ensayos desde unas butacas en platea. Son pequeños detalles, pero los que marcan la diferencia: dar la forma adecuada a un brazo, seguir correctamente un acento de la música, tener la mirada bien dirigida. “En diciembre montaré ‘Romeo y Julieta’, que ya hice en España, pero la adaptaré al espacio, con más bailarines y una escenografía y vestuario más complejos. Le seguirá ‘El Cascanueces’ en 2013… No lo podría haber hecho en ninguna otra parte. Además, tenemos como solistas invitados a los mejores bailarines del mundo: Svetlana Zakharova o Natalia Osípova”. 

Junto a Iván Vasiliev, Osípova fue el fichaje sonado del año pasado. Firmó para cinco temporadas. Ambos bailarines han declarado que, a la hora de aceptar el contrato, ha pesado el hecho de que sea Duato el director artístico. En cuanto al presupuesto es astronómico, si se compara con las cifras que manejaba cuando estaba en España. El montaje de ‘La Bella durmiente’ ha tenido un coste en euros de siete cifras. Sólo en zapatillas de punta el teatro se gasta 75.000 euros por temporada.

La gran pregunta que cabe formularse ante un creador de la talla de Duato es cómo afectará a sus nuevas creaciones su experiencia en San Petersburgo. ¿Veremos un Duato ‘ruso’? “Como coreógrafo nunca me he dicho: ‘Voy a hacer esto o lo otro’, sino que la inspiración siempre surge del contacto con mis bailarines. Todo fluye de una manera muy inconsciente… Hacer algo sobre dos autoras que me gustan mucho como Ajmátova o Tsvietáieva sería demasiado evidente”. No obstante, ha empezado a filtrarse en su trabajo la atmósfera de San Petersburgo. ‘Tal vez en ‘Preludio’ ya aparecen mis impresiones. Y funciona también como manera de explicarme ante el público de aquí. Para empezar, utilizo muchos elementos de los decorados antiguos del teatro. Empieza de una manera muy clásica, en la que asoman estos recuerdos, con música de Beethoven, Britten y Haendel. En este ballet explico lo que quiero cambiar en la danza clásica y en el teatro. Acaba sin decorado, con la pared desnuda hasta el fondo del garaje”. 

Se acerca la hora del ensayo. Mira el reloj y en ese momento entra alguien a avisarle. “El público ruso tiene unas ganas enormes de ver cosas nuevas. La ventaja es que tienen una base muy sólida de danza y, por eso, todos estos cambios los están disfrutando más, si cabe. Hasta ahora se les ha ofrecido unos montajes tal vez exagerados, con mucho salto, mucho decorado, mucho color, gran orquesta… Mucho de todo. Hacer un ballet sólo con un piano y un chelo ya es rompedor. Ahora lo que intento es poner toda la atención en la calidad de los detalles. Es una forma de hacerles participar de una manera más activa en el montaje. Que no sólo reciban, sino que también aprecien esos detalles”.